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Por qué ‘The Boys’ es la droga (de superhéroes) que necesitas

Es violenta, excitante y adictiva, un chute de compuesto V que no has probado nunca. Nos apuntamos al subidón de la serie de la que todo el mundo habla.

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01 de agosto de 2019

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE LA PRIMERA TEMPORADA DE ‘THE BOYS’]

Suenan las Spice Girls. “Yo, I’ll tell you what I want, what I really really want”. Una camioneta blanca rompe la verja de lo que parece ser un Aquarium, Oceanland. “So tell me what you want, what you really really want”. El conductor, The Deep (Chace Crawford), un Aquaman venido a menos, refresca y conversa con un delfín al que pretende liberar en el Océano Atlántico. “A mí también me gustas, pero no precipitemos las cosas”, le dice. En plena huida, aparece la policía y lo obliga a frenar en seco, provocando que el delfín se precipite (a cámara lentísima) contra el cristal, lo traspase y termine cayendo a la carretera, donde segundos después lo atropella un camión. “Slam your body down and wind it all around”.

Esta escena del cuarto episodio de The Boys está lejos de ser la más violenta de la serie. Tampoco es la más sexual, la más sorprendente ni la más bestia. Sin embargo, es la prueba de que, en esta ficción, la toma más aparentemente inocentona y de relleno puede convertirse en una locura inesperada en lo que tardas en pestañear. Es el sello de The Boys, su firma e impronta en cada secuencia, cada personaje, cada canción que acompaña a la historia. No hay solemnidad, hay ruido desafinado; no hay grandilocuencia, solo despiporre; no hay repetición, sino la constante sensación de que esto es (¡por fin!) algo nuevo.

Estamos ante la droga serial que te enganchará este verano. Sus efectos pasan del pasmo a la excitación y la risa nerviosa. Así es y así se ha fraguado el subidón del verano.

 

Adiós, seriedad, adiós

Existe una fascinación casi inhumana por lo excepcional. Una búsqueda desesperada de la perfección malentendida. Existe una fascinación por la propia fascinación. Todo por sabernos, más que autosuficientes, invencibles. De ahí que seamos incapaces de resistirnos a los superhéroes, esas figuras endiosadas y todopoderosas, un reflejo de lo que podríamos ser y no somos ni seremos, como quien mira impotente a una versión mejorada de sí mismo que nunca alcanzará. 

En lo que llevamos de siglo XXI, el cine de capas y mallas no ha dejado de crecer, sobre todo gracias al creciente emporio de las Marvel y DC más cinematográficas y televisivas. Un proceso que germinó con los X-Men (2000) y el héroe insignia de la Casa de las Ideas, Spider-Man (2002), que maduró con la Batman Begins (2005) de Christopher Nolan, y estalló con Iron Man (2008) y su troupe vengadora. La pequeña pantalla, hogar de los X-Men o Spider-Man en versión animada décadas antes, se nutría ahora de un sinfín de superhombres con el Arrowverse, los héroes callejeros de Netflix o las series nacidas del MCU. 

Pero incluso los ‘súper’ necesitan reinventarse y así llegamos a la era de los protagonistas irreverentes: Deadpool nos trajo a los antihéroes deslenguados para adultos; los guardianes de la galaxia, al grupo de forajidos más sinvergüenza del espacio de Kevin Feige; y la reciente Shazam, a un hombretón fuertote con la mentalidad de un adolescente. En TV, más de lo mismo: desde la naif Powerless y su ‘¿Qué les pasa a los mortales que viven entre héroes?’ hasta Legión traspasando todos los límites de la realidad (y el sinsentido). 

Este año, sin ir más lejos, y a la espera del estreno de Watchmen en HBO, no ha habido plataforma que no haya apostado por su supergrupo macarra: Netflix con The Umbrella Academy, HBO con Doom Patrol, y Amazon con The Boys. 

Volviendo a esta última, es imposible entender la llegada de este amasijo de violencia, sexo y humor negro a la TV sin entender el contexto tan particular en el que se da, con la pequeña pantalla como oasis de libertad y riesgo, dispuesta a poner en imágenes en movimiento las ideas de la mente transgresora de Garth Ennis.

 

Héroes de pacotilla

La principal virtud de The Boys es que cumple por una vez lo que todas las series actuales prometen: nunca has visto una ficción como esta. La premisa de la historia ya es una vuelta de tuerca a cualquier serial de capas y mallas (y casi a cualquier ficción televisiva, en general) que has podido ver. Aquí, los héroes miembros del supergrupo Los Siete son los malos: matan, mienten, se drogan con compuesto V y abusan constantemente de sus poderes, amparados por Vought, el organismo que los controla y que los ha convertido en superestrellas. Haciéndoles frente, The Boys, unos justicieros ‘don nadie’ sin habilidades especiales, pero con buenos ganchos, mucha mala leche y varias manchas de sangre en los abrigos.

Así pues, la personalidad de los protagonistas se plasma sin medias tintas: los malos son malos, y punto. Por mucho que, durante el desarrollo de los ocho episodios que componen la primera temporada, conozcamos más sus orígenes y nos demos cuenta de que hasta el más ‘odiable’ es víctima de un sistema que se ha aprovechado de él, la serie evita redimirlos. No hay necesidad. Esta no es la historia de Superman ni Capitán América, sino la de Homelander (Antony Starr) y unos frikis influencers más narcisistas e imperfectos que cualquier humano de los que fingen intentar salvar. ¿Alguien se cree que si realmente hubiese individuos superpoderosos, la mayoría abogaría por la paz? ¿O que ninguna institución trataría de usarlos a su gusto?

The Boys es, ante todo, la declaración de intenciones definitiva de su creador, Ennis, un escritor de cómics británico curtido en las páginas de la revista 2000 AD, que nada más aterrizar en EE UU para seguir creciendo en el campo de la novela gráfica, optó por desmontar la figura del héroe convencional que reinaba en la industria yanqui. Por su escritura han pasado Hellblazer, Hitman, Predicador, el Castigador más brutal y su hito más crítico y violento contra las capas y mallas: The Boys. En sus palabras, “la historia de unos superhéroes cabrones que merecen un tortazo y se lo van a dar”. 

Pese a que ayer mismo el showrunner Eric Kripke aseguraba que hubo cierta escena de masturbación que Amazon se negó a emitir (el único veto de la plataforma a la serie más bestia del año, no está mal), la brutalidad intrínsecamente ligada a Ennis está presente en toda su crudeza mórbida en la serie. Y por eso funciona, por su sobredosis de violencia salvaje, sin sutileza, con vísceras que manchan suelos y rayos láser en los ojos de bebes que revientan cráneos. También por su humor negro, negrísimo, que tan bien sienta a Karl Urban y su Billy Butcher; rudo, cabreado, líder carismático de un elenco a quien cada personaje le viene como anillo al dedo.

Esta apuesta antiheorica puede reírse a carcajadas del prototipo del gran superhéroe americano (que aquí destroza aviones y hace todo lo posible para no evitar accidentes aéreos), puede caricaturizar hasta el extremo a Wonder Woman o Aquaman, y puede recurrir al humor más tontorrón de forma continua. Sin embargo, detrás de toda esa pose gamberra y desenfrenada, casi sádica, reflexiona con la misma honestidad y crudeza sobre el abuso de poder, la corrupción política, la presión por ser el mejor, esa sociedad 2.0 que vive a través de la pantalla, el acoso sexual o el fortalecimiento del feminismo y el empoderamiento femenino en la sociedad actual. Y así resulta, paradójicamente, ser mucho más realista que otras ficciones sin superpoderes. 

Al final de la primera temporada, nos reencontramos con The Deep (el mismo acosador del episodio piloto, ese mismo que termina por cargarse a su amigo el delfín tratando de salvarlo) abandonado, ultrajado, perdido, afeitándose la cabeza al son de Everybody Hurts, y es lo más cerca que hemos estado de la época más oscura de Britney Spears. Porque otra de las fortalezas de la ficción consiste en utilizar todo elemento pop a su disposición (el cameo de Jimmy Fallon, Seth Rogen protagonizando una película con Black Noir para el VCU –Vought Cinematic Universe–, una banda sonora que suena a Iggy Pop, The Clash, The Runaways, Rick Astley o Katy Perry) para recordarnos que este es nuestro mundo, este es el sistema capitalista y patriarcal en el que vivimos, son las redes que nos esclavizan y a través de las que elegimos contar nuestro día a día, es el poder que nos controla.

Los colores flúor, los trajes de neopreno y goma EVA o los bañadores con capa, son, en definitiva, una crítica feroz no solo a la idealización de los héroes, sino también a nuestra sociedad y sus peores defectos. Porque al final, hablar con delfines equivale a la soledad de quien no es nadie cuando las cámaras se apagan, la fuerza puede ser igual a flaqueza e inseguridades, y el poder siempre acompaña a la peligrosa impunidad. Lleves antifaz o no. El divertimento, la sangre a borbotones y los salpicones de vísceras son un plus. 

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