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¿Por qué ‘The Eddy’ tiene una luz distinta a cualquier otra serie de Netflix?

La serie con jazz parisino de Damien Chazelle consigue algo inaudito dentro de Netflix: que la luz de sus primeros planos sea perfectamente identificable.

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13 de mayo de 2020

The Eddy, la serie de Jack Thorne (The Last Panthers) ambientada en un local de jazz parisino cuyos dos primeros episodios ha dirigido el oscarizado Damien Chazelle (La La Land), es la responsable de llevar un pequeño pero importante rayo de luz al catálogo de Netflix. Dada la situación, no faltan motivos para celebrarlo.

Normalmente, da igual la serie que elijas para ver dentro de la insondable oferta de contenido de la plataforma. Las imágenes que aparecerán en tu pantalla tienen muchas posibilidades de ser prácticamente intercambiables entre sí. Si no fuera por los actores en plano, en un momento aislado se haría casi imposible distinguir una imagen de Narcos, Ozark o La casa de papel. Y eso es terrible.

La homogeneidad visual de las producciones de Netflix se ha convertido en uno de sus rasgos más preocupantes. Da igual que el gigante del streaming contrate a creadores con talento y arrojo formal, si luego el resultado aparece sistemáticamente cortado por el mismo patrón de imagen lavada, ultradefinición digital y corrección de color aplicada por inercia (recuerda esos episodios de Mindhunter en los que parece que parecía que Anna Torv se hubiera maquillado la cara de naranja).

Por eso destaca The Eddy. Porque aporta un dispositivo formal, una preocupación por la imagen concreta y distinta al resto de series de Netflix que, afortunadamente, se ha respetado desde el rodaje hasta llegar al espectador.

Después de ganar el Oscar por la dirección de La La Land y asentarse como uno de los cineastas más cotizados del Hollywood actual, Damien Chazelle pudo imponer como condición a Netflix un detalle sencillo pero fundamental: rodar sus episodios en 16mm. Y la plataforma aceptó (para eso sirve un Oscar sobre la mesa), contraviniendo por primera vez su norma de 2014 que limita a un 10% de cada contenido ser grabado por debajo de los 4K UHD.

 

Jazz en 16mm

Chazelle rodó en 16mm en París, con el gran Eric Gautier como director de fotografía. El aclamado operador de autores como Olivier Assayas (Irma Vep, Después de mayo), Leos Carax (Pola X), Arnaud Desplechin (Reyes y reina, Un cuento de Navidad), Alain Resnais (Las malas hierbas) Jia Zhangke (La ceniza es el blanco más puro) ya había sido su primera elección para La La Land  pero no estaba disponible; el sueco Linus Sandgren acabaría ganando el Oscar por su trabajo en esa película, por cierto.

Gautier, tal y como es su costumbre, rodó principalmente en exteriores –The Eddy, el local de jazz que da nombre a la serie, es el único escenario construido–, con luz natural, lentes compactas y siguiendo el devenir de los actores cámara en mano, sin matte box que asegurara el encuadre.

“No queríamos nada que se acercara a la perfección. El digital es perfecto y controlable al detalle, pero no es eso lo que queríamos conseguir”, explica sobre el proceso de rodaje el director de foto en No Film School. “La idea de filmar en 16mm fue de Damien pero yo también quería. Está íntimamente conectado con el jazz; tomamos nota de las películas de la Nouvelle Vague y cómo influyeron en el cine estadounidense de los 70, donde la cámara se movía ligera y con libertad”.

La idea era trasladar el dinamismo y la velocidad del cambio de la música jazz a la puesta en escena de la acción. El asesinato de un corredor de apuestas chino (1976), de John Cassavetes con Ben Gazzara como el propietario de un club nocturno en apuros, muy en la línea de lo que le ocurre al personaje de André Holland, fue una de las inspiraciones directas al hacer The Eddy.

 

Privilegios de nombre

Eso sí, Netflix solo permitió que Chazelle pudiera rodar en 16mm (que después se escanearon en 4K para la conversión final). Laïla Marrakchi, Houda Benyamina Alan Poul tuvieron que plegarse a las exigencias digitales de la plataforma.

“Netflix insistió en que el resto de la serie se rodara en digital y me pidieron hacerlo a mí, pero no es mi mundo”, explica Gautier en la misma entrevista. “Hubo una discusión muy fuerte”, corrobora Marie Spencer, que fue la directora de foto de dos episodios; Julien Popupard, de los cuatro restantes. “Tanto como Julien como yo queríamos filmar en S16 porque el material que vimos era precioso, pero Netflix fue muy clara diciendo que solo Damien podía rodar en ese formato y ningún otro director”.

Así pues, los otros seis episodios de The Eddy se grabaron con la cámara RED Helium y un sensor de Super 35mm para que el resultado se asemejara al obtenido por Gautier con sus lentes y su cámara. El director de foto francés insistió en que su jefe de iluminación, Eric Baraillon, permaneciera en el equipo durante el resto de la serie para poder mantener la misma propuesta lumínica. Además, tanto Spencer como Popupard operaron la cámara en diversas ocasiones durante el rodaje de los dos primeros episodios para replicar el proceso conociendo sus dificultades y particularidades.

En conclusión, a pesar de que The Eddy caiga a lo largo de sus 8 episodios en varios peligros de la obsesión por la serialidad obligatoria y el alargamiento innecesario para ocupar más tiempo de visión –lo que podría ser un largometraje interesante acaba convirtiéndose en una miniserie pesada– ni siquiera es una de las peores infractores recientes.

Mantiene firmes las riendas de una narrativa consagrada a la digresión y fluye con ligereza sin demasiados tropezones; si acaso, la figura del extorsionador más relajado del mundo, a la que lleva la partición en episodios obligados a mantener una misma tensión sin alterar durante demasiado tiempo.

Y, lo que es más importante, gracias al excelente trabajo de Gautier, la existencia de Chazelle y la esmerada réplica de quienes quedaron a cargo después, consigue algo inaudito dentro del catálogo de Netflix: que la luz de sus primeros planos sea perfectamente identificable. Tan genérica y personalísima como una buena melodía de jazz.

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