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Angels Flight en ‘Perry Mason’: la historia real del funicular que fue icono noir de Los Ángeles

Este funicular de Los Ángeles, localización clave de la nueva 'Perry Mason', ha subido y bajado por la historia del cine negro hasta llegar a 'La La Land'.

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23 de junio de 2020

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  • La recién estrenada serie de Perry Mason en HBO arranca en Angels Flight (o Angel’s Flight), un funicular mítico a pesar de que su recorrido no alcanza los 100 metros, conectando el centro histórico de Los Ángeles con Bunker Hill.

    Es en Angels Flight donde, nada más arrancar la serie protagonizada por Matthew Rhys, una pareja descubre horrorizada que su hijo de un año, por el que acaban de pagar un cuantioso rescate, les ha sido devuelto muerto, y con los párpados cosidos para que, a unos metros de distancia, parezca que todavía está vivo.

    La elección del emblemático emplazamiento no es en absoluto casual. Para empezar, Raymond Burr, protagonista de la serie original, ya se dio un viaje a bordo del funicular, acompañado de su fiel colaboradora Della Street, entonces encarnada por Barbara Hall, en el episodio The Case of the Twice-Told Twist, el 21 de la novena temporada.

    Curiosamente, se trata del único episodio a todo color de los 271 emitidos entre 1957 y 1966. Sólo que, a diferencia del nuevo Perry Mason, el funicular, aunque era exactamente el mismo, con sus dos únicos vagones –Olivet y Sinai–, que suben y bajan alternativamente, no estaba ubicado en el mismo lugar.

    En 1969, el funicular, que había funcionado ininterrumpidamente desde su fundación, en 1901, por el Coronel J.W. Eddy, fue desmantelado para dormir el sueño de los justos durante 27 años, hasta que fue reinstalado en 1996 media manzana más al sur. Si hasta 1969 conectó Hill Street con Olive Street, ahora conecta Hill Street con California Plaza. Abrirá de nuevo cuando el coronavirus lo permita, el viaje cuesta un dólar.

    Los motivos del desmantelamiento estuvieron ligados a la brutal remodelación del barrio que, en lo alto de la colina, había nacido a finales del siglo XIX como una zona residencial para la clase pudiente, que se instaló en mansiones de estilo victoriano.

    Con el paso de los años, como suele suceder, los ricos se mudaron a otras zonas de la ciudad, y las mansiones se subdividieron para dar cobijo a familias de clase trabajadora, y toda clase de emigrantes. Conforme proliferaron las autopistas después de la SGM, y la ciudad perdió su centro, el barrio se fue degradando. Aunque estaba elevado, se convirtió en sinónimo de bajos fondos.

     

    El soñador de Bunker Hill

    A principios de los años 30, justo cuando arranca el nuevo Perry Mason, se mudó a Bunker Hill el entonces aspirante a escritor y guionista John Fante. Como recordaba su hijo, y también escritor, Dan Fante, “se instaló en un hotel llamado el Alta Vista, que estaba al lado de la vía férrea más corta del mundo: el Angel’s Flight, de una manzana de extensión”.

    Al final de su vida, completamente ciego, y en las peores condiciones físicas posibles, Fante todavía dictaría a su fiel esposa Joyce Sueños de Bunker Hill (Anagrama), la última novela de su alter ego Arturo Bandini.

    En Bunker Hill escribió Pregúntale al polvo, su obra maestra, donde Bandini evoca así sus paseos por el barrio:

    “Bajé los peldaños de Angel’s Flight hasta llegar a Hill Street: ciento cuarenta escalones, con los puños apretados, no asustado de ningún hombre, pero sí temeroso del paso subterráneo de Third Street, temeroso de cruzarlo, por claustrofobia. Asustado también de los sitios elevados, y de la sangre, y de los temblores de tierra; por lo demás, ningún temor, salvo el temor a la muerte, de gritar en medio de la multitud, de una apendicitis, de sufrir del corazón, hasta de esto, estar en la propia habitación con un reloj en la mano y los dedos de la otra en la yugular, contando los latidos cardíacos, escuchando los extraños zumbidos y retortijones del estómago. Por lo demás, ningún miedo en absoluto”.

    El pasaje nos da una idea bastante exacta tanto del ambiente, como de la geografía de Bunker Hill, atravesado por un túnel en la Calle 3, justo por debajo del recorrido original del Angels Flight, que conectaba el centro histórico con el resto de la ciudad, en constante expansión.

     

    La prehistoria silente del ferrocarril inclinado

    Ya en 1914, Al Christie rodó un corto que giraba en torno a las posibilidades cómicas del Angels Flight. Marido celoso bajando en uno de los vagones veía a su mujer con profesor de música subiendo en el otro. Continuos desencuentros que podrían haber tenido un final dramático.

    La idea tuvo incluso su pronto remake, Up She Goes (1918), pero no se conservan copias de ninguno de los dos. Las primeras imágenes de ficción que sí se conservan del Angels Flight son estas:

    Corresponden a All Jazzed Up (1920), un corto protagonizado por Bobby Vernon, al que se puede ver saltando alegremente de Olivet a Sinai, cuando ve a su flamante esposa en el otro vagón. Era una comedia de errores en la que el funicular volvía a tener un papel central.

    Con la llegada del cine sonoro, se dio la llamada era del pre-Code, ese momento, entre 1930 y 1934, en el que todavía no se ha instaurado el Código Hays para silenciar las malas costumbres, es decir justo cuando arranca la nueva serie de HBO. Angels Flight seguía presente en la pantalla: apareció al principio de El horror al matrimonio (1932), la primera película de James Whale posterior a Frankenstein.

    Era la historia de una chica que comparte piso con una amiga en lo alto de la colina, y trabaja para un abogado especializado en divorcios. La muy descocada no cree en el sagrado matrimonio, hasta que un joven médico, con un futuro brillante, le hace probar su propia medicina.

     

    Un funicular llamado noir

    Matthew Rhys en la piel del nuevo Perry Mason sostiene un periódico en el que nuestros amigos de la prensa han rotulado “Horror at Angel’s Flight”. La imagen tiene múltiples ecos. Imposible no pensar en el apabullante arranque de M (1951), el remake en clave noir que Joseph Losey llevó a cabo del clásico de Fritz Lang.

    Antes de que la fatídica letra se inscriba en la pantalla –M de Murderer o de Maniac–, el que bien podría ser el asesino se sube en el último momento al Angels Flight, mientras en Hill Street se acumulan periódicos con llamativos titulares sobre el asesino de niños.

    La mayor parte de la película se desarrolla en Bunker Hill. La primera víctima vive de hecho en los mismos apartamentos Alta Vista, donde años atrás se había instalado Fante.

    Ann Sheridan también aparece en la portada de un diario, como supuesta asesina, leído a bordo de Olivet (o Sinai) en una escena clave de La infiel (Vincent Sherman, 1947). Cuando, a finales de los 40, lo que los franceses bautizaron como film noir bajó a la calle, el Angels Flight se convirtió en una de sus localizaciones favoritas.

     

    Cruce de vagones en Clay Street

    Los grandes directores del cine negro gustaban de plantar la cámara en la desaparecida Clay Street, perpendicular a la calle 3 por la que pasaba el Angels Flight, para captar el mágico momento en el que se cruzan Olivet y Sinai, como en este plano de la mítica El beso mortal (Robert Aldrich, 1955).

    En la misma película, el siempre algo rudo Mike Hammer se queja de que las escaleras alternativas al Angel’s Flight, le pueden provocar “un ataque al corazón”.

    Mientras que, en Acto de violencia (Fred Zinnemann, 1949), cual metafórico descenso a los infiernos típico del noir, Van Heflin las baja, pasa inevitablemente también por la fotogénica Clay Street, y acaba desapareciendo por el túnel que atraviesa la colina, y que Bandini tanto temía.

    Coger el Angels Flight también fue a menudo una vía de escape, caso de Paul Heinreid en La cicatriz (Steve Sekely, 1948), o de Vittorio Gassman en Cry of the Hunted (1953), del gran Joseph H. Lewis.

    Edgar G. Robinson se escondía de su pasado en los desaparecidos apartamentos Sunshine, con vistas al Angel Flight, en Mil ojos tiene la noche (John Farrow, 1948), que también visitaron William Holden y Alexis Smith en Un hombre acusa (William Dieterle, 1952).

    La mítica localización incluso le puso título a una serie B de rape & revenge –Angel’s Flight (Raymond Nassour y Kenneth W. Richardson, 1965)–, y fue un punto más o menos gravitatorio para numerosos clásicos del género como El abrazo de la muerte (Robert Siodmak, 1949), Matar a un ladrón (W. Lee Wilder, 1950), Línea secreta (Boris Ingster, 1950), El hombre indestructible (Jack Pollexfen, 1956) y La trampa del dinero (Burt Kennedy, 1965), entre otros.

    Nuestro Antonio Isasi-Isasmendi también inmortalizó el Angels Flight en Las Vegas, 500 millones, estrenada en 1968, poco antes del desmantelamiento.

    Como dice Thom Andersen en su poderoso ensayo visual Los Angeles Plays Itself, el funicular se convirtió en una mera atracción turística cuando fue trasladado, pues perdió su función original.

    En este maravilloso documental sobre L.A. a través de las películas también destaca el drama neorrealista The Exiles (Kent Mackenzie, 1961), sobre los indios deslocalizados que trataban de encontrar su lugar en aquel barrio que, como tal, acabó desapareciendo para siempre.

     

    Adiós al Angels Flight, adiós al noir

    Hay un cierto paralelismo entre el desmantelamiento del funicular, ligado a la devastación de Bunker Hill, y la desaparición de un género que, en los años 60, pasó a llamarse neonoir porque ya era otra cosa, ligada a la nostalgia.

    Y todo esto hace extremadamente pertinente la elección de la localización como corazón de la trama del nuevo Perry Mason, que nos sitúa en el nacimiento del noir, cuando el Angels Flight empezaba a dejar de ser una comedia acrobática, para convertirse en algo cada vez más negro.

    Es cierto que, tras su reapertura en 1996, el Angel’s Flight volvió a aparecer en algunas películas como City of Angels (Brad Silberling, 1998), donde Nicolas Cage era un ángel enamorado de una mortal Meg Ryan. Aunque el funicular tuvo que volver a cerrar en 2001, tras un accidente mortal que dejó un muerto y varios heridos, reabrió en 2010.

    Como atracción turística. no podía faltar en La la land (2016), la carta de amor de Damien Chazelle a la ciudad de las estrellas. Después de comer en Grand Central Market, los personajes de Emma Stone y Ryan Gosling sólo tuvieron que cruzar la calle para tomar el funicular que les lleva a lo alto de la colina.

    Si se trata de cantar como si no hubiera mañana, quizás nos quedamos con el Jason Segel cantando la oscarizada Man or Muppet, con el Angels Flight de fondo.

    Somos conscientes de que nos hemos dejado no pocas apariciones del Angels Flight en la historia del cine –este artículo no pretende ser exhaustivo–, aunque podemos acabar destacando la serie Bosch (Amazon Prime Video), basada en los bestsellers de Michael Connelly, como El vuelo del ángel, sin ir más lejos. Ahí nuestro funicular favorito es un elemento recurrente.

    No por casualidad dos de los episodios tienen títulos tan fantianos como Pregúntale al polvo o Sueños de Bunker Hill. Obviamente, también aparece en ellos el funicular que nos ha iluminado con su eterno vaivén.

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