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‘Cuando el polvo se asienta’: la radiografía de un atentado terrorista

Dinamarca cicatriza la herida del terrorismo con un gran drama sobre personajes cuyas vidas han quedado marcadas por un atentado. Disponible en Filmin.

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01 de julio de 2020

La industria danesa –y en particular la televisión estatal Danmarks Radio (DR), que ha producido los proyectos más importantes– sigue empeñada en erigirse en alternativa de calidad al emporio de las plataformas norteamericanas.

Después de La ruta del dinero, que se presentó a sí misma como la nueva Borgen, llegó a Filmin en junio Cuando el polvo se asienta –todas ellas con el sello DR–, que también tiene a una ministra, en este caso de justicia, entre sus protagonistas.

La política conservadora Elisabeth Hoffmann (Karen-Lise Mynster) está, con 67 años, a las puertas de la jubilación. No sabe si volver a presentarse. Como ella misma dice, hay mucho en juego, no quiere que el miedo al terrorismo “determine nuestra política de asilo”. Pero está casada con otra mujer, que quiere que ambas se retiren juntas a criar pollos en una granja.

Esta es sólo una de las siete historias que se entrelazan en Cuando el polvo se asienta, serie compuesta de 10 episodios de una hora duración, que giran en torno a un brutal atentado terrorista. Lo que ocurre durante los nueve días previos primero, y lo que sucede en los nueve días posteriores después, con el atentado en medio.

Se trata pues de un ‘vidas cruzadas’ narrado con un estilo más cercano a la gélida asepsia de un Paul Haggis (Crash) que de la genialidad orgánica de un Altman. Los colores son grisáceos, a tono con la luz de Dinamarca, y la cámara, moderadamente nerviosa, invita a pensar en un Paul Greengrass que se hubiera relajado, como ocurre, de hecho, en 22 Juli, su reconstrucción del atentado de Utoya (Noruega), que está en Netflix. La tercera revisión del caso hasta la fecha, si no nos fallan las cuentas.

Los actores, en general bastante carismáticos, se entregan con pareja pasión –interpretaciones convincentes y contenidas, que no caen en el exceso melodramático, ni teatralizan su dolor interno–, para dar vida a un variado mosaico sociológico en movimiento.

 

Introducción: Cuando el destino nos alcance

Un poco de contexto: en 2015, precisamente en un acto de homenaje a las víctimas del atentado contra Charlie Hebdo en Copenhage, un joven danés de origen palestino asesinó a un cineasta (Finn Nørgaard), y poco después al vigilante de una sinagoga, en sendos atentados frustrados, si se compara con sus presuntas siniestras intenciones.

Desde entonces, el pequeño país vive, como el resto del mundo occidental, bajo la amenaza de nuevos ataques de corte islamofascista, por no mentar a los de tipo fascista a secas, como el de Utoya, que llegó a las 77 víctimas mortales.

El atentado que recrean Dorte Warnøe Høgh e Ida Maria Rydén, artífices de la serie, es ficción. Tiene lugar en un restaurante, que su nuevo dueño ha tenido la mala idea de bautizar como El Puerco, y arroja un número de víctimas considerablemente más elevado que el real, recordando al sangriento recorrido de los terroristas por los establecimientos culinarios de los alrededores de la Plaçe République de París, donde finalmente se erigió el conmovedor homenaje a las víctimas, por cuestiones tan geográficas como simbólicas.

El eco parisino podría permitirnos comparar la serie con Mi vida con Amanda, de Mikhaël Hers, película también recién colgada en Filmin que, dicho sea de paso, ha dejado, pese a alguna torpeza, una huella absolutamente indeleble en este crítico, y que también es un drama sobre lo que sucede antes y, sobre todo, después de un atentado de ficción.

La película, que irradia una luz inusitada, en contraste con el bajo cielo danés, dura 107 minutos, algo menos que los 580 de la serie que nos ocupa. Un dato, el de la duración, a tener en cuenta en pleno auge de las miniseries.

Cuando el polvo se asienta empieza con un disparo, la imagen es brutal, pero la serie necesitará cuatro capítulos para desarrollar los nueve días que preceden al atentado, anunciado con destellos del horror.

Quizás un tiempo excesivo, más cuando las vidas de los protagonistas pueden resultar un tanto tópicas, o demasiado instrumentales, pensadas para mostrarnos un muy pensado abanico de la sociedad danesa. Probablemente no acabarían de funcionar consideradas de una en una.

El fontanero que trata de enderezar a su hijo adolescente, que fuma porros; la joven sin hogar, que vive penurias con su amigo yonqui; el viejo reaccionario que, medio paralizado, ha perdido gusto por la vida; la famosa cantante, que trata de emprender una nueva relación, después de años ligada a un músico con el que no ha podido tener hijos; el esquimal, despreciado por sus orígenes, que por fin abre el restaurante de sus sueños, y la madre soltera que lucha contra las facturas, cuya encantadora hija pequeña acabará teniendo un lugar central en la historia. Apuntemos que mucho más encantadora, y creíble, es la Amanda de la película, una de las más brillantes interpretaciones brindadas por una niña en el cine.

Entre todos ellos también encontramos a un danés de origen palestino, al que se presenta como constante víctima del maltrato de su hermano mayor, cosa que le lleva a frecuentar presuntas malas compañías…

Una cosa queda clara: a pesar de ser una sociedad avanzada en la que las cárceles están decoradas con arte de vanguardia y una sintecho conserva su iPhone, sus habitantes están más bien tristones.

Hay que admirar la arquitectura de estas historias entrelazadas, aunque en ocasiones el permanente cruce de personajes, cuyos destinos, ya lo sabemos, acabarán ligados, termina resultando demasiado forzado. Hay una sobresaturación de cruces.

En resumen, los cuatro primeros capítulos son un fluctuante mosaico de lo previsible que cumple de sobras la protocolaria función de familiarizarnos con el lado humano de las víctimas, o de los testimonios de la tragedia. El suspense de si serán una cosa u otra también flota en un ambiente de fatalismo, aunque se puede apostar sin miedo a quien vivirá para contarlo.

Cabe preguntarse si, con la mitad de metraje, esta primera parte hubiese sido mejor. La respuesta va un poco en función del tiempo del que disponga el espectador. Si es poco, puede llegar a impacientarse. Si es eterno, el visionado en, pongamos, cinco sesiones de dos capítulos no le hará ningún daño. Incluso puede que le ayude a relativizar sus propios problemas.

 

Nudo: La magnitud de la tragedia

En Mi vida con Amanda tiene lugar una de las elipsis más elocuentes, y cargadas de sentido, del cine de los últimos años: el director, Mikhaël Hers, se decanta por mostrar las consecuencias del atentado, que obvia completamente, en un único plano de supervivientes y heridos en el parque. Un plano que viene además precedido de una sutil señal de amenaza de la que resulta imposible deshacerse.

En el caso de la película francesa, se trata de un radical rechazo de la espectacularización de la violencia que resulta especialmente pertinente en el caso del drama reciente de los atentados, aunque sean inventados. La serie danesa opta en cambio por mostrar la anunciada violencia sin ningún reparo.

Aunque la larga escena del tiroteo, que se desvela en el capítulo quinto, arroja alguna imagen grotesca que parece fuera de lugar, tampoco podemos decir que la cámara se recree demasiado, y la opción de mostrar también puede ser válida. Al fin y al cabo, forma parte de la realidad que nos rodea. Se trataría de mirar a los ojos del pasamontañas.

Hay también tanto en la serie como en la película inevitables planos de calles desérticas después de la tragedia que nos recuerdan nuestro pasado reciente de confinados, cuando mirábamos por la ventana y no había nadie caminando por la calle.

Repartidos los boletos de víctimas y supervivientes, lo que nos queda es observar de qué manera diversa ha afectado la fatídica noche a los que han quedado en pie.

 

Desenlace: la irrupción de lo imprevisible

En el ecuador de la serie amanecerá el restaurante convertido en uno de esos improvisados homenajes florales que, por desgracia, nos resultan demasiado familiares. Si las consecuencias del atentado ocupan la mayor parte del metraje de Mi vida con Amanda, también son lo más interesante de la serie danesa, que le dedica sus exhaustivas cinco horas restantes. Aunque llegados a ese punto ya no sepamos muy bien si necesitamos saber qué les sucede porque nos interesa, o porque hemos contraído el síndrome de Estocolmo –de Copenhague, en este caso–, secuestrados por el tiempo que hemos invertido en la serie.

Al fin y al cabo la serie se titula Cuando el polvo se asienta.

La trama retoma pues, tras el aislado paréntesis violento, el estudio de personajes en forma de múltiples dramas psicológicos interconectados entre sí. Vemos un duelo teñido de rabia, que altera la visión política del caso; una pérdida que humaniza al que no le daba valor a la vida; la clásica vergüenza del superviviente, que se desmonta por haber sido perdonado por los terroristas, o un padre, que enfrentado al horror, se vuelve completamente loco.

También está la caza al terrorista, con el foco puesto en el joven palestino a la fuga, razonables dosis de suspense, y una tan inevitable como inherente reflexión sobre el racismo.

Lo más interesante, incluso sorprendente, es que la serie sugiere que una experiencia como sobrevivir a un atentado puede, más allá del trauma, cambiarte la vida, en el sentido de apreciar lo que realmente importa. En algunos casos puede ser demasiado tarde, porque lo que realmente importa ha muerto, pero en otros la vida puede brindarnos maravillosas segundas oportunidades. Un poco de mindfullness aquí. También podríamos hablar de epifanía, con algunos momentos bastante conmovedores.

En Mi vida con Amanda, la existencia simplemente sigue, a pesar de todo. Son más las circunstancias del día después las que imponen un nuevo aprendizaje.

Desde la sobriedad, sin caer en una solemnidad excesiva, acaso demasiado autocomplaciente en la dilatación de la trama y en el exhibicionismo de su arquitectura, Cuando el polvo se asienta viene a ser un drama multipistas que ofrece soluciones diversas a una misma experiencia, y su estructura, que trata de hacer visibles las conexiones del azar, acaba resultando la más adecuada –a pesar de sus repeticiones–, pues el terrorismo, casi siempre injustificado e injustificable, acaba cosechando al mismo tipo de víctimas: inocentes, gente que estaba ahí por casualidad.

En esencia es eso, una lotería mortal. Como dice uno de los personajes, “las posibilidades de que te vuelva a pasar son ínfimas”.