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Polémica del día: Basta de violaciones en ‘Juego de tronos’

No solo es desagradable: también es inútil. En sus últimas temporadas, el culebrón medieval-fantástico de HBO reduce a los personajes femeninos a víctimas o caricaturas.

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20 de mayo de 2015

Para no variar, George R. R. Martin está hasta la coronilla. Algo que tampoco nos extraña demasiado: cuando uno escribe un folletín de culto como Canción de hielo y fuego, y después le da su visto bueno a una adaptación televisiva como Juego de tronosdebe asumir que tendrá a un fandom insaciable (¡pleonasmo!) pisándole los talones. Pero el último enfrentamiento entre el escritor y sus lectores-espectadores, que está teniendo lugar esta misma semana, da para plantearse un dilema muy jugoso. Y es que, a diferencia de su original literario, el culebrón medieval-fantástico de HBO está cargando demasiado las tintas en la violencia sexual. Una violencia que tiene como objetivo prioritario, por no decir único, a sus personajes femeninos.

¿Cuál es el epicentro de este follón? Pues una escena del último capítulo emitido (sexto de la quinta temporada) en la que Sansa Stark (Sophie Turner) es violada por ese psicópata llamado Ramsay Bolton (Iwan Rheon) mientras el siempre patético Theon (Alfie Allen) se ve obligado a mirar. Precisemos que una escena similar, pero no idéntica, sí tiene lugar en Danza de dragones, el último volumen de Canción de hielo y fuego publicado hasta la fecha, sólo que como parte de otra línea argumental, eliminada de la serie probablemente debido a razones de tiempo y para evitar más enredos en el relato. De ahí que, cuando Martin habla del tema en su no-blogse centre en el cambio como un fruto de la diferencia entre la literatura y la TV. Y remitiéndose, además, a Lo que el viento se llevó como término comparativo: “¿Cuántos hijos tuvo Escarlata O’Hara? Tres en el libro, uno en la película y ninguno en la vida real: ella es un personaje de ficción, y no existió nunca”, recuerda el escritor.

George R. R. Martin prosigue invocando el llamado ‘efecto mariposa’ (“Los pequeños cambios llevan a cambios grandes que llevan a cambios enormes”) y sentenciando que la fidelidad total es imposible cuando se adapta una saga literaria a la TV. Si el lector lo duda, añade, puede preguntárselo a los fans de Charlaine Harris, creadora literaria de True Blood, o a los del cómic original de The Walking Dead. En lo que a sus propios libros y a Juego de tronos se refiere, “Hemos llegado al punto en el que el batir de alas de las mariposas han empezado a crear huracanes, como el que actualmente arrasa mi cuenta de correo electrónico”. Vamos, que el escritor ya no soporta que los fans le exijan cuentas sobre algo que, para colmo, ni siquiera es responsabilidad suya, sino de los productores David Benioff D. B. Weiss. Quienes, en su opinión, “están haciendo la mejor TV que pueden”.

Ahora bien: nosotros no queremos pedirle cuentas a Martin, aunque, dado su hueco como productor ‘co-ejecutivo’ en la serie, quizá podríamos pedírselas. Con quien tenemos algo que saldar es con Benioff y Weiss, quienes parecen haberse vuelto adictos al morbo gratuito, cuando no a la misoginia pura y dura, como forma de ganar titulares para su producto.

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Para empezar, y aunque el escritor lo desaconseje, veamos cómo transcurre la escena en letra impresa: aparte de las diferencias narrativas que ya hemos apuntado (y sobre las que no insistiremos, por si los SPOILERS), digamos que su desarrollo es más complejo, a la par que grotesco, que está cargada con un humor más negro que la pez (incluyendo un cunnilingus forzado) y, sobre todo, que el autor emplea en ella sabiamente la elipsis y el espacio en off. Al leerla, sabemos que va a tener lugar algo muy desagradable, pero George R. R. Martin es lo bastante sabio como para dejar que nuestra imaginación trabaje por él, ahorrándole el papelón de describir lo indescriptible desde el punto de vista de una víctima.

En cambio, la serie opta por una puesta en escena muy diferente, con vestiduras desgarradas y un regodeo bastante tópico por parte del villano, culminando en el inevitable (o quizá no tanto) primer plano de Sophie Turner sufriendo los empellones de su agresor. De una grima sofisticada, y con función narrativa, hemos pasado a una suma de tópicos que, ni son disfrutables, ni aportan nada nuevo al conjunto. No en vano Vulture titula su reportaje sobre la polémica como Sólo otra escena más de violación en ‘Juego de tronos. 

“Mostrarse cínico al respecto resulta tentador”, escribe Nate Jones en Vulture, dejando claro que piensa “darle el beneficio de la duda a los productores” en espera de los próximos capítulos de la temporada. Desde Vanity FairJoanna Robinson aporta una perspectiva muy distinta. Su pieza tiene como titular Juego de tronos’ no necesitaba hacerle eso a Sansa Stark, y en ella opina que el momento no sólo resulta desagradable, sino que es algo peor aún: es inútil y redundante. “¿De verdad es [la violación] el único horror al que Juego de tronos puede exponer a sus personajes femeninos?”, se pregunta Robinson. Y, más adelante, afirma que “decir ‘es que está en los libros’ ya no es una excusa” ni para los productores ni para los fans, dada las libertades que la serie se ha tomado con el original en la última temporada. En cuanto a The Mary Sueweb de referencia para el frikerío feminista, ha adoptado medidas contundentes: Jill Pantozzi, directora del sitio, anunció ayer su decisión de no ofrecer más información sobre Juego de tronos, salvo en excepciones que serán decididas por ella y su equipo.

The Mary Sue explica una decisión así de drástica con un razonamiento discutible, pero interesante. Para empezar, la evolución de Sansa Stark como personaje iba encaminada hasta ahora a relevarla de su papel de víctima convirtiéndola en una pérfida intrigante (“jugadora” en lugar de “pieza”, por emplear la jerga del show) con nada menos que Meñique (Aidan Gillen) como maestro. Sin embargo, esta escena le ha hecho dar un paso atrás, convirtiéndola de nuevo en la misma damisela sufriente que ya fue junto al poco añorado Joffrey, destinando su padecimiento a forzar la evolución de otro personaje. Y, para seguir, si tan dispuestos están Benioff y Weiss a explorar sus propias líneas argumentales, ¿por qué no darle del todo la vuelta a la tortilla, haciendo que Sansa sortee el horror mediante su astucia? Pero, claro, eso no podía ocurrir. “Vaya ocasión perdida para sorprender de verdad al público”, se lamenta Pantozzi. “La violación, por otra parte, es esperable”.

Ellas siempre pagan el pato

Ante todo esto, el fan de la serie puede responder de múltiples maneras. Que, desde el comienzo del show, sabemos que los Siete Reinos de Poniente y sus aledaños son un lugar horrible, especialmente para las mujeres, por lo que la propia deriva del guión exigía un momento así. Que, junto a un animal carnicero como Ramsay, el destino de Sansa estaba cantado. Que la mayor de las chicas Stark es la niña bonita de muchos espectadores, quienes se tiran de los pelos al ver cómo el destino le depara un nuevo calvario… Suma y sigue. Más allá de este punto, quedan los gritos histéricos de “¡Feminazis!” y otras lindezas contra el empoderamiento de media humanidad. Pero, como ya tuvimos bastante de esas chorradas al hablar de Mad Max: Furia en la carreteramejor exponemos nuestro punto de vista. Y avisamos de que éste puede escocer.

Es cierto que las novelas de Martin nunca le escatiman sufrimientos a sus heroínas. Pero dichos sufrimientos palidecen en comparación con los que hemos visto en su adaptación audiovisual. ¿Queremos un ejemplo? Lo tenemos nada más comenzar la serie: el primer encuentro carnal entre Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) Khal Drogo (Jason Momoa) aparece a todos los efectos como una violación, la primera de muchas. Sin embargo, y que Martin nos perdone, dicho coito resulta consensual en la novela. Algo que, además de ahorrarnos un poco de crujir de dientes en favor de un momento calentorro (o no tanto, porque, en esta versión, la khaleesi es apenas una niña) nos permite saber más cosas sobre los personajes. Que un caudillo bárbaro no tiene por qué ser necesariamente una mala bestia con su esposa, por ejemplo, o que la futura libertadora con dragoncitos es menos frágil de lo que parece. Por no mencionar aquello tan tópico, pero tan olvidado dentro y fuera de la ficción, de que las mujeres también tienen libido.

Aquel momento fue breve, y olvidable por lo demás, pero Benioff y Weiss repitieron su error en la cuarta temporada, convirtiendo en forzoso otro coito muy voluntario sobre el papel: aquel polvo tan mal echado por Cersei (Lena Headey) Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) en pleno velatorio de Joffrey, el hijo incestuoso de ambos. Recordemos que esta escena se ganó críticas severísimas en su día (incluso el escritor acabó pidiendo disculpas, si bien invocando el consabido “efecto mariposa”) no sólo por sus implicaciones, sino también por contradecir la evolución de ambos personajes, en especial de un Jaime manco, humillado y rescatado cual doncella en apuros por Brienne (Gwendolyne Christie). Ética aparte, nosotros volvemos sobre lo ya dicho: en la novela original, el sexo de esa escena no es sólo voluntario, sino que también sirve para describir un amour fou totalmente desquiciado. En la serie, por el contrario, resulta incoherente, y también inútil. Justo como esa nueva violación que llegó a la pantalla el domingo.

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Si sólo se tratase de la violencia sexual, ya bastaría: a estas alturas, es deplorable pensar que Juego de tronos tenga tan pocos recursos para afectarnos de verdad, sin recurrir al shock barato y, para colmo, con un desarrollo cinematográfico mediocre salvo por su siempre estupenda fotografía (¡ay, cuánto se echa de menos a Neil Marshall o a Alan Taylor tras la cámara!). Pero esta caída sin frenos se ve también en otros aspectos, casi todos ellos relacionados con las mujeres del serial. Ya que hablábamos antes de Brienne, cabe recordar que la Doncella de Tarth ha pasado de ser una guerrero temible, pero tan buena que parece tonta, a directamente tonta del haba, según nos dan a entender sus últimas intervenciones. Triste destino para un personaje literario de gran profundidad, condenado a la humillación perpetua por su género y embarcado por su buena fe en un sórdido viaje a ninguna parte.

Y, ¿qué decir de las Serpientes de Arena? Las hijas bastardas de Oberyn Martell (tal vez le recuerdes de la temporada anterior) podrían ser mujeres fascinantes, diferenciadas entre sí y capacitadas, desde su lugar como secundarias, para darle color y viveza a la historia. En cambio, a juzgar por lo que la serie nos ha mostrado de ellas, se trata de tres chungas de piel oscura, absolutamente intercambiables. Menuda pérdida, y qué desdoro para los guionistas.

Podríamos seguir. Y también podríamos cambiar de tercio, recordando (sin ir más lejos) cómo Loras Tyrell (Finn Jones) ha pasado de ser, en los libros, un soldado temible que resulta ser gay a, en la serie, una florecilla que bordea la caricatura homofóba y a la cual su sexualidad reduce al papel de víctima. Pero eso sería extralimitarnos. Dejémoslo en que George R. R. Martin está parcialmente en lo cierto: adaptar obras de un medio a otro exige cambiar, podar e injertar, arriesgándose a suscitar las iras de los fans en el proceso. Pero esos cambios deben realizarse con tino y, lo más importante, no ir siempre destinados a un sólo sector del reparto, y de una forma tan chocarrera. Olvidar eso es, ahora, más peligroso que nunca: el sector femenino del fandom no sólo ha crecido, sino que también se hace oír con intensidad, harto de doncellas indefensas y otros estereotipos. Cuando hablamos de Juego de tronos y de Canción de hielo y fuego (dos obras que se habían ganado, hasta ahora, elogios por su abundancia de mujeres escritas de forma verosímil), dicho olvido resulta doblemente arriesgado.

Exagerada o no, esta polémica va a seguir. Y para algunos, tristemente, confirmará algo que ya se temían: que Juego de tronos ha pasado de ser el exponente más digno del género de fantasía en TV a un mero desfile de atrocidades, no sólo mal escrito, sino también aburrido. Quienes ya conocíamos la historia por su original literario, por nuestra parte, nos sorprendemos a nosotros mismos en una situación inesperable. Porque, si nos lo llegan a preguntar hace una semana, jamás hubiéramos pensado que extrañaríamos un curso de derecho sucesorio en el Valle de Arryn.

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