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‘La maldición de Bly Manor’ es un estudio aterradoramente sensible de la angustia del fantasma

Tras el éxito de 'La maldición de Hill House', Mike Flanagan ha decidido llevarse la obra de Henry James a su terreno personal.

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12 de octubre de 2020

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE LA MALDICIÓN DE BLY MANOR]

Mike Flanagan recuerda bien cuándo supo lo que era el terror. Pasó poco antes de que leyera It de Stephen King pensando que la experiencia le daría menos miedo que si probaba con alguna película (mala idea), y con mucha antelación a destacar como uno de los cineastas más talentosos de su género en la actualidad. Su abuelo acababa de morir, y sus padres le habían dicho que a partir de ahora él siempre estaría mirándolo, allá donde estuviera.

La idea tenía como fin reconfortarle ante la muerte de un ser querido, pero no funcionó demasiado bien. “Yo estaba como en plan ‘eso suena realmente horrible’. Es decir, ¿siempre? ¿Qué había hecho tan mal mi abuelo para verse obligado a vigilarme?”, recordaba hace poco el cineasta durante el podcast Visitations, grabado en compañía de Elijah Wood y Daniel Noah.

Flanagan daba, entonces, la gran clave para asomarse a su obra audiovisual. El terror, dentro de ella, siempre ha sido una contrapartida del amor, y un amor entendido del modo más romántico posible: uno capaz de trascender vidas y épocas enteras, de mantenerse llameante e incorruptible por suponer una fuerza omnipotente. Sublime. De ahí que sea tan revelador que en su última obra, La maldición de Bly Manor, un personaje diga: “Pensaba que esto era una historia de fantasmas, pero en realidad es una historia de amor”.

Y que un segundo personaje responda, encomendándose a la complicidad de la audiencia: “¿Acaso no es lo mismo?”.

Qué es lo que pretende Flanagan

En 2018, La maldición de Hill House fue un éxito tan colosal que Netflix no pudo resistirse a pedirle a este realizador estadounidense una segunda temporada. Flanagan difícilmente podía negarse: el gigante de streaming ya le había ayudado en el pasado, financiando sus films e incluso distribuyendo El juego de GeraldY sin embargo, consciente de que la historia no podía estar más cerrada, les convenció de que lo mejor era poner en pie una antología. Que la segunda temporada fuera una historia independiente.

Se conservaría el título The Haunting y Flanagan exploraría otras icónicas casas encantadas de la literatura. Tras la de Shirley Jackson le tocaba a la mansión donde transcurría otro gran hito del género. La casa era Bly Manor, y la historia Otra vuelta de tuerca, publicada por Henry James en 1898.

La necesidad de mantener la marca ha derivado en reutilizar la música de los Newton Brothers y en en el regreso de varios de los actores de la serie original, que se han visto obligados (con resultados francamente cuestionables) a emular el acento británico para respetar la ambientación de James. Pero aquí han acabado, por suerte, los peajes. La maldición de Bly Manor tiene entidad por sí misma, y elabora sobre su material de partida una relectura tan estimulante como la que ya se hizo en su día con el legado de Jackson.

De hecho, considerar La maldición de Bly Manor como una simple adaptación de Otra vuelta de tuerca sería injusto tanto para Flanagan como para James. Aunque el esquema sea similar (una institutriz que ha de cuidar a dos niños traumatizados por la muerte de sus padres y el recuerdo trágico de dos amantes), la mirada de Flanagan quiere ir más allá, y convertir esta segunda entrega de The Haunting en un crisol de adaptaciones posibles de James.

Varios de sus episodios, de hecho, se llaman igual que otros relatos suyos fuera de la obra magna, recreando su argumento en unos términos propios y dependientes de la historia global. El altar de los muertos, El rincón feliz y La leyenda de ciertas ropas antiguas bautizan respectivamente los episodios 5, 6 y 8, adaptando libremente los relatos homónimos, y suponiendo quizá La bestia de la jungla (título del noveno y último capítulo) el ejemplo más ilustrativo de las intenciones de Flanagan.

La bestia de la jungla giraba en torno a un hombre llamado John Marcher que estaba obsesionado con que en algún momento de su vida le aguardaba un percance catastrófico. En pos de este temor se negaba a entablar afectos con la gente de su alrededor y rechazaba a May Bartram fruto de su fatalismo, solo para descubrir en su lecho de muerte que la verdadera “bestia de la jungla” era fenecer en completa soledad. Justo lo que acababa haciendo.

La bestia de la jungla, versión La maldición de Bly Manor, explora la vida en pareja de Dani Clayton (Victoria Pedretti) y Jamie (Amelia Eve) luego de los eventos acaecidos en la mansión de los Wingrave, a cuyo término Dani tuvo que acceder a ser poseída por el fantasma de Viola (Katie Siegel), que había maldecido el lugar, para salvar a los niños. Dani y Jamie son felices juntas, pero su felicidad está marcada por un término muy claro: aquel momento en que Viola tome control total del cuerpo de Dani.

Ambas mujeres, sin embargo, resuelven vivir en el presente, y disfrutar de su relación mientras puedan. En este último capítulo, Flanagan enuncia a las claras algo que ya practicó en La maldición de Hill House: su interés por partir de fuentes ajenas y consagradas para proyectarse en ellas, y bañar las adaptaciones resultantes de una sensibilidad muy particular. Una que, en la mayor parte de los casos, convierte sombríos artefactos existencialistas en tratados optimistas sobre cómo el amor puede salvar al ser humano.

La frase inicial de la novela de Shirley Jackson, “aquellas personas que caminan por Hill House, caminan solas” se convertía al final de la serie homónima en un elocuente “aquellas personas que caminan por Hill House, caminan juntas”. Y del mismo modo, la visión que tenía Henry James de nuestra relación con los muertos (y de cómo estos podían atormentarnos) en La maldición de Bly Manor iba a convertirse por fuerza en algo diferente. En algo, quizá, bonito.

Sobre el gótico y las guitarras acústicas

Flanagan tenía un plan muy claro sobre lo que quería hacer con La maldición de Bly Manor, pero quizá no el tiempo ni el entusiasmo suficientes para ello. Estando involucrado tanto en Midnight Mass como en la adaptación de una de las novelas más sesudas de Stephen King (Revival), nuestro hombre tuvo que delegar. Y así, provocó una de las grandes taras de Bly Manor: frente a Hill House, donde Flanagan escribió y dirigió todos los episodios, aquí solo ha escrito y dirigido el primero.

Teniendo en mente el plan maestro de la temporada no podemos en absoluto apartar la serie de su autoría, pero sí achacar a una vinculación no tan directa algunos de los defectos que la distancian de la excelencia de Hill House. Recursos tan propios de Flanagan como los monólogos a una sola toma o los juegos con la profundidad de campo van perdiéndose con el discurrir de los capítulos, mientras el desarrollo de la historia evidencia un esqueleto dramático que carece de la ampulosa sofisticación de la serie precedente.

Bly Manor es mucho más lineal y mucho menos sutil, mientras que su acabado nunca evoluciona desde las bases estéticas sentadas al comienzo. O, al menos, nunca evoluciona para bien, como atestigua el fallido experimento formal que supone el citado octavo episodio, donde la adaptación íntegra de La leyenda de ciertas ropas antiguas es enmarcada con un pedestre blanco y negro digital y un poco inspirado diseño de producción.

Frente a atléticos derroches de técnica como lo fuera aquel episodio de Hill House en el que padre y hermanos se reunían frente al cadáver de Nelly, Bly Manor solo ofrece una línea continuista partiendo de mimbres clásicos, y todos dependientes de la magnífica Suspense de Jack Clayton estrenada en 1961: quizá la adaptación más sólida de Otra vuelta de tuerca, cuyo vínculo con la serie nadie se preocupa por disimular. Así lo ejemplifica tanto el apellido de Dani (el mismo que el del director) como la canción O Willow Waly, que sirve de leitmotiv.

Por decirlo así, La maldición de Bly Manor resulta ser una adaptación mucho más mitómana que Hill House, en función a un enamoramiento cerril tanto hacia la obra original como a todo lo que la rodea (esto es, varias décadas de literatura y cine de sensibilidad gótica), y al propio ensimismamiento de Flanagan dentro de sus propias preocupaciones. Más que en ninguna otra obra de su trayectoria, los personajes que pueblan Bly Manor no son tanto personajes, como repositorios de las ideas de su creador.

Llegados a este punto, el director de Doctor Sueño no necesita coartadas: se ha labrado un nombre en el cine de terror, y puede permitirse prescindir de aquellos elementos cosméticos, que antaño sirvieran para hacer sus obras más comercializables. En torno a Bly Manor se hablará mucho, posiblemente, de los escasos sustos que dispensa, y de los pocos momentos capaces de helarnos la sangre. Y se hablará con razón, porque no parece haber mucho interés en ellos.

Antes que jump scares o arrebatos de violencia, el estilo del cineasta se traduce en una gran intensidad emocional y en unos personajes tan atormentados como, pese a todo, cálidos. En Bly Manor, fruto del ensimismamiento descrito, dichos personajes se conforman a veces con ser encantadores, y en lograr emocionarnos no tanto por su comportamiento como por los discursos que comunican. El monólogo frente a la hoguera de Owen (Rahul Kohli) es un ejemplo de esto: solo nos basta saber que quiere mucho a su madre, para que nosotros también lo queramos.

Algo que nos podría llevar a hablar de una secuela decepcionante de Hill House, y sin duda lo habrá sido para parte del público. Todo lo que hizo grande a la primera (el trabajadísimo retrato de personajes, la perfección técnica, la efectividad a la hora de representar el terror) se halla ausente en La maldición de Bly Manor. De hecho, solo se ha quedado lo que muchos criticaron del final de la entrega anterior: esa concesión cursi en el desenlace, enmarcada por una guitarra acústica.

Porque sí, La maldición de Bly Manor es cursi. Terrible, apabullante, deliciosamente cursi.

El fantasma sometido a terapia

Cursi. Es un adjetivo inevitable a la hora de hablar de la serie, y uno que es posible que acabe perdiendo su connotación peyorativa en tanto al compromiso de Flanagan. La apuesta de sus responsables por aproximarse al gótico carece de la agresividad de películas más o menos recientes como La cumbre escarlata de Guillermo del Toro: en su lugar quiere abrazar la languidez y la desolación presentes en estas obras, para construir sobre ellas un alegato que celebra la empatía como forma de alcanzar la trascendencia.

Eso nos conduce a uno de los elementos más interesantes de Bly Manor, ya presentes en anteriores compases de la filmografía del autor pero aquí más subrayado que nunca: la figura del fantasma como ente trágico, de infinito dolor enraizado en su autoconsciencia, cuyos lamentos navegan entre la incomprensión de los vivos y buscan desesperadamente formas de abrazar la muerte definitiva. Básicamente, el abuelo de Mike pensando que tiene cosas mejores que hacer que vigilar cómo crece su nieto.

A lo largo de La maldición de Bly Manor vemos fantasmas que angustiados buscan la vida o la muerte para alejarse de su indefinición. También veremos personas a punto de morir que de tanto aferrarse a la vida van perdiendo su humanidad y, sobre todo, veremos fantasmas que no saben que lo son. Que, parafraseando a Miles (Benjamin Evan Ainsworth) son como el Coyote corriendo sobre el aire tras perseguir al Correcaminos y sobrepasar un precipicio, solo dispuesto a caer en cuanto le dé por mirar hacia abajo.

El modo en que los guionistas asocian este autoengaño fantasmal con la demencia senil y la necesidad que tenemos de aferrarnos a los recuerdos supone quizá el mayor hallazgo de la serie de Netflix, y es uno que por fuerza se distancia tanto de los postulados de James como la apología familiar en Hill House se alejaba de los de Shirley Jackson. Flanagan es un tipo de ideas fijas, y en su obsesión por psicoanalizar a los fantasmas ha alcanzado aquí, sin duda, una de las cumbres de su carrera. Pese a quien pese.

En función a este psicoanálisis, y a la reiterada obsesión por estudiar nuestra relación con los muertos, Bly Manor alcanza unas cotas de sensibilidad inauditas, dispuestas a anegarlo todo. En el cuento de James, la pulsión sexual amenazaba con destruir la inocencia de los niños aun cuando sus practicantes estuvieran muertos; en la serie de Flanagan, esto ha sido sustituido por un amor tóxico donde, sin embargo, la redención es posible.

Elementos como estos erigen a Bly Manor como una obra mejor o peor, pero sin duda extraordinariamente comprometida con lo que defiende. Amparándose en un legado monumental de literatura y cine que Flanagan respeta y entiende, todos estos significantes son trasladados a un terreno nuevo donde la oscuridad vence indefectiblemente a la luz, y donde el sufrimiento (tanto físico como espectral) puede ser aliviado gracias al amor de nuestros semejantes. Un amor que lo puede todo.

Quizá esa es la gran paradoja del cine de Flanagan. Cómo una obra tan obsesionada con la muerte, y con el modo en que esta nos puede afectar, nunca ha dejado de ser una rotunda afirmación de vida.

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