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‘El caso Alcàsser’: así se hizo la docuserie que bucea en el origen de la prensa amarillista española

El documental de Netflix expone cómo uno de los episodios más sórdidos de la crónica negra española también cambió para siempre el tratamiento mediático de los sucesos.

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15 de junio de 2019

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  • El caso Alcàsser se convirtió en uno de los episodios más sórdidos (y mediáticos) en la historia de la crónica negra española. Fueron muchos los españoles que siguieron por televisión la búsqueda de Desirée, Miriam y Toñi, las tres menores que desaparecieron el 13 de noviembre de 1992 —cuando se dirigían haciendo autoestop a una discoteca situada a dos kilómetros y medio de Alcàsser (Valencia), donde se celebraba una fiesta del instituto—. Por desgracia, la esperanza de encontrarlas con vida se disipó poco después —concretamente, el 27 de enero de 1993—, cuando dos apicultores encontraron sus cadáveres semienterrados en una fosa de un paraje próximo al pantano de Tous.

    Los peores presagios se acabaron confirmando. Las chicas habían sido secuestradas, violadas y asesinadas en un caserón a manos de dos delincuentes comunes que entonces andaban en la veintena. El caso se investigó a fondo y, aunque algunos cabos quedaron sueltos, se saldó con dos acusados —aunque solo un detenido— por el triple crimen. El primero de ellos, Miquel Ricart, salió en libertad condicional en diciembre de 2013, tras pasar veinte años entre rejas —y hoy día se encuentra desaparecido—. El segundo, Antonio Anglés —considerado el presunto autor material de los hechos— desapareció de la faz de la Tierra poco después de que supiera lo que había ocurrido —y hoy día sigue siendo buscado intensamente por la Interpol—.

    El tiempo no curó del todo las heridas emocionales que el crimen produjo, pero los pormenores del caso —convertido rápidamente en un circo mediático— sirvieron entonces para nutrir de contenido a un buen puñado de programas de televisión, documentales y películas. Ahora, Netflix acaba de estrenar El caso Alcàsser, una serie documental de cuatro episodios escrita por Ramón Campos y Elías León Siminiani.

    Campos, cofundador y productor ejecutivo de Bambú, asegura que el objetivo era «hacer la crónica más amplia posible sobre todo lo sucedido». Eso sí, tuvo claro desde el principio que lo más importante para sus responsables era no incidir en el dolor. «La idea era continuar profundizando en el estilo marcado en El caso Asunta que, entre otras cosas, pasa por las renuncias a la voz en off como conductora del relato y a personas que no hayan sido protagonistas o testigos directos de los hechos que se narran. Esto excluye la dramatización con actores, técnica que no consideramos adecuada para documentales sobre este tipo de sucesos ya que, de forma inconsciente, al poner a un actor recreando una situación que no sabemos cómo fue en realidad se dan por buenas situaciones que pueden llevar a equívocos a los espectadores», señala a CINEMANÍA.

    Los responsables de la docuserie saben que el tema es sensible y que pueden lloverles las críticas, pero también están tranquilos porque sienten que han hecho un trabajo desde el respeto y la honestidad. «Cuando arrancamos la producción, lo primero que hicimos fue contactar con las tres familias para explicarles nuestras intenciones. Desde el principio, hemos tratado de tener en mente que, en su día, los medios hicieron mucho daño en la cobertura y construcción del relato en torno a este caso. Tanto en los círculos más íntimos de las familias como en la sociedad española en general, sin olvidar el pueblo de Alcàsser como comunidad. En ese sentido, nos pareció que lo mejor que podíamos hacer era ir de frente y con la verdad por delante», añade Siminiani, director de un true crime bastante notable desde el punto de vista formal.

    Siminiani tiene claro que el caso sirvió como punto de partida a una forma de abordar los sucesos (cruda, sensacionalista y morbosa) en España que perdura hoy día. De hecho, muchos pusieron el grito en el cielo por la cobertura que del caso hicieron en su día en sus respectivos programas profesionales de la comunicación como Nieves Herrero, Paco Lobatón o Pepe Navarro. Su uso del amarillismo periodístico para lograr audiencia —entrevistando a diversos familiares de las víctimas, dando cabida a todo tipo de hipótesis y conjeturas, y aceptando la entrada por teléfono y en directo de cualquier persona que afirmara haber visto con vida a las chicas— hizo que les llovieran palos por todos lados. Pero el cineasta considera algo injusta esa personalización, ya que cree que «esquiva el análisis y un debate en profundidad que, hoy más que nunca es necesario» sobre el papel de los medios de comunicación en nuestra sociedad.

    «La demanda continua de nueva información sobre hechos que muchas veces no dan más de sí, la serialización de los sucesos, la espectacularización, el psicodrama en directo o la creación de falsas expectativas son prácticas que hoy tienen más presencia que nunca en la televisión. Y que, además, presentan una piel mucho más sofisticada que entonces. Aquello sólo fue el principio. Y aquellos programas fueron fruto de un contexto en el que todo era nuevo: tanto la atrocidad del crimen como su cobertura en medios. Hoy ya nada es nuevo. Y seguimos cometiendo errores parecidos. No es una cuestión de nombres: es una cuestión de sistema», apostilla el guionista cántabro.

    La docuserie, rigurosa y brillantemente documentada —no en vano, Siminiani y Campos han invertido en su elaboración alrededor de un año y medio— relata todo lo ocurrido, profundiza en los posibles errores cometidos durante la investigación y ha contado con 228 horas de entrevistas grabadas con cerca de sesenta testimonios. «La mayor dificultad y al mismo tiempo el mayor logro de la serie ha sido tener acceso a las 400 horas del juicio. Aquellos tres meses de 1997 se dieron a los medios diez minutos por sesión, es decir, una porción realmente mínima de lo que allí sucedió. Gracias a la tenacidad del entonces director de Canal 9, Jesús Sánchez Carrascosa (cuyo objetivo primero era la emisión del juicio en directo), y a la intuición de la Sala 2 de la Audiencia Provincial de Valencia de que la grabación íntegra del juicio podría ser un documento de interés en el futuro, se procedió a esa grabación, que ha estado bajo llave todos estos años». En efecto, comentan los directores, las 49 sesiones del juicio fueron registradas en su totalidad, aunque no se permitió la emisión en directo de esas grabaciones: «Se decidió que en el año 1997 la sociedad todavía no estaba lista para una emisión de esa naturaleza».

    Sea como fuere, el repaso que la serie hace a los principales acontecimientos que tuvieron lugar durante aquellos seis años da bastantes pistas sobre lo que se ha evolucionado (o no) como sociedad en este tiempo. «Aspectos como el tratamiento mediático de los sucesos, los mecanismos de comunicación de las fuerzas de seguridad del estado, las batallas de audiencias o los espacios de seguridad-libertad de la mujer en nuestra sociedad tomaron carta de existencia en aquellos años», explica Campos, que cree que el caso Alcàsser ha perdurado en el imaginario colectivo como una gran nube negra. «Ante todo, hemos tenido la voluntad de desbrozar lo máximo posible, para que el espectador pueda sacar sus propias conclusiones en un horizonte más claro». Lo que no queda tan claro es si los medios han hecho ejercicio de autocrítica y han aprendido realmente de los errores cometidos en el pasado.