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Veredicto sobre ‘Perry Mason’ (HBO): todo el mundo tiene un pasado

Sin spoilers, analizamos la precuela en la que el abogado creado por Erle Stanley Gardner aún es un detective a lo Philip Marlowe en Los Ángeles de los años 30.

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22 de junio de 2020

A pesar de haber publicado 82 novelas sobre el resolutivo abogado de Los Ángeles, que siempre daba con el verdadero culpable y lo desmontaba durante el juicio, Erle Stanley Gardner nunca se preocupó demasiado por su pasado. Tampoco la no menos longeva serie de 271 episodios protagonizada por Raymond Burr. El expediente estaba vacío.

En tiempos de precuelas y reboots, ese terreno yermo ha sido todo un filón para la HBO y para Robert Downey Jr., productor de la serie a través de Team Downey, que finalmente confió a Matthew Rhys (The Americans) el rol titular que en un principio se había reservado inicialmente.

Así, a lo largo de ocho episodios de aproximadamente una hora de duración, descubrimos que antes de labrarse una reputación en los tribunales de L.A., Mason no era más que un detective de poca monta, mal afeitado y en estado de resaca permanente, que trabaja para un veterano abogado encarnado por el entrañable John Lithgow.

El nuevo Mason recuerda al cínico Philip Marlowe. Aunque él es un tipo hundido, siempre tristón, con la mirada como ausente (y cierto parecido con Dave Gahan, de Depeche Mode), que malvive en las ruinas de la granja de su familia, donde le asaltan los fantasmas de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, mientras se lamenta, aferrado a una botella, de no poder ver a su hijo, que su exmujer mantiene prudentemente alejado de él.

Aunque tampoco varía demasiado de expresión, Rhys cumple su cometido, y se va ganando al espectador, rodeado de una interesante galería de secundarios, entre los que suenan nombres sobradamente conocidos por los fans de Mason, empezando por la que será su futura colaboradora Della Street, a la que da vida Juliet Rylance (The Knick), que luce una inteligente belleza a lo Catherine Keener.

 

Entre ‘True Detective’ y ‘Boardwalk Empire’

Que Nic Pizzolatto estuviera en un principio ligado al proyecto, antes de despedirse para seguir con su True Detective, ha propiciado y propiciará comparaciones con la serie que empezó dirigiendo Cary Joji Fukunaga.

Lo mismo con la presencia del bueno Shea Whigham, las credenciales de Rolin Jones -cocreador junto a Ron Fitzgerald-, o la realización de los primeros episodios de Tim Van Patten (que se alterna con la turca Deniz Gamze Ergüven), los tres implicados en Boardwalk Empire, una serie cuya trama justamente concluía en 1931, el año del que el nuevo Perry Mason se despide en una fiesta hollywoodiense.

Con True Detective comparte obviamente las raíces pulp, pero su Los Angeles de la segunda temporada, que parecía obra de un S. Craig Zahler en baja forma, poco tiene que ver con el de Mason, y menos aquel sur fantasmagórico en cuyo corazón estaba Carcosa: la nueva serie de HBO no va tan lejos a la hora de trabajar la atmósfera, el misterio o el esoterismo, por mucho que también contenga elementos góticos y una atractiva predicadora evangélica para tratar de demostrar lo contrario.

A esta obradora de milagros le da vida Tatiana Maslany (Orphan Black), una versión sexy de la célebre predicadora Aimee Semple McPherson, que inspiró en ese mismo 1931 La mujer milagro, de Frank Capra, con su querida Barbara Stanwyck. De hecho, si esperábamos una exploración del Hollywood pre Código Hays, las espectaculares celebraciones religiosas acaban robando la función.

La nueva Perry Mason estaría más cerca de ser un Boardwalk Empire de la Costa Oeste, en esa Los Ángeles cercada por la Gran Depresión, en plena Ley Seca, por la que todavía podemos ver bamboleándose a una suerte de sosias de Fatty Arbuckle llamado Chuby Carmichael que disfruta merendando nata ahí donde se funde a mayor velocidad.

 

El futuro abogado de la Nueva Normalidad

En tiempos de revisionismo histórico, o de contextualización necesaria –según se prefiera–, cuando el viento todavía no se ha llevado la polémica, Perry Mason destaca por su férrea voluntad inclusiva. Uno de los personajes clave mantiene una sana y feliz relación homosexual, cosa que no se hubiera podido mostrar tan alegremente en la serie de los 50, pese a que la homosexualidad de Raymond Burr era un secreto a voces en Hollywood.

Gardner, por su lado, creó un personaje llamado Sidney Zoom, maestro del disfraz, al que se ha querido leer, entre líneas, como gay. Así que igual le parecería bien y todo.

Tampoco faltan ecos del BlackLivesMatter. Otro personaje clave, que en la serie original aparecía interpretado por William Hopper, tiene aquí la piel oscura del afroamericano Chris Chalk. Aquí es un agente de policía negrísimo, al que sus superiores, los clásicos blancos ultramalotes, le recuerdan que nunca será detective… También hay sermones contra la segregación, y algo de brutalidad policial que parece un guiño conjugado en presente.

Otra minoría étnica especialmente maltratada en los tiempos que corren, léase muro trumpiano, aparece representada bajo la piel de la fogosa Lupe (Verónica Falcón), la piloto mexicana madura y macizorra con la que el protagonista mantiene una relación de sexo (spoiler) acrobático (en contraste con su rubia ex, ama de casa modelo), que deja al detective exprimido como un limón.

A Gardner también le parecería bien. Al principio de su carrera como abogado se distinguió por defender a emigrantes mexicanos o chinos, que también juegan un papel en la trama.

Finalmente, tampoco falta el sesgo feminista, a partir del caso de una mujer que es juzgada culpable de asesinato por la opinión pública porque mantenía una relación fuera del sagrado matrimonio. Algo muy de la época, como un Lo que el viento se llevó que, aun sin contextualizar, nos recordaría que cualquier tiempo pasado fue peor.

 

El caso del niño con los ojos abiertos

Naturalmente, en el salto del viejo al nuevo Perry Mason hemos pasado de aquellos tradicionales episodios autoconclusivos –mitad exposición del caso, mitad resolución en el juicio– a una trama que se despliega con cierta morosidad, como es habitual en la ficción televisiva del nuevo milenio.

Todo empieza en el Angels Flight, el mítico funicular que lleva a Bunker Hill desde el downtown angelino. El secuestro de un niño de un año termina horriblemente mal cuando este es encontrado muerto con los párpados abiertos y cosidos, para que parezca que está vivo.

Una imagen truculenta, que no es un spoiler (minuto 2.35), y que rimará con visitas a la morgue y cadáveres poco presentables, todo muy del gusto de Gardner, que amaba a los forenses.

Aunque sin demasiados exteriores reconocibles, más allá del Angels Flight, como suele ser habitual en las series históricas, la ambientación de época está muy medida, ni demasiado pobre, ni demasiado demostrativa.

Los creadores de la serie no parecen sin embargo demasiado interesados por el suspense. El asesino muestra su rostro en el episodio 2, se adivina el trasfondo de la trama y la amenaza de peligro, aun con las necesarias escenas violentas, tampoco es demasiado palpable. El espectador tan solo ha de esperar a que Mason vaya atando cabos, y acompañar a los personajes.

Puede parecer disuasorio, pero el juego consiste en ir juntando las piezas hasta llegar al fresh start de lo que sería un reboot en toda regla, hipotética segunda temporada, que arrancaría con El caso de las garras de terciopelo, primera novela de Gardner publicada en 1933.

 

Nuestro veredicto

Entonces qué, dirán ustedes. Pues se trata de un paseo agradable, incluso podríamos decir que imprescindible para cualquier lector de pulp fiction o mitómano noir, que responde a la voluntad de recrear un caso de Mason adaptado al gusto seriófilo del nuevo milenio.

Una inmersión distinta, placentera de contemplar, en la ciudad de las estrellas, ese oasis en medio de la Gran Depresión, donde el despiporre empezaba a ser controlado por las oscuras fuerzas del bien.

Por momentos, la caracterización ligeramente extravagante de los personajes puede dar la sensación de estar en una película de los Coen. No tanto de Muerte entre las flores o Barton Fink, como las que han dejado una huella menos profunda, caso de aquella ¡Ave César!, ambientada en el Hollywood de los 50, o El hombre que nunca estuvo ahí, que abordada la Gran Depresión a través de James M. Cain. Lo cual no está nada mal.

Tras seis capítulos de preparación, el inevitable tramo judicial acaba resultando incluso emocionante. Y si una crítica también es como un juicio, nuestro veredicto sería No culpable.

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