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‘Las luminarias’: Eva Green te hace la carta astral en HBO

Un western neozelandés protagonizado por una quiromántica Eva Green y una romántica Eve Hewson, que no llega a ser una versión femenina de 'Deadwood'.

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22 de junio de 2020

Todos conocemos a alguien pirado por las cartas astrales y los signos del zodíaco, que se empeña en echarnos las cartas y adivinarnos un futuro que luego olvidamos a los cinco minutos. En el caso de Las luminarias, la miniserie de BBC Two –dividida en seis capítulos de una hora de duración–, que emite HBO España, esa podría ser Eva Green. La verdad es que le pega.

Con esos ojitos escrutadores, esa tez lívida y ese moño decimonónico para el que parece haber nacido, resulta idónea para protagonizar este western austral, que se desarrolla con los fastuosos paisajes de la costa Oeste de Nueva Zelanda de fondo. Las olas no dejan de arremeter contra la costa, en una mezcla de magnificencia y amenaza que, entre mastiles de barcos hundidos, nos envalentonan como si estuviéramos al principio de una novela de Stevenson.

Y si Green es la mala de la función, como queda claro desde un buen principio, pues mejor que mejor. Ya fue la villana de Basada en hechos reales (Roman Polanski, 2017), una película que afortunadamente ya habíamos olvidado, y a todo el mundo le pareció bien cuando se rumoreó que podía ser la Pesadilla de Doctor Strange 2. Aquí se llama Lydia Wells, es norteamericana, y ha venido a Nueva Zelanda a prosperar a cualquier precio.

A su lado, está la belleza más redonda de Eve Hewson (The Knick), bajo la piel de Anna Wetherell, una londinense analfabeta (aunque no lo parezca), que acaba de llegar a la Nueva Zelanda de 1866 con la esperanza de empezar una nueva vida gracias al oro, cuya fiebre precedió la de las Black Hills donde se erigió Deadwood, el pueblo y la serie en la que pensamos automáticamente a la que se menciona el vil metal que a todo el mundo enloquece.

Anna no tardará ni un día en caer en las redes de la intrigante Wells, adivina propietaria de un salón de juego con más de una carta (de tarot) escondida en la manga.

 

Esto no es ‘Deadwood’, ni lo pretende

Desde tiempos inmemoriales, se ha dicho y repetido hasta la saciedad que el western es un género machista (con raras excepciones, como Meek’s Cutoff, de la gran Kelly Reichardt), y siempre se generan ciertas expectativas cuando aparece uno encabezado por un cast femenino, pues darle la vuelta a un género tan tradicionalmente asentado puede tener su gracia.

Las propias protagonistas se han mostrado muy excitadas ante la perspectiva de hacer ‘cosas de hombres’ en esta serie que dirige Claire McCarthy, directora (poco) conocida por la shakespereana Ophelia, que no llegó a estrenarse en nuestro país. Estuvo en el Festival de Moscú, eso sí. Tampoco le dieron premio, aunque eso no quiere decir nada. Ya se sabe que son como la ruleta de la fortuna, que también aparece en la serie.

Pero, a tenor de los dos primeros capítulos vistos hasta el momento (ya veremos qué pasa en los cuatro siguientes), esta serie no va a ser recordada como la Rápida y mortal (Sam Raimi, 1995) de las Antípodas. Aunque el pueblo donde se desarrolla recuerda al de Deadwood, el clásico de HBO, y tiene prometedores malotes locales, el viejo Oeste de Norteamérica sigue siendo mucho más salvaje.

Bien es cierto que las protagonistas son mujeres, y que su laberinto mental es para perderse. Pero Las luminarias juega sobre todo la carta del realismo mágico, un género que ya de entrada genera suspicacias, ya que no tiene excesivos compradores.

La serie viene precedida por un misterioso prólogo, deliberadamente confuso, al que seguirán dos líneas temporales alternativas –lo que ha pasado antes, y lo que pasa después–, para tratar de explicárnoslo. El ligero descoloque que se da, al principio de cada escena, cuando todavía no sabemos si estamos en modo flashback o en modo flashforward tiene su rollo, como un cigarrillo en ayunas.

En el mentado prólogo, rodado al ralentí, para darle la textura de un sueño o de una alucinación, Eve Newson corre a través de una noche de luna llena, hasta llegar a una misteriosa cabaña, desde la que un hombre dispara a otro, un maorí con sombrero, que luego se levanta como si nada. Del vestido y las manos de la la joven se desprenden pepitas de oro como por arte de magia.

 

Prestigiosa base literaria

La serie se basa en la caudalosa novela de la neozelandesa ganadora del prestigioso premio Man Booker de las letras anglosajonas, y ha sido traducido al castellano por la no menos prestigiosa editorial Siruela.

Ha sido la propia autora la que se ha encargado de llevar a la pequeña pantalla su inadaptable novela. Para ello, ha sintetizado las más de 800 páginas en estos seis capítulos, centrándose en el personaje de Eve y en su conexión romántica con el de Himesh Patel, que es lo que hoy llamaríamos un perfect match, como si ambos hubieran descubierto al instante que a los dos les gusta viajar y admirar la naturaleza.

Entre que Eve es la hija de Bono y el otro protagonizó Yesterday forman como un extraño dueto musical cuyas conocidas melodías discurrirían subterráneamente por debajo de las tramas entrecruzadas. Apunte personal, igual no le pasa a todo el mundo.

 

Estructura y contenidos reducidos hasta lo digerible

La compleja estructura de la novela –12 capítulos, como los signos del zodíaco, narrados por distintos personajes– también se ha simplificado, necesariamente, con esas dos líneas temporadas que se entrecruzan, y el resultado es por lo pronto moderadamente apasionante.

Hay kinetoscopios, ruletas de la fortuna y extrañas máquinas astrales, pero a la serie le falta, paradójicamente o no, un poco más de magia. El romance es demasiado dulzón, casi de novela rosa pastel, la intriga no es demasiado adictiva, por mucho que se aderece con láudano y opio, y el devenir de los personajes no está llamado, de momento, a quitarnos el sueño.

La necesaria alquimia entre todo el reparto funciona sólo a medias. Algo no acaba de cuajar, aunque ya se sabe que todas las series son de cocción lenta. Se caracterizan por eso, pocas esquivan esa regla. El ya muy lejano recuerdo de El piano (Jane Campion, 1993) acude a la mente, pero sin levantar una polvareda de entusiasmo. La parsimonia no siempre provoca fascinación.

Está claro que la popularidad estratosférica de la primera ministra Jacinda Ardern, triunfante contra el coronavirus, el machismo, el terrorismo y los terremotos, reclamaba urgentemente una serie neozelandesa de prestigio, y esta, que se anuncia como “proudly Made in New Zealand”, está destinada a cubrir ese hueco. Pero por lo visto hasta el momento, no parece que vaya mucho más allá de cumplir esa función.

La serie es harto singular y está bien producida, pero parece destinada a un público cautivo de la ‘visión femenina’ y del realismo mágico, que no sé yo si es más amplio que los amantes del western violento y machirulo de toda la vida.

Si una crítica seriofila fuese como una prospección de oro, diríamos que hemos encontrado alguna pepitilla, pero nada con lo que hacernos ricos. Ni siquiera para tapar agujeros. Non è tutto oro quel che luccica. To be continued.

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