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La nueva temporada de ‘BoJack Horseman’ es la más luminosa de todas, y por eso también la más devastadora

Netflix ha decidido dividir la última tanda de episodios del caballo triste en dos mitades, siendo la primera de ellas un engañoso remanso de paz.

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27 de octubre de 2019

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE LA SEXTA TEMPORADA DE BOJACK HORSEMAN]

BoJack Horseman es una serie tan generosa (a su retorcido modo) que ya en la quinta temporada, antes de que sus creadores tuvieran que planificar apresuradamente el final de la serie por imposición de Netflix, entregó una de las claves para ser interpretada en su totalidad. Sucedía en el monumental episodio titulado Un churro gratis, consistente en veinticinco minutos de monólogo por parte del protagonista frente al ataúd de su madre.

“No puedes tener un final feliz en las sitcoms porque, si todos son felices, la serie ha acabado”. BoJack se refería a Retozando, el famoso show de los años 90 que protagonizó décadas antes de que lo encontráramos viviendo de las rentas en 2014. Pero, claro está, BoJack también se refería a la propia serie a la que da título, que siempre ha jugado con la incógnita de si era posible que el protagonista fuera feliz algún día, y en qué términos obtendría dicha felicidad.

Pese a esta encrucijada en la que se encontraban serie y personaje, la quinta temporada concluía con un hálito esperanzador. Y, dado que no era la primera vez que veíamos algo así (imposible olvidar aquel “It gets easier”) hemos tenido que esperar a la primera mitad de esta sexta y última temporada para comprobar que dicho hálito ha sido retomado. Que dichos capítulos están llenos en su mayor parte de episodios divertidos, desafiantes e incluso alegres.

Obviamente, esto no podía durar.

La desdicha se expande

El cierre de la temporada anterior encontraba a BoJack entrando en una clínica de rehabilitación, habiéndose decidido a dar el paso para combatir su alcoholismo, y este cliffhanger sienta el tono de esta tanda al completo. Tras pasar por sus propias trayectorias descendentes, los personajes secundarios que rodean al caballo se encuentran alineados con él, en una situación análoga de angustia y confusión. La diferencia, y esta es la primera de las muchas sorpresas que nos reserva esta temporada, es que BoJack es el único que parece estar haciendo progresos para remediarlo.

Partiendo de esta coyuntura, y tras unos desgarradores compases iniciales donde buceamos en el pasado de BoJack para descubrir la génesis de su alcoholismo, asistimos al habitual desfile de episodios descorazonadores. Unos episodios que sin embargo y pese a pasar lista de las miserias de Diane, Princess Carolyn, Todd y Mr. Peanutbutter, se antojan refrescantes. Propios, casi, de una serie distinta, acaso más parecida a esa Tuca & Bertie que lamentablemente nunca veremos continuar.

Lo que hace distintos a estos episodios es que tienden una mirada hacia el futuro. Los personajes asimilan todo lo que les ha ocurrido anteriormente, y afrontan su miseria de una forma nueva y arriesgada. La cual no tiene que ser necesariamente la mejor (lo ocurrido con Diane y Mr. Peanutbutter nos devuelven las ganas de gritarle a la pantalla), pero al menos son equivocaciones proyectadas hacia lo desconocido, derivadas de decisiones ante las que se mantienen firmes.

Son episodios de autodescubrimiento y consciencia, que permiten escenarios tan alentadores como el bueno de Todd creyendo haber encontrado su lugar en la vida (“Por qué tus expectativas no pasan simplemente por que yo sea feliz”, le llega a preguntar a su padre Jorge en la primera y memorable aparición de este en la serie) mientras cuida a la hija de Princess Carolyn. La cual lidia con la presión de ser madre soltera y trabajadora hasta que, de forma catártica, encuentra un momento para ponerle nombre a su hija.

La naturaleza de estos capítulos, cuyos protagonistas encuentran su entidad más allá del caballo (ingresado en la clínica Pastiches hasta bien avanzada la temporada), permite a Raphael Bob-Waksberg y los suyos cultivar a fondo las otras facetas que hacen a BoJack Horseman ser BoJack Horseman, y que no pasan tanto por la instrospección como por la sátira desaforada y la experimentación narrativa.

De lo cual hay para dar y tomar en esta temporada, provocando que su visionado sea tan virtualmente agotador como, al mismo tiempo, enormemente gratificante.

A la caza de la ballena blanca

A lo largo de su andadura, las temporadas de BoJack Horseman se han identificado fundamentalmente por dos tipos de episodios: los experimentales y los reivindicativos. El que ambas etiquetas aparezcan ahora mezcladas e inseparables supone el mayor ejemplo del anticipo de conclusión que se respira, logrando que sea imposible distinguir qué episodio se la juega y qué episodio denuncia, pues todos lo hacen. Y, lo que es aún más asombroso, sin que esto entorpezca el argumento principal.

Hay una voluntad de compendio en esta penúltima tanda de episodios realmente ambiciosa en términos tanto narrativos como discursivos, y puede que no haya mejor síntoma de esto que la voluntad totalizadora que abraza el tercer episodio, por título-spoiler Una historia con buen sabor de boca. La frase “Han legalizado el asesinato si eres rico” que los personajes leen en un periódico sirve como síntesis de todas las lacras sociales que la serie ha abordado hasta ahora de un modo u otro, fijando un enemigo cuya derrota nunca llega a ser una opción.

El capitalismo voraz, representado por una multinacional llamada Whitewhale (cuyo vídeo promocional, en uno de los mejores gags de la historia de la serie, aparece dirigido por Brad Bird), es desafiado por Diane y su nuevo novio Guy. Como no podía ser de otra forma tratándose de Diane (y del capitalismo), la batalla está perdida, y las malas artes de esta empresa pronto se confunden en el imaginario de BoJack con la intempestiva huelga de los asistentes de Hollywoo, en un venenosísimo juego de ecos con el destino que le ha tocado sufrir a la propia serie.

La ficción de Raphael Bob-Waksberg y Lisa Hanawalt siempre se ha manejado en varios niveles de lenguaje, pero esto nunca ha sido tan evidente como en esta sexta temporada. Mientras los juegos de palabras y los chistes etimológicos con animales alcanzan un punto de no retorno (poniendo a prueba tanto nuestra capacidad de atención como la inventiva de los traductores de Netflix), BoJack Horseman coloca su lupa en una insensata cantidad de problemáticas auspiciadas por un sistema deshumanizador. O desanimalizador.

La dependencia de las redes sociales, personificada por un personaje tan abocado a la tragedia como Pepinillos. La resaca de la masculinidad impuesta por las figuras paternas, que nos entrega a un BoJack preadolescente bebiendo whisky mientras condena su vida. La banalización pública de las enfermedades mentales, llevada a cabo (como no podía ser de otro modo) por Mr. Peanutbutter. La doble moral de la industria cinematográfica, pasada por el filtro de Kelsey Jannings. Entre otras.

BoJack Horseman se mete en más jardines que nunca y a mayor velocidad de lo acostumbrado, mereciendo tanto el revisionado como una pequeña pausa entre capítulo y capítulo. Pocas series desaconsejan tanto una maratón intempestiva como esta, y pocas series mantienen un nivel de exposición tan desorbitado. Cada episodio está extremadamente recargado y la trama no da respiro alguno, lo cual podría llegar a desbaratar nuestra experiencia si no fuera porque todo es graciosísimo, todo el rato.

La velocidad de sus diálogos sigue haciendo enrojecer a Aaron Sorkin y hay un capítulo centrado en Todd para que nos sigamos sintiendo como en casa, pero otros elementos que nos hacían sentir de este modo también aparecen más refinados que nunca. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las indispensables referencias pop, tan capaces de la simple y juguetona ornamentación (cuando BoJack entra en una mansión llena de reliquias cinéfilas) como de cierto grado de exigencia.

El octavo episodio, sin ir más lejos, está guiado por dos periodistas escapados de la Luna nueva de Howard Hawks, y hasta cierto punto es el más abiertamente experimental de todos. Aunque, al igual que ocurre con la anterior (y espléndida) visualización de la agónica rutina de Princess Carolyn, esta experimentación sea indivisible de la trama, y del desenlace al que acabará conduciendo. Nos guste o no.

Los viajes de BoJack

Puede que sólo lo descrito anteriormente haga pasar a esta primera mitad de la sexta temporada como lo más ambicioso y rotundo que han hecho Bob-Waksberg y compañía, pero nos guste o no, para comprender el alcance de lo nuevo de BoJack Horseman hemos de detenernos en el protagonista. En sus avances y en sus retrocesos. A este respecto, la última andanada antes del final es igualmente desbordante, con un protagonista más decidido que nunca a cambiar, favorecido por unas novedosas circunstancias.

Su camino, claro, dista de ser recto o de carecer de baches. Antes de salir de la clínica, BoJack provoca la recaída de su terapeuta, Doctor Champ, en el alcoholismo. Algo capaz de cuestionar enteramente el funcionamiento de la institución (como el propio protagonista no ha dejado de hacer desde el principio), pero que ante todo enfatiza la gran columna vertebral de BoJack Horseman, verbalizada por Champ cuando le dice: “Claro que me has hecho esto. Me preocupé por ti y tú destruyes a todo aquel que se preocupa por ti”.

Champ también le exhorta a nunca olvidar lo que ha pasado, ¿y qué ocurre entonces? Que BoJack responde: “Lo recuerdo todo. Ahora estoy sobrio”. Proclamando que asumirá sus responsabilidades, que está preparado para hacerlo, y antecediendo el que podría ser el episodio más hermoso de la serie, titulado La cara de la depresión. En este, BoJack va visitando uno por uno a todos sus seres queridos, ofreciendo su ayuda tal y como estos quisieron ayudarle en su momento. Y consiguiéndolo.

Pero no es suficiente.

El característico opening de BoJack Horseman, en esta penúltima acometida, ha sido modificado drásticamente para convertirse en una recopilación de momentos inolvidables de la serie.  Estos distan de ser felices, o nostálgicos. Todd apenas forma parte de ellos. Bien al contrario, este opening se limita a recordar todos aquellos momentos en los que BoJack se equivocó. Todas las veces en que hizo daño a alguien, envueltas en un manto de estrellas que nos remite a Sarah Lynn en el planetario. El mayor error de todos.

En el citado octavo episodio no aparece BoJack, pero todo gira en torno a él. En una de las piruetas de guión más memorables que la serie ha intentado nunca, el espectador va reencontrándose con todos aquellos personajes recurrentes a los que el protagonista dañó alguna vez. Asiste, impotente, a cómo la bola de nieve, heridas y culpa no deja de crecer. Por mucho que BoJack pidiera perdón, o tomara la decisión de abandonar sus vidas, esta bola siguió rodando.

El final de ese camino, por ahora, encuentra a Hollyhock, la hija asfixiada por los pecados del padre, a punto de descubrir uno de sus secretos mejor guardados. Y, tras digerirlo, comprendemos que esto no es un cliffhanger. Ojalá lo fuera.

Esto es una constatación. Una declaración de intenciones ya asentada que se puede rastrear más allá de Un churro gratis y que de forma visceral, despiadada, nos recuerda que la paz de BoJack es imposible de aprehender. Ha herido a demasiadas personas para ello y la salvación, a una mitad de temporada del final definitivo, se antoja más esquiva que nunca.

El 31 de enero descubriremos qué ocurre con esta salvación que el caballo triste lleva buscando desde que nos cruzamos con él. Y, ocurra lo que ocurra con ella, sólo tenemos clara una cosa: va a ser doloroso.

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