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‘Stranger Things’: ¿es realmente para tanto?

Los hermanos Duffer recuperan los 80 para recrear una historia de fenómenos paranormales protagonizada por Winona Ryder, David Harbour y Matthew Modine.

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01 de agosto de 2016

Puede que Mike, Dustin y Eleven no cabalguen dragones, ni vivan en los Siete Reinos, y les queden años para saber qué es la Batalla de los Bastardos, pero han conseguido lo inimaginable hasta hace poco más de dos semanas: suplantar a Cersei, Jon Nieve, Daenerys y compañía en las conversaciones de cualquier seriéfilo que se precie. Para todo aquel que aún no se haya enganchado a Stranger Things, ponemos en antecedentes. 6 de noviembre de 1983, Hawkins (Indiana). Will, de 12 años, ha desaparecido en extrañas circunstancias al regresar a casa. Familiares y amigos emprenden entonces una búsqueda desesperada, con la ayuda de un atormentado jefe de policía y una misteriosa niña con poderes telequinéticos.

La serie, firmada por los hermanos Duffer (Hidden: Terror en Kingsville), ha sido la última reliquia paranormal que se ha unido a la familia Netflix, toda una experta en materia de superpoderes (basta con echar un vistazo a Jessica Jones, Daredevil y Sense8). No es original, ni innovadora, y tampoco pretende serlo. Todo lo contrario. Es precisamente en el nutrirse de los clásicos donde Stranger Things ha encontrado su razón de ser. Y es que el éxito de la última producción propia de la plataforma en streaming, que muchos han bautizado ya como “la serie del verano”, se debe en gran parte a las altas dosis de nostalgia que insufla en el espectador. 

A poco más de un par de semanas desde que se estrenara, la nueva incorporación ya cuenta con una legión de fieles seguidores que defienden a ultranza su homenaje a la cultura ochentera. Aunque tampoco le faltan detractores que se quejan de tanto déjà vu. Y eso que la primera temporada consta únicamente de ocho capítulos. ¿Es Stranger Things un fenómeno puntual y pasajero? ¿O estaremos ante el comienzo de la strangermanía? Cuidado que se avecinan SPOILERS.

Los felices años… ¿80?

80s

Los 80. Los años de la Guerra Fría, el Thriller de Michael Jackson y los tupés a lo Grease. El cine de unos tal Spielberg (E.T.), Scott (Alien), Zemeckis (Regreso al futuro), Scorsese (Toro Salvaje), Carpenter (La cosa), Lucas (Star Wars), Lynch (El hombre elefante) y De Palma (Los intocables de Eliot Ness), entre otros. Tantos hitos a los que rendir homenaje y tanto público al que conquistar, sobre todo si ronda los 30-40 años. Los 80 están de moda, como evidencian los remake de Cazafantasmas y Blade Runner o el estreno de las últimas películas de sagas como Star Wars y Star Trek.

Si en algo han acertado los hermanos Duffer a la hora de realizar Stranger Things, ha sido en apelar a esa añoranza del “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y más si aderezas el incuestionable legado cultural ochentero con algo de suspense y mucho terror. La serie nos transporta a esa época en los que los niños jugaban a Dragones y Mazmorras, y no iban a cazar Pokémons por las calles. Se comunicaban vía walkie-talkie, sin necesidad de smartphones ni whatsapp. Leían cómics de X-Men, hablaban de Yoda y Darth Vader (bueno, eso no ha cambiado tanto) y tarareaban canciones de The Clash. Si a todo eso le sumamos referencias continuas a los maestros Steven Spielberg, John Carpenter y Stephen King, es prácticamente imposible no ablandar hasta el corazón del espectador más crítico. Al menos durante los primeros capítulos.

Esos adorables niños nerds

mike

Mike, Will, Dustin y Lucas. Cuatro amigos inseparables, de esos que se juran lealtad a base de escupitajos y apretones de manos. Aficionados a la ciencia, los juegos de rol y las películas de ciencia ficción, se pasan el día imaginando aventuras, pedaleando en bicicleta y lidiando con más de un matón de colegio. Mike es ese líder fiel a sus principios, Dustin sufre una afección en los dientes que no interfiere en su humor ni en su apetito, Lucas trata en vano de imponer la razón en el grupo y Will… De Will sólo sabemos que está obsesionado con la canción Should I Stay or Should I Go. Eso, y que es capaz de escapar de un monstruo que lo quiere devorar.  

Fácilmente podría tratarse de Los Goonies. Y eso sin contar con la nueva adquisición a la banda: una niña con superpoderes a la que cobijan y que transportan de un lado a otro en sus bicis, cual extraterrestre verde. Se llama Eleven, habla por repetición de palabras, hace volar cosas con la mente y se queda hipnotizada frente a la tele. Sí, sólo falta Drew Barrymore con sus coletas. La química entre el quinteto es sin duda uno de los pilares principales sobre los que se sustenta esta serie. Las conversaciones (o monólogos) entre Mike y Eleven, las ocurrencias de Dustin o las bandanas de camuflaje de Lucas invitan al espectador a adentrarse en la historia desde la perspectiva inocente de un niño en el que, dejando de lado fenómenos extraños, es fácil verse reflejado. 

Winona, ¿dónde te habías metido?

winona

Y hablando de nostalgia, aunque esta vez más noventera, Stranger Things nos trae de vuelta a Winona Ryder. La que fuera musa de Tim Burton (Beetlejuice, Eduardo Manostijeras) y optara a dos Oscar (La edad de la inocencia, Mujercitas), se une ahora a una cada vez más larga lista de estrellas del cine capitaneada por Kevin Spacey, Matthew McConaughey y Claire Danes, que encuentran en la televisión su particular redención interpretativa.

Después de alguna intervención en Star Trek o El cisne negro, Ryder regresa convertida en Joyce, esa madre (sí, ya no estamos en los 90) coraje capaz de hacer lo que sea con tal de recuperar a su hijo. Y eso incluye comprar todas las luces de Navidad de la tienda del pueblo para poder comunicarse con él, aún y pasando por loca delante de todos sus vecinos. Ryder calibra con acierto la inicial desesperación de una madre que no sabe dónde está su hijo con la posterior impotencia de quien intenta demostrar que Will no ha muerto aún cuando su cuerpo yace inerte. Joyce demuestra que no hay monstruo, policía, Gobierno ni fenómeno paranormal que impida a una madre encontrar a su pequeño. Algo así como Naomi Watts en Lo imposible, pero sin tsunami de por medio.

Monstros y científicos

eleven

Las dos tramas principales giran en torno a a los “demonios” que persiguen a dos niños: Will y Eleven. Por un lado, está ese ser deforme que secuestra y engulle personas (y algún que otro ciervo). Vive en una dimensión paralela, y se desplaza a través de paredes, árboles y piscinas. Toda persona que se encuentre en ese otro mundo “al revés”, incluido el temido espécimen, puede comunicarse con los habitantes de Hawkins a través de la electricidad: la luz o los equipos de sonidos marcan sus pasos.

Pero por si con un ser deforme correteando por el pueblo no fuera suficiente, estos vecinos tienen al enemigo (el villano real) en casa. O a una distancia prudencial, en el laboratorio de la localidad. Tiene pelo blanco y viste de traje, pero es mucho más peligroso que el monstruo que él mismo liberó. El doctor Martin Brenner, al que Eleven llama “papa”, se dedica a experimentar para el Gobierno. ¿Qué más da encerrar a niños con superpoderes en tanques de agua, o torturarlos hasta que consigan sintonizar frecuencias de radio y aplastar latas de coca-cola, si con todo eso aseguras el bienestar de EEUU ante la amenaza comunista? Ambas tramas dibujar el arco dramático de una historia en la que el terror más predecible se impone al suspense.

¿Y ahora qué?

jonathan

Vale, hay un bichejo peligroso rondando por el pueblo, dos si contamos al del pelo blanco, y una organización gubernamental está metida en el ajo. Pero cuatro niños y una madre desesperada no son suficientes para hacerles frente. Afortunadamente (o no) cuentan con la ayuda de Hooper, el jefe de policía que hasta hace dos días vivía ahogado en botellas de alcohol tras la pérdida de su hija. Tampoco podía faltar la parejita adolescente, formada por Jonathan y Nancy (el hermano de Will y la hermana de Mike), cuya atracción va in crescendo mientras tratan de dar caza al monstruo.

Luego está los padres de Mike, un matrimonio que sobrevive más por costumbre que por afecto; el padre de Will, que regresa para sacar beneficio económico de la “muerte” de su hijo; Steve, novio de Nancy y tercero en discordia (sí, tampoco se han olvidado del triángulo amoroso), que para sorpresa de muchos ha sobrevivido a la primera temporada; o la madre de Eleven, en estado catatónico a causa de los experimentos a los que se sometió. Todos confrontan a sus demonios, internos y externos: un monstruo, la perdida, las apariencias sociales, el abandono, lo desconocido… Si bien es cierto que estos personajes secundarios ofrecen diferentes puntos de vista sobre los hechos que acontecen en la serie, a menudo deseas que aparezcan Mike y sus amigos y arrollen con sus bicicletas estos dramas familiares y amorosos tan trillados.

Stranger Things no dilata en exceso el suspense, ni inventa tramas complicadas para explicar los fenómenos paranormales que suceden en un pequeño pueblo de Indiana. Son precisamente su previsibilidad y sencillez los que le han valido tantos adeptos. ¿Las referencias ochenteras saturan? Probablemente. ¿Se sostiene una segunda temporada en forma de secuela? Puede que no, y menos si Eleven no vuelve a la vida. ¿Es realmente para tanto? La segunda temporada que los fans ya esperan con ansía confirmará si hay algo más después de la nostalgia por esos añorados 80. De momento, de todas las tramas que han quedado sin resolver (¿qué le pasa a Will? ¿Eleven ha muerto?), la que mayor curiosidad despierta es saber qué canciones ha incluido Jonathan en el nuevo cassette de Will.

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