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La mejor representación LGBT está en los dibujos para niños

Series como 'She-Ra', 'Casa Búho' y 'Steven Universe' ofrecen una visión de la diversidad sexoafectiva cada vez más dinámica y desprejuiciada.

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11 de agosto de 2020

Si te imaginas a dos personajes jóvenes (catorceañeros, aproximadamente) bailando un agarrado en un baile de graduación, entonces te vendrá a la cabeza una comedia teen. Si te imaginas, además, que ambos estudian en una academia para hechiceros y que su baile es también una exhibición de poderes para derrotar a un monstruo, seguramente pensarás en una aventura de fantasía. Por último, suponer que entre ambos hay un romance no resuelto tampoco te costará demasiado: en las historias para jóvenes, estas tramas suelen brotar como setas.

Pero, ¿y si resulta que esos dos personajes hipotéticos son del mismo género –dos chicas, para ser exactos–? ¿Y si, además, el guion de turno no refleja ese detalle como algo traumático ni como una fuente de sufrimiento, más allá del amor no correspondido? Entonces ocurre algo como lo que puedes ver aquí abajo.

Tranquilo: no se trata de un signo del Apocalipsis. O al menos no lo es para nosotros, ni tampoco para una legión de espectadores. Se trata solo del último acto, por ahora, de una pequeña gran revolución: aquella que atañe a los personajes y las tramas LGBT en las series juveniles de animación. Mostrando el baile (apoteósico) y el romance (subyacente) entre sus protagonistas Luz Amity, la serie de Disney Channel Casa Búho ha confirmado algo que hasta ahora parecía casi impensable.

Porque hoy en día, en 2020, la representación más dinámica y libre de prejuicios de las sexualidades y los afectos no hetero está muy lejos de las series ‘de calidad’ en acción real, y muy cerca de unos ‘dibus’ en los que los adultos se ven tan reflejados como la chavalada que les sirve de público objetivo. ¿Chocante? Pues sí. Y maravilloso, también, sobre todo si ya tienes una edad y jamás pensaste que llegarías a verlo.

Los reflejos son necesarios

Hasta hace muy pocos años, la gente joven LGBT lo tenía crudo en lo que al audiovisual se refiere. Mejor que sus predecesores, eso está claro, pero aun así uno no podía arrendarles la ganancia cuando se veían a sí mismos representados de forma trágica, paródica o con una condescendencia más dañina que todo lo anterior junto. Así las cosas, no es extraño que las películas (pocas) o las series (algunas más) que abordan estos temas hoy en día desde un punto de vista adulto sigan fijándose en la problemática social, como si aún estuviésemos en los 90 y el New Queer Cinema siguiera arrasando en Sundance. Porque desde entonces las cosas han cambiado, pero no lo suficiente.

Esta actitud de seriedad es necesaria, pero también da perezón, sobre todo si uno es joven y no necesita que le depriman, sino más bien que le ayuden a identificar las cosas que le rondan por la cabeza. Como bien decía John Hughes, los adolescentes suelen despertar a la vida más interesados en el afecto que en el sexo, al menos antes de que el patriarcado les llene la cabeza de arquetipos tóxicos.

Enmendándole la plana al autor de El club de los cinco, sostenemos que a esa necesidad se le añade otra: la de sentir que tú también puedes ser el protagonista de la historia, y que en las circunstancias adecuadas no solo podrías conquistar a la persona de tus sueños, sino también marcar una diferencia en tu entorno. O incluso, qué demonios, salvar al mundo: puestos a pedir…

A la hora de atender esta urgencia, que el público hetero da por sentada, el cine destinado al público infantil y juvenil sigue fallando clamorosamente. Para comprobarlo, no hay más que ver cómo se resiste Marvel a llevar a mostrar en cine a sus personajes LGBT. En cuanto a las series young adult de acción real, y salvo excepciones notables (nunca le agradeceremos lo bastante a Los 100 el habernos dado a Clarke), la cosa sigue teniendo las formas y maneras de un vacío absoluto.

Así pues, parece que los chicos y chicas que no son hetero y/o cisgénero seguirán condenados a buscar subtextos y a apropiarse de figuras mainstream para dotarlas de su propio significado. Algo que, desde hace décadas, se lleva a cabo con fruición en fanfictions, fanarts y similares. Pero parece que la cosa está cambiando, y de qué manera, en el terreno animado. Hoy en día, el hecho de que un show de dibujos muestre (con naturalidad y sin aspavientos) que a un miembro de su reparto le gustan las personas de su mismo género, o de ambos, va siendo cada vez menos raro. Y, maravilla de maravillas, también empieza a ser habitual que esa identidad se realice con un romance a la altura, culminado en un apoteósico morreo como escena cumbre del finale de rigor. O incluso en boda.

Y si nada de esto te parece importante, entonces apostamos lo que quieras a que eres heterosexual.

La juventud puede con todo

Llegados a este punto, los fans del manga y el anime podrán alegar que la animación japonesa le lleva décadas de ventaja a la occidental en este terreno. Y, salvando las enormes distancias culturales que separan a una y a otra, puede decirse que tiene razón: ahí quedan para probarlo los desvelos de los censores, tanto antiguos (tratando de heterosexualizar Sailor Moon, con dudosos resultados) como modernos (el tratamiento de Neon Genesis Evangelion por parte de Netflix). Dicho esto, aseguramos ni el otaku más acérrimo estaba preparado para el terremoto que supuso el último episodio de La leyenda de Korra (diciembre de 2014).

Michael Dante DiMartino Bryan Konietzko, creadores de la serie, pasaron las mil y una para que el canal Nickelodeon les autorizase a mostrar lo evidente en la última escena. Es decir, que la protagonista y su pareja Asami no eran solo dos buenas amigas que se iban de vacaciones, sino dos chicas que se planteaban una vida en común tras haber sobrevivido a un conflicto apocalíptico. “Se lo explicamos [a Nickelodeon] y, aunque nos apoyaron, también pusieron límites a hasta dónde podíamos llegar”, explicó Konietzko acerca de esta escena conmovedora, calificada por Vanity Fair como “el momento más subversivo del año en televisión”. 

Los “límites” a los que se refería Bryan Konietzko resultan mosqueantes en grado sumo. Aunque los fans se llevaron el alegrón de confirmar la existencia canónica del pairing (conocido entre el fandom como ‘Korrasami’), la cadena no permitió siquiera mostrar un beso entre las heroínas: el miedo a las reacciones de padres iracundos, y también a cerrarse los mercados en países de legislación homofóbica, pesó demasiado. Así pues, ambas chicas solo pudieron ir a las claras (incluyendo el papelón de contárselo a los padres de Korra) en los cómics lanzados como spin-off de la serie.

Marceline y Princesa Chicle, de Hora de aventurastuvieron mejor suerte: el show de Cartoon Network pudo mostrarlas besándose en su último capítulo, cuyo epílogo confirmaba que la amistad fuerte entre chica y chica era poderosa en ellas. Y, si bien ideada por el showrunner Pendleton Ward, la idea de trasplantar su relación del reino del shipeo al canon de la serie partió de Rebecca Sugar, una guionista y animadora cuyo nombre seguramente te sonará por ser la creadora de Steven Universe

Ellas se amaban como el diamante

Enfrentada a la censura en numerosos países, Steven Universe (también emitida por Cartoon Network) se ha llevado elogios a granel por su originalidad. Y también por reconocer que las gemas de cristal no solo te ayudan si estás mal, sino que se emparejan entre ellas como corresponde a una especie de un solo género. Hablando acerca de la boda de Rubí Zafiro, dos de sus heroínas, la showrunner reconoció que conseguir esta apertura histórica le costó arduas negociaciones.

Pero, en una entrevista con Entertainment Weekly, Sugar también afirmaba que el esfuerzo le valió la pena: “Necesitamos decirles a esos niños que tienen un lugar en el mundo –señalaba–. Y tenemos que decírselo ahora, porque si esperamos a más tarde, el daño ya estará hecho”. Omitir a los personajes LGBT de su serie, insistía, era lo mismo que señalar a parte de su público como individuos de segunda: “Cuando crezcan no querrán contar sus propias historias, porque pensarán que no son apropiadas, y tendrán una buena razón para pensarlo porque habrán estado recibiendo ese mensaje durante toda su infancia”.

Bisexual fuera del armario, Sugar tuvo mucha más suerte en sus desvelos que Alex Hirsch, un creador heterosexual cuyos intentos de abrir su Gravity Falls a la diversidad sexoafectiva toparon con un muro de cemento llamado Disney Channel. Aunque esta emisora abriría la mano con el tiempo (primero, tímidamente, en Star contra las fuerzas del mal y ahora de pleno en Casa Búho), Hirsch recordaba en Twitter el kafkiano proceso que se ponía en marcha cada vez que él trataba de sacar del armario a algunos de sus personajes LGBT.

Según Hirsch, todas sus propuestas en ese sentido (generalmente centradas en esa Wendy a quien el fandom caló a kilómetros) obtenían como respuesta una nota en la que se leía “inapropiado para el canal”. Afortunadamente, Noelle Stevenson no tuvo que aguantar mensajes así de tajantes, sobre todo porque si DreamWorks Netflix se hubiesen puesto picajosos con ella, She-Ra y las princesas del poder no habría pasado de los storyboards.

También es verdad que uno no contrata a una creadora como Stevenson (lesbiana fuera del armario y autora de un cómic tan LGBTfriendly como Leñadoras) si su intención es entregar un producto heteronormativo. Epicentro de una tremenda controversia antes de su estreno, este spin-off de Masters del Universo ha acabado metiéndose en el bolsillo a un público de todas las edades y opciones sexoafectivas, no solo gracias a su estética synthwave y a su combinación de acción, humor y brilli brilli, sino también al turbulento romance entre su heroína y la villana Catra (“Gatia” en la discutible adaptación al castellano).

Hablando del show, Stevenson ha declarado tener muy en mente los efectos del mismo, no solo en los espectadores jóvenes y LGBT, sino también en los heterosexuales. “[Series como She-Ra] ayudan a los chicos que no son queer a cultivar la empatía y la comprensión hacia la gente que no es exactamente igual que ellos”, afirma. Y remacha: “No se trata solo de normalizar, se trata de un intento por crear un mundo mejor”.

Y por sacar a chicas guapas amándose y odiándose entre rayos láser y espadazos, podemos añadir.

Los chicos llevan las de perder

A estas alturas, cerca ya del final, seguro que se nos han olvidado muchas series importantes: manda narices que no entremos en detalles acerca de las novedades sobre Velma en Scooby Doo: Misterios S.A. Pero debemos hacerlas a un lado, porque este movimiento renovador también tiene sus lagunas y es nuestro deber señalarlas.

Por ejemplo, podemos decir que la aparición de varones gays y bi en esta (r)evolución animada es aún muy minoritaria, especialmente como figuras principales. Los ejemplos de chicos no hetero protagonizando series como Príncipe dragón o la simpaticota The Bravest Knight resultan aún escasísimos, algo que podemos achacar tanto al creciente predominio de las mujeres en el campo de la animación (y en el del cómic, y la literatura de género, y…) como a que, para los ejecutivos, la figura de un chico no hetero es más ‘agresiva’ e ‘inapropiada’ que la de una joven que se enamora de otra chica.

Asimismo, las disidencias de género siguen viéndose poco representadas, salvo excepciones como las aparecidas en Steven Universe She-Ra. Despachar estos temas con un “todo se andará” puede resultar facilón e hipócrita, pero el camino ha sido largo y quienes ya peinamos canas podemos pasmarnos al volver la vista atrás y contemplarlo. Es sorprendente cuánto esfuerzo hace falta para enseñar a una generación de chavales y chavalas que ellos también pueden salvar al mundo.

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