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[San Sebastián 2020] Los detestables ‘Antidisturbios’ de Sorogoyen: ¿víctimas de un sistema corrupto?

La serie 'Antidisturbios' que Movistar+ estrenará el 16 de octubre apela a la inteligencia del espectador para salvar o condenar a los protagonistas.

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25 de septiembre de 2020

En la placita de Santa Catalina, junto al Hotel María Cristina, donde se hospeda la beautiful people del festival, HBO ha montado una exposición para promocionar su serie Patria. Más de media docena de artistas vascos han ilustrado con su talento la tela, el puño y las varillas de otros tantos paraguas.

Al difunto escritor Rafael Sánchez Ferlosio, famoso por montar en cólera debido a una acción similar con abanicos en la década de los 80, seguro que no le habría gustado nada esta promoción, pero su privilegiada ubicación ejemplifica muy bien hasta qué punto la televisión gana terreno en el certamen.

Además de Patria, se han visto las series de Guadagnino (We Are Who We Are, HBO) y Eduard Cortés (Dime quién soy, Movistar) pero, sin duda, el gran día de la pequeña pantalla llegó ayer con Antidisturbios, de Rodrigo Sorogoyen (Movistar) y El Estado contra Pablo Ibar (Olmo Figueredo, HBO). Dos series diametralmente opuestas en su manera de contar, pero que coinciden en su retrato de la falibilidad y endeblez de la justicia, y en la alta calidad de la ficción producida en España.

 

Estos son los ‘Antidisturbios’ de Sorogoyen

Empecemos por la serie de Sorogoyen, la gran apuesta de Movistar. Nacida durante la producción de Que Dios nos perdone, Antidisturbios es una extensión temática y formal de El reino. Como en su penúltimo largometraje, Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña parten de una premisa arriesgada: la presentación profundamente negativa de sus protagonistas, unos tipos a los que el espectador solo puede detestar.

Son los seis miembros de un grupo de antidisturbios. Van del veterano cascado y paternalista encarnado por Hovik Keuchkerian al pipiolo nervioso interpretado por Patrick Criado, pasando por el depresivo Roberto Álamo, o un Raúl Arévalo cada vez más vincentcasselizado en su impertérrito ademán en el límite del bien y del mal.

La primera vez que los vemos están ejecutando uno de esos odiosos lanzamientos que acabará con una familia desahuciada. Ellos no quieren, pero se deben a las órdenes del juez. Todo sale mal. Empieza así la catarsis sorogoyiana: los policías solo son un eslabón más del sistema, víctimas de una compleja trama de corrupción en la que no falta un sosias del Comisario Villarejo y cameos de líderes de opinión como Ferreras o Aroca.

¿Deben corromperse para sobrevivir? ¿Chapotear en las cloacas del Estado es la única manera de no ahogarse en este país? Es el mismo dilema moral al que se enfrentaba el corrupto Manuel López Vidal de El reino. Como la película, la gran virtud de la serie es que apela a la inteligencia del espectador para salvar o condenar a los protagonistas.

Claro está que lo que pasa fuera de la habitación condicionará su opinión. Ayer, por ejemplo, la presentación de la serie coincidió con las cargas de los antidisturbios en Vallecas… y más de uno habrá tenido problemas para asumir el arco de transformación de los maderos que propone Sorogoyen.

Formalmente, sin embargo, su valía no admite discusión. El director se ha especializado en una realización nerviosa para transmitir la tensión de la acción, guiada por una maravillosa y asfixiante steady que sigue a los policías en el cogote, de su furgoneta a las calles de Lavapiés en planos de gran mérito. Llena de picados, contrapicados, y grandes angulares, el montaje es prodigioso. Suponemos que buena parte de responsabilidad será de Alberto del Campo, que ya se alzó con un Goya por su labor en El reino.

 

‘El Estado contra Pablo Ibar’: el mejor true crime hecho en España

Otra tanto se puede decir de El Estado contra Pablo Ibar, firmado por Olmo Figueredo. El caso del sobrino de Urtain, condenado a cadena perpetua por un supuesto triple asesinato en Florida, fue objeto el año pasado de En el corredor de la muerte, una versión teatralizada interpretada por Miguel Ángel Silvestre. Ahora es el turno de su narración en formato documental, siguiendo los cánones del tan en boga true crime.

Lo de Figueredo no es, ni de lejos, subirse a una moda. Lleva cinco años trabajando en esta serie y se nota tanto en la riqueza documental como en su planteamiento formal. Asimilando las enseñanzas de la seminal The Thin Blue Line de Errol Morris (1988), Figueredo realiza una vivisección del proceso judicial que emociona por el convencimiento de todos los implicados: los familiares del condenado, firmes creyentes en su inocencia; los de las víctimas, en su culpabilidad; los profesionales de la justicia, en su buen desempeño laboral…

Imágenes de archivo alucinantes, como los vídeos sexuales de uno de los asesinados, material gráfico y entrevistas exhaustivas empujan al espectador a pedir más y más piezas del puzzle infinito cuyas piezas se separaron para siempre la noche del 27 de junio de 1994. Probablemente sea el mejor true crime producido en España hasta la fecha. Normal que su presentación haya coincidido con la noticia de que HBO se ha hecho con los derechos de su emisión.

Llueve. Llueve mucho. Estos días los paraguas de Patria han adquirido un nuevo significado que, a buen seguro, complacería mucho más al maestro Ferlosio.

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