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Por qué es un grave error que aún no estés viendo ‘Brooklyn Nine-Nine’

La quinta temporada de la serie creada por Daniel J. Goor y Michael Schoor llegó recientemente a Netflix, y es un buen momento para engancharte.

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18 de junio de 2019

Producir una serie como Brooklyn Nine-Nine nunca había sido muy caro, pero la audiencia que cada semana se reunía para verla tampoco era suficiente como para que en Fox no empezaran a pensar que lo mejor era prescindir de ella. Es por esto que en mayo de 2018, poco después de que la quinta temporada del show creado por Dan Goor y Michael Schur llegara a su fin, la cadena decidió cancelarla, y segundos después despertó una reacción sorprendente en Internet.

El que los índices de audiencia hubieran sido tan bajos no impidió que el rechazo a esta decisión fuera espectacular, llenándose las redes sociales de gente lamentándolo y diciendo que no podían hacer algo así. Que el mundo necesitaba Brooklyn Nine-Nine. De tal forma que los ejecutivos de NBC vieron la oportunidad y esta cadena (la misma que en 2013 rechazó el pitch de Goor y Schur) anunció que se encargaría de darle continuidad a la serie. La sexta temporada acabó siendo posible, dividida en dos mitades, y ahora mismo ya está anunciada una séptima entrega.

Si aun con todo el revuelo provocado a mediados de aquel año no te dio por engancharte, quizá ahora sea un buen momento para hacerlo. El pasado 11 de junio Netflix añadió a su catálogo esa misma quinta temporada que motivó tantos amores y reuniones urgentes en despachos, culminando una espera que ya se nos estaba haciendo muy cuesta arriba en España y, lamentablemente, sin dar pistas de cuándo colgaría la siguiente.

La cuestión es, ¿por qué el posible final de una serie tan de nicho causó una movilización de esta naturaleza? Y, lo que es más importante, ¿por qué deberías dejar lo que estés haciendo y ponértela cuanto antes? A continuación te lo explicamos razonada y documentadamente, mientras tratamos de paliar la ansiedad que se nos ha quedado en el cuerpo por más capítulos.

Conoce a la patrulla

No es descabellado que la primera reacción al escuchar la trama de esta serie sea un sonoro bostezo. Brooklyn Nine-Nine es una sitcom ambientada en una comisaría de Brooklyn cuyos protagonistas son miembros de la NYPD (Policía de Nueva York) y han ido desarrollando una gran camaradería entre ellos. No es especialmente original, ni prometedor, pero por lo que fuera la idea les hizo mucha gracia a Dan Goor y Michael Schur, quienes se conocen desde Harvard y trabajaron en Parks and Recreation antes de querer pasear este formato por varias cadenas.

La serie que tenían en mente se limitaba a este escenario y no debía costar mucho dinero, dependiendo su efectividad enteramente de lo elaborado del guión y los actores designados. Estos debían aguantar primeros planos, diálogos espídicos y a ser posible disponer de cierta inmunidad a la claustrofobia, mientras el intenso ritmo de rodaje les iba proveyendo de unos guiones donde, aparentemente, sus personajes no se apartaban demasiado de los tópicos en este tipo de historias.

Estaba la mujer badass, segura de sí misma y más proclive a conducir las escenas de acción (Rosa Diaz, interpretada por Stephanie Beatriz). En contraposición también estaba la poli empollona, nerviosa y trasunto de Hermione Granger (Amy Santiago, interpretada por Melissa Fumero). Estaba el policía torpe y freak de quien la comisaría se burlaba constantemente (Charles Boyle, interpretado por Joe Lo Truglio tras desempeñar papeles análogos en Supersalidos o Paul). Y, por supuesto, estaba el protagonista, un joven impulsivo y temerario que había visto demasiadas películas de Bruce Willis. Su nombre era Jake Peralta y lo encarnaba un actor, Andy Samberg, que muy pronto se convertirá en vuestra persona favorita.

La totalidad de estos detectives, cuyas vidas experimentaban un punto de inflexión al ponerse a las órdenes de un nuevo y severo capitán (Raymond Holt, encarnado por el experto en papeles de este tipo Andre Braugher), contaba con un curioso contrapunto: todos eran buenos en su trabajo. Ridículamente buenos. Hasta el extremo de que sus peculiares personalidades nunca se interponían entre ellos y la seguridad de los habitantes de Nueva York, a la cual estaban comprometidos en cuerpo y alma.

Porque, en efecto, nada es lo que parece en Brooklyn Nine-Nine.

De qué hablamos cuando hablamos de Brooklyn Nine-Nine

Que una comedia juegue con el contraste entre la desastrosa vida personal de sus protagonistas y la excelencia mostrada en sus trabajos no es especialmente nuevo, pero sí es la primera sorpresa que se lleva alguien que espera de la serie de Fox (ahora de NBC) una actualización de Loca academia de policía. De hecho, el humor de Brooklyn Nine-Nine tiene más cosas en común con el de series como Parks and Recreation (no en vano sus directores vienen de allí) o Scrubs, y obtiene carcajadas genuinas a partir de recursos parecidos. Esto es, sus personajes.

La comedia de B99 proviene estrictamente de los peculiaridades de los protagonistas y sus interacciones, aumentando el impacto cuanto más familiarizados estamos con sus manías, y más de lejos vemos venir los chistes. De este modo, la serie que protagoniza Andy Samberg acaba puliendo algo así como un lenguaje propio, y se da el caso de que es posible que no pueda ser disfrutada de forma casual, cuando a alguien le dé por ponerse un capítulo suelto.

Es posible que todos sus episodios sean autoconclusivos, pero eso no evitará que este espectador inesperado se haga preguntas como “¿Por qué Boyle es amigo de Peralta si le trata tan mal?”. “¿Nos están haciendo otro Ross-Rachel con la relación Peralta-Santiago?”. O, especialmente, “¿cómo es posible que dos garrulos como Hitchcock y Scully sigan contratados?”. Preguntas que no te harías una vez comprendieras las dinámicas de la serie y el imprescindible papel que juegan los personajes de Dirk Blocker y Joel McKinnon Miller en ella.

El juego que le saca a todos sus protagonistas, en este sentido, es modélico y propio de unos guionistas que han ido adquiriendo confianza, pero nada de esto sería posible sin una de las mayores virtudes que atesora el show. Y esta es la habilidad con la que profundiza en la psique de los policías, y los revela como mucho más que esas imágenes monolíticas que habíamos percibido al poco de conocerlos.

Brooklyn Nine-Nine no sólo se deleita en retratar poco a poco la complejidad de estos personajes, sino que también la somete a una evolución tan paulatina como sofisticada. Y sucede con todos. Rosa va abriendo poco a poco esa carcasa con la que enmascaraba sus sentimientos para aceptar la amistad de sus compañeros. El capitán Holt encuentra una familia en la oficina tras largos años de soledad y discriminación (luego ahondaremos en eso). El sargento Terry Jeffords (interpretado por el enorme y genial Terry Crews) se sobrepone a la inicial ridiculez que despierta su carácter al revelarse como un tremendo profesional, un gran padre de familia y la persona más empática de la NYPD.

Y luego está lo de Jake. Lo de Jake es maravilloso.

Andy Samberg lleva ya unos años metido en esto de la comedia, y a lo largo de este tiempo sus chistes (o, mejor dicho, su discurso) siempre han solido girar en torno a un arraigado conflicto con la masculinidad clásica. Los personajes que interpreta suelen ser manbabies desesperados por comportarse del modo que, según les han enseñado, es propio de los hombres. En la monumental Flipado sobre ruedas (primera película en la que trabajó junto a sus compañeros del grupo cómico-musical The Lonely Island), Samberg interpretaba a Rod Kimble, un chaval obsesionado con convertirse en un especialista de los saltos en moto que pretendía conseguir el dinero suficiente como para poder pagar las operaciones de su padre adoptivo, enfermo de cáncer.

¿Problema? Lo que pretendía conseguir con ello no era simplemente que este siguiera vivo, sino poder ganarle en una pelea justa una vez fuera curado, como llevaba queriendo hacer durante toda su adolescencia. Es patético, es ridículo, y sobre todo es muy inteligente, de forma al inicio de Brooklyn Nine-Nine existen muy pocos grados de separación entre la personalidad de Rod (o la del tenista Aaron Williams en Siete días infernales) y la de Jake Peralta, cuya película favorita es La jungla de cristal y no piensa en otra cosa que en protagonizar grandes escenas de acción sin que le interese mucho el bienestar de sus compañeros.

Más allá de este atolondramiento (fuente de muchos de los mejores chistes del show), el libreto hace rápido hincapié en la complicada biografía de Peralta, abandonado por un padre (Bradley Whitford) que le fue infiel a su madre un absurdo número de veces, y poseedor de graves problemas emocionales. Esto, sin embargo, no se utiliza para justificar de algún modo que el protagonista se comporte como un capullo, sino que da pie orgánicamente a que Peralta pueda mejorar y superar sus traumas.

A medida que se apoya en los demás, que aprende a querer a su amigo Boyle más allá de la admiración servil que este parece dispensarle, y que piensa en algo más que en sí mismo o su extrema competitividad, Jake cambia. Abandona el egocentrismo, consigue ser disciplinado, y erigirse como un inesperado y encantador modelo de a qué deberían aspirar las nuevas masculinidades. Con lo cual, sí, Jake sería el mejor personaje… si no fuera por su capitán.

La importancia de Raymond Holt

“Cada vez que alguien da un paso al frente y dice quién es, el mundo se convierte en un lugar mejor y más interesante”, asegura Holt en un memorable capítulo de la quinta temporada. Es su reacción, tan comedida y pensada como suele, a la salida del armario de uno de sus policías. El personaje al que da vida Andre Braugher muestra entonces una comprensión conmovedora, y es una que sabemos muy bien de dónde viene.

Raymond Holt es negro y es homosexual y, sí, eso le ha llevado a atravesar todo tipo de dificultades a lo largo de su estancia en el cuerpo. En los primeros episodios de B99 hay varios flashbacks ilustrando cómo luchó contra la discriminación y, aunque suelen ser utilizados a modo de chiste (porque el mero rostro solemne de Braugher inspira carcajadas), suponen una perfecta muestra de lo bien que sabe esta serie afrontar temas de tremenda seriedad desde una perspectiva humorística.

Y, en el caso específico de Holt, lo atinadamente que construye personajes. Su difícil biografía es la causa directa de que haya llegado a capitán, pero no determina su forma de ser. Más allá de su rostro eternamente impasible, el personaje de Braugher está casado con Kevin (Marc Evan Jackson) y tiene un perro llamado Cheddar (AKA el mejor perro de la historia de la televisión), mientras que su relación con Peralta, que vertebra el show, no deja de responder a los esquemas clásicos de maestro-discípulo que ya hemos visto miles de veces en tramas parecidas. Pero nunca protagonizadas por alguien como Holt.

Los vínculos paternofiliales se extienden al resto del equipo y este personaje también va aprendiendo a confiar en una familia fuera del ecosistema seguro que había construido junto a Kevin. De un modo similar a Peralta, es constantemente desafiado e impulsado a cambiar, llegando a un momento especialmente brillante cuando decide presentarse a comisario de Nueva York y se sorprende compitiendo con una mujer, Olivia Crawford (Allison Tollman), que ha sufrido una discriminación semejante a la suya y hace tambalear sus principios, hasta entonces inamovibles debido a todo lo que había luchado por cambiar las cosas.

Brooklyn Nine-Nine no sólo disfruta poniendo en aprietos a sus personajes, sino también metiéndose en aprietos a sí misma, y la complejidad y multitud de capas de Holt sirven para enunciar todo lo que esta serie ha ido proponiendo a lo largo de las temporadas. Así, estos aprietos pueden consistir en tramas alargadas durante varios episodios en los que los protas deben enfrentarse a un caso algo más difícil de la cuenta (como Jake infiltrándose en la mafia, Holt y él metiéndose en el programa de protección de testigos, etcétera), pero desde luego no son los más interesantes, en favor de los capítulos que hablan de una problemática social.

Es una dinámica que la serie empieza a seguir sobre todo a partir de la tercera temporada, pero que antes de eso ya anidaba en su propio ADN. Al fin y al cabo, Brooklyn Nine-Nine presenta uno de los repartos más diversos de la televisión, con dos personas negras en puestos de poder (Holt y el sargento Jeffords), dos mujeres de ascendencia latina (Rosa y Santiago) y dos miembros que tienen antepasados italianos y judíos (Samberg y Chelsea Peretti, que interpreta a la inigualable Gina).

Hasta transcurridos un par de años, Brooklyn Nine-Nine se contentó con ser todo un ejemplo para la ficción en este ámbito, pero de repente empezó a entregar capítulos donde Terry sufría el racismo institucional en sus propias carnes, descubríamos la misoginia existente en el fandom de una famosa saga de fantasía heroica, o uno de los miembros de la patrulla se confesaba bisexual. Capítulos que, una vez finalizaban, comprendías lo mucho que había evolucionado la serie, y la importancia que de repente enarbolaba.

El equilibrio con el dramatismo y la concienciación que teje su narrativa fue uno de los principales motivos por los que cuando parecía que B99 había llegado a su fin hubo una revuelta popular. El otro fue, por supuesto, que se trata de una serie condenadamente graciosa.

¡Nine, nine!

Por Brooklyn Nine-Nine ha pasado un gran número de guionistas y, también, un variopinto grupo de directores. Aparte del liderazgo regular de Dan Goor y Michael Schur, los capítulos han sido rodados por gente como Phil Lord y Chris Miller (responsables de otra comedia policíaca imprescindible como es Infiltrados en clase), o Akiva Schaffer y Jorma Taccone, miembros de The Lonely Island. Contrariamente a lo que podría parecer con tanta variedad de talentos y estilos, la serie ha sabido mantener un acabado homogéneo sin salidas de tono, a no ser que podamos contar como tal aquel episodio únicamente protagonizado por Holt, Peralta, y los intentos por que un asesino confiese.

Se trata, no obstante, de una excepción. B99 siempre ha preferido mantenerse fiel a una serie de chistes recurrentes, subtramas y muestras de estilo, de forma que dibuje un entorno familiar y motive una predisposición a devorar un capítulo tras otro realmente notable. Desde el sketch inicial que no tiene relación con la trama posterior y es cortado bruscamente por los créditos (garante de algunos tótems de la comedia contemporánea), hasta las pequeñas tradiciones que la serie se obstina en mantener a rajatabla, todo está planificado para constituir un lugar feliz.

Algunas de estas tradiciones pasan por la intermitente relación de amistad/enemistad entre Jake y Doug Judy (Craig Robinson) o el famoso “capítulo de Halloween”, donde cada año Holt y Jake mantienen un duelo de ingenio al que poco a poco se va uniendo el resto del equipo. Otras se limitan a personajes secundarios que reaparecen a cada tanto, como el Buitre (Dean Winters), Adrian Pimento (Jason Mantzoukas) o el tipo que supuestamente se parece a Boyle (Winston Story), y apuntalan el festivo y alocado mundo de Brooklyn Nine-Nine.

Uno que, por mucho que lo habiten habilidosos juegos de montaje, diálogos afilados o unas peculiares reglas por las que regirse (como no preguntarle jamás a Rosa por su pasado), tampoco se diferencia demasiado del nuestro. Sus personajes, de hecho, pasan su día a día rodeados de problemas similares a los que nosotros experimentamos, y la única diferencia significativa es que ellos, en lugar de lamentarse, prefieren pasar las horas diciéndose lo mucho que se quieren.

Por eso tanta gente quiso que volviera, y respiró aliviada cuando NBC se hizo cargo de la serie. Porque, sin Brooklyn Nine-Nine, ¿en qué otro lugar íbamos a estar tan cómodos, tan calentitos, y rodeados de tantos buenos amigos?

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