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¿Por qué ‘The Deuce’ es la mejor serie del año?

Con solo dos episodios emitidos, HBO ya ha renovado la nueva serie de David Simon para una segunda temporada. No nos extraña en absoluto.

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20 de septiembre de 2017

La gente tiene muy mala memoria. Es un hecho comprobado. Eso y que tendemos a embellecer los recuerdos para hacerlos compatibles con nuestra realidad son verdades impepinables. Seguramente por ese motivo, todo el universo es fan de The Wire, pero nadie recuerda haber dicho ‘es que no explica nada’ después de ver el primer episodio. A todo el mundo le gustó The Wire desde el minuto uno y si no es así se recurre a la bendita amnesia.

La misma frase (‘es que no explica nada’), exacta, se ha podido leer en alguno de esos blogs que disertan sobre televisión como el que devuelve el sushi porque se lo han servido crudo o mira un guisado cuando hace un minuto que está al fuego y concluye que aquello es incomible.

Aquel dicho anglosajón que dice ‘you’re cooking with gas’ debería ser más popular y quizás así evitaríamos males mayores. Por ahora, hay unos pocos ‘gurús’ que se supone que por aquello de presumir de independencia de pensamiento, concluyen después de ver el primer episodio (repito: un episodio) que The Deuce ‘no va a ninguna parte’.

En realidad, la nueva serie de David Simon subraya fielmente los patrones de cada una de sus obras: tampoco The Corner, Generation, Treme o Show Me a Hero destacaban por su primer episodio. No había muertos, ni explosiones, ni larguísimos tiroteos mostrados con elegantes travelling circulares: solo personas hablando de asuntos aparentemente inconexos que –regularmente– versan alrededor de la oscura sombra que proyecta el alma humana, ya sea a propósito o por accidente. No hay más cera que la arde en la obra de Simon, un hombre que nunca ha sentido premura por contar sus historias, sabedor de que en la calle nada ocurre tan deprisa como podría parecer.

En esta ocasión, todo gira alrededor del Nueva York enfermo y decadente de los años 70. Un Nueva York lleno de humo, sexo y fuego, en el que la vida se respira por la boca y se pierde por la nariz. En este paisaje desolador, una prostituta y un barman tratan de no perder la cabeza. Ella, una despampanante Maggie Gyllenhaal; él, un correctísimo James Franco. Los dos a la cabeza de una serie que crece con cada embestida si uno se atreve a pasar del primer capítulo y apostar por el zoo que dibujan Simon y George P. Pelecanos, con la inestimable ayuda del mejor dialoguista estadounidense, Richard Price.

The Deuce se transforma como la propia Times Square cuando el Tribunal Supremo estadounidense declaró legal la pornografía. Hasta entonces, el sexo filmado había sido una constante en las alcantarillas de la ciudad, así que la legalización, y tal como sucedió en California en 1848 con la fiebre del oro, atrajo a todo tipo de bestias: trileros, chulos, matones y gansters en busca de su parte del pastel. Una suerte de guerra civil entre todas las facciones de una ciudad al borde del precipicio, un páramo de cemento sumergiéndose en el caos a plena luz del día que Simon retrata como el que se lo mira desde una mecedora mientras fuma en pipa.

Seguramente sea esa parte, la intención de contemplar la caída en lugar de precipitarla, lo mejor de The Deuce. Los personajes, ya sean los proxenetas, las prostitutas o los popes de la droga, no son los clásicos espantapájaros de papel cebolla a los que nos ha acostumbrado la moderna televisión de plataformas por streaming, que produce series a una velocidad que hace literalmente imposible construir un producto mínimamente solvente.

En la era de las urgencias y de apretar a fondo el acelerador, no deja de ser curioso que las tres mejores series del año (por ahora) sean The Handmaid’s Tale, Manhunt: Unabomber y la propia The Deuce. Series que apuestan por un modelo casi meditativo, deliberadamente contenido, que obligan al espectador a olvidar por un momento todo lo demás.

Por eso, esta ficción a la contra que pretende rescatar un modelo que está más cerca de Canción triste de Hill Street que de The Shield, debe ser reivindicada sin ningún complejo, por encima de los cadáveres de todas aquellas medianías con las que no viene obsequiando la caja tonta desde que los sabios de la montaña dictaminaron que nunca antes se habían hecho tantas buenas series y que si no lo entiendes es que no estás en tus cabales. Bendita amnesia.

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