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Si crees que ‘Watchmen’ es propaganda ‘woke’, es que no has leído el tebeo

Quienes critican a la serie de Damon Lindelof por su ideario de izquierdas, ¿han olvidado que la obra original fue escrita por un anarquista?

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04 de noviembre de 2019

En ocasiones, uno se pregunta en qué mundo vive. O mejor dicho, en qué universo. Por ejemplo, si Damon Lindelof estrena su Watchmen en HBO, uno asume que el público se tomará el invento como lo que es. Es decir, una adaptación-secuela-reinvención (como quieras llamarla) del cómic con el que Alan Moore puso de vuelta y media al género de superhéroes en 1986.

Así pues, como obra derivada del tebeo original, lo más esperable es que esta Watchmen se haga eco de la ideología volcada por el guionista inglés en su obra, hace ya 23 años. Una ideología, cabe precisar, tirando hacia la extrema izquierda: Moore, que por algo es también el autor original de V de Vendettasiempre se ha declarado anarquista.

Sin embargo, parece que el Doctor Manhattan nos ha transportado a un universo paralelo. Un continuo espaciotemporal que no es, en apariencia, muy diferente del nuestro: los superhéroes tampoco existen (más quisiéramos) y Nueva York no fue destruida por un calamar gigante de presunto origen alienígena (eso nos lo podemos ahorrar, gracias). Su punto de divergencia es menos evidente, pero mucho más insidioso: en vez de ser la obra cargada de vitriolo político que puede comprarse en las librerías de nuestra realidad, la Watchmen de este universo paralelo es un tebeo de superhéroes totalmente convencional. Incluso, dependiendo de a quién le preguntes, un tanto de derechas.

¿Nos hemos vuelto más locos que el Hombre Polilla? Más bien no: la conclusión del párrafo de arriba es la que hemos extraído de las reacciones en contra de la serie de Lindelof que pueden leerse en redes sociales. Recogidas por varios medios anglosajones (The Daily Beast, Vox, Atlanta Black Star) dichas reacciones tachan a Watchmen de propaganda de izquierdas. Y para ello usan uno de los términos peyorativos más habituales en la internet derechista: “woke” (“despierto”). Un posible equivalente a los españoles “concienciado” o “progre” que ha sucedido al ya algo gastado “social justice warrior” (“SJW”).

‘Social Justice Superheroes’

“Basura woke”, “solo gusta a la extrema izquierda”, “no es Watchmen, es Wokemen” o “acaba pareciendo la parodia de una campaña anti-Trump” son algunas de las invectivas dirigidas hacia la Watchmen de Lindelof por parte de sus detractores. Algunos de estos, de hecho, comparan al show con Star Wars: Los últimos Jedi, filme que también fue acusado de dejarse llevar por un ideario posmoderno, feminista, interseccional y demás conceptos que ponen de uñas a según quienes. Y, como en el caso de la cinta de Rian Johnson, Watchmen está experimentando una gran disparidad en el agregador Rotten Tomatoes entre los votos de la crítica (94% de opiniones positivas) y los de los espectadores (44%).

Lo más curioso es que estas voces contrarias no se apoyan puramente en la ideología. También afirman que la serie de Watchmen ha arruinado las premisas del cómic original en favor de una agenda política. Lo cual es extremadamente irónico porque, en los 80, Watchmen (el tebeo de Alan Moore y Dave Gibbons) era una plataforma para las ideas políticas de su autor.

Hagamos memoria: en 1986, cuando el primer número de Watchmen llegó a los quioscos, sus lectores no solo se quedaron pasmados con su parodia grotesca de los superhéroes. Uno de los factores que convirtieron al tebeo en una obra tan rompedora fue su forma de insertar a dichos superhéroes en su contexto histórico. Y en ese contexto histórico, con Ronald Reagan en la Casa Blanca y la Guerra Fría más caliente que nunca, la posibilidad de una guerra nuclear le quitaba el sueño (sin metáforas) a una buena parte de su público lector.

El propio Moore ha explicado que la presencia de Richard Nixon en la historia fue un subterfugio para no atacar abiertamente al inquilino del Despacho Oval. “Ambientamos Watchmen durante el cuarto mandato de Nixon porque nadie nos iba a discutir que Nixon era escoria humana”, ha señalado el guionista.

Así pues, narrando cómo el gobierno de EE UU usa al Doctor Manhattan como disuasor nuclear y al Comediante como matón a sueldo, Alan Moore estaba poniendo a la actualidad frente a un espejo deformante. Y la curva de ese espejo, por si hiciera falta decirlo, no apuntaba precisamente a la derecha. En su Watchmen, Lindelof realiza la misma operación con temas candentes de los EE UU actuales: las relaciones entre razas, el olvido (o ‘blanqueamiento’) de la historia o la brutalidad policial son algunos de ellos. Que lo haga mejor o peor, desde el punto de vista estético, es otra historia.

Rorschach: el elefante (psicópata) en la habitación

Pero seguramente el tema más espinoso, y el más divertido también, es cómo muchos detractores de Watchmen se enfurecen ante el tratamiento dispensado a Rorschach. 

En la obra de Lindelof, el vigilante más brutal del cómic sigue muerto (cosas de su encuentro final con el Doctor Manhattan), pero su espíritu vive… en forma de inspiración para una milicia de extrema derecha, el Séptimo de Caballería. Debido a esto, “¡Han arruinado a Rorschach!” es una de las quejas que más pueden leerse acerca de la serie de Watchmen. Y, para quienes opinen esto, tenemos una sorpresa: el show no ha arruinado a Rorschach, porque el personaje ya venía ‘arruinado’ de serie. 

Según ha explicado una y mil veces, Alan Moore concibió a Rorschach como una parodia de los personajes creados por Steve Ditko. Básicamente, porque el inglés admiraba muchísimo al dibujante de Spider-Man y el Doctor Extraño, pero también disentía absolutamente de sus ideas de extrema derecha inspiradas en Ayn Rand. Asimismo, el aventurero de la gabardina respondía a una cuestión que Moore y Gibbons se habían planteado más de una vez. “Nos preguntamos cómo sería Batman en la vida real. Y la respuesta fue ‘un majara”, sentenció el guionista. Sumémosle a eso una considerable influencia de Taxi Driver, y ya tenemos al personaje listo para romper dedos.

Pero, tras la publicación de Watchmen, Alan Moore se llevó una desagradable sorpresa. Él había ideado a Rorschach como una figura patética, si bien con un punto de nobleza… pero muchos lectores pensaban que era un héroe de verdad. “Olvidé que ciertos fans de los cómics, esos que huelen raro y nunca han tenido novia, ven esas cosas como heroicas”, recordaba Moore en 2008. “Yo quería que Rorschach fuese un mal ejemplo, pero se me acercaba gente por la calle diciéndome ‘¡Rorschach soy yo! ¡Esa es mi historia’. Y yo pensaba: ‘Venga, genial, ¿podrías largarte y no volver a acercarte a mí mientras yo viva?”.

¿Quién tuitea a los tuiteros? 

En realidad, Alan Moore no escribió Watchmen para destruir a los superhéroes: él mismo ha confesado muchas veces su amor por Superman, y algunas de sus obras posteriores (Promethea Tom Strong, sobre todo) han cultivado el género con mimo. En realidad, su propósito era demostrar que las historias de supertipos nunca podrían ser ‘adultas’ ni ‘realistas’, ni falta que les hacía. La idea de un paladín disfrazado, explicaba el cómic, siempre chocaría con los dilemas y las contradicciones morales del mundo real.

Y es con esto, con las contradicciones del mundo real, con lo que parecen incapaces de lidiar algunos detractores de Watchmen. Bien porque conocieron el cómic cuando sus circunstancias ya habían pasado, bien porque su primer contacto con él fue en la película de Zack Snyder (muy fiel en lo visual, pero menos apegada a sus postulados), el subtexto social y político que esconde Watchmen parece resultarles ajeno. Sobre lo bien o mal que se apañe esta serie para no desmerecer del cómic, cada uno puede tener sus dudas. Pero que Lindelof se ha mantenido fiel a Alan Moore, tanto en su ánimo satírico como en su ideario, es indiscutible.

Claro que también es posible que estas reacciones solo estén encaminadas a incordiar, o a encontrar razones para hacer de menos al prójimo. Solo el Doctor Manhattan lo sabe.

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