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¿Cómo debe ser el final de una serie para que los fans no lo odien?

A la historia de desenlaces anticlimáticos que desatan la ira del fandom ahora habría que añadir el último capítulo de 'Juego de tronos'

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25 de mayo de 2019

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE JUEGO DE TRONOS, A DOS METROS BAJO TIERRA, BREAKING BAD Y CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE ]

La emisión de Las campanas, penúltimo capítulo de Juego de tronos, hacía presagiar un final desolador para la serie de David Benioff y D.B. Weiss. Uno que, según como lo enfocaras, podía sintonizar con la maquiavélica filosofía de George R.R. Martin, escritor de las novelas originales, pero que en ningún caso se percibía orgánico al anterior devenir de la serie, mucho más digerible por las dinámicas habituales del mainstream que sus primeros e infartantes capítulos. Y no obstante el final optó por ser conciliador, tranquilo y esperanzador para sus personajes… y aún así tampoco gustó a nadie.

La última temporada de Juego de tronos ha venido acompañada por la polémica desde el principio, hasta el punto de que este tímido ensayo de final feliz no ha convencido, y se ha visto abocada a engrosar el amplio catálogo de series que ven estropeado su recuerdo a causa de un desenlace insuficiente. En el caso de Juego de tronos tampoco habría que cargar mucho las tintas contra los showrunners (aunque sea tentador), puesto que hay que tener en cuenta que, convertido en un fenómeno de masas tan enorme y caótico, difícilmente iba a poder satisfacer a todos.

No obstante, es interesante preguntárselo. ¿Cómo debería ser el final de una serie para que a los espectadores les gustase? ¿Cómo, por mucha audiencia que fuera aglutinando a medida que se sucedieran las temporadas, podrían haber dado los guionistas con un desenlace aceptable y respetuoso con todas las horas que el público hubiera invertido en la serie? Tratemos de analizar la cuestión, e imaginemos por un segundo que Juego de tronos pudiera haber acabado “bien” en algún universo. Por muy improbable que fuese.

Aprendamos de los (supuestos) maestros

Un posible modo de enfocar el tema sería tomar como ejemplo todos esos finales que hayan contado con cierto consenso entre los espectadores, y hayan hecho sobrada justicia a la serie de turno. A la cabeza de estos, sin duda, se encontraría A dos metros bajo tierra, con una conclusión en la que no eran posibles los cabos sueltos al ir describiendo primorosamente las muertes eventuales de cada uno de los protagonistas. En efecto se trata de un caso muy específico que sólo podría funcionar dentro de la obra de Alan Ball, así que sigamos buscando referentes.

Puede que tengas problemas con el cierre que Vince Gilligan decidió darle a Breaking Bad, pero casi seguro que estos sólo se refieren a la ejecución de ciertos elementos, y no a los sucesos en sí. Igual el que Heisenberg (Bryan Cranston) se sacara de la manga un invento de scifi pocha para acabar con sus enemigos no obedecía a los presupuestos realistas de la serie de AMC, pero, hablando con franqueza, estaba claro que no había otro final posible para la historia de Walter White.

Siendo Breaking Bad y A dos metros bajo tierra (series de continua presencia entre lo más celebrado de la ficción televisiva) dos ejemplos inservibles por plegarse a una narración con un origen y un final claramente delimitados, quizá sea más interesante reparar en shows algo más convencionales como pudieran ser Friends o Scrubs. Ambas series se plegaban a la siempre agradecida modalidad sitcom y, tras largas temporadas de capítulos autoconclusivos y limitados a un solo escenario, conseguían mover la emoción del espectador con la sola idea de que sus protagonistas abandonaran dicho escenario. Y las lágrimas resultantes no las podían secar ni la extraña continuación que tuvo luego la serie de Bill Lawrence, de la que es mejor no acordarse.

Dichos finales echaban mano de la nostalgia del espectador para no tener que preocuparse de si sus personajes habían llegado a donde tenían que llegar, o ese momento había tenido lugar hace mucho pero había que seguir escribiendo capítulos mientras la serie fuera rentable. Aunque de ambiciones mucho mayores, Mad Men también fue una ficción que se regodeaba en que sus personajes volvieran continuamente a la casilla de salida y en estirar la decadencia de Don Draper (Jon Hamm) temporada tras temporada. Sólo gracias a la habilidad de Matthew Weiner (y a un anuncio de Coca Cola) dicho desenlace se antojaba satisfactorio, pero caía punto por punto en el tropo de “eterno retorno” que sobrevuela bastantes series.

The OC, con Ryan (Ben McKenzie) topándose en la madurez de su vida con un niño vagabundo que le recuerda a él (e iniciando la historia de nuevo) se pliega a este tipo de finales. También lo hace la aplaudidísima The Wire de un modo deprimente pero en total consonancia a lo expuesto temporada tras temporada, o Boardwalk Empire dedicando su última temporada a dar sentido a todo aquello que en la primera se dejó entrever, y en estos casos resulta ser tan buena idea que incluso el capítulo final de Juego de tronos, con varios personajes llegando a lugares no muy distintos a los que ocupaban al inicio de la serie, se ajusta un poco a él.

No obstante, el “eterno retorno” puede cabrear a la gente si hace años que la serie ha saltado el tiburón y se han sucedido tantas temporadas que ni los guionistas parecen acordarse de qué era lo que habían pensado inicialmente. Es el caso de Cómo conocí a vuestra madre, con un final totalmente coherente… si hubiera tenido lugar más o menos en torno a la tercera temporada, y no apareciera tras una insufrible tanda de capítulos ambientados en la boda de Barney (Neil Patrick Harris) y Robin (Cobie Smulders).

Que Cómo conocí a vuestra madre al final resultara ser Cómo me enamoré de vuestra tía Robin podría tener gracia en la mente de los guionistas y acoger toda lógica dados los primeros capítulos, pero condujo inevitablemente a las iras del fandom y acabó por constatar los peligros de que una serie se prolongara demasiado en el tiempo si el plan original no lo cubría.

¿Y qué ocurre con los finales unánimamente malos?

Dado lo confuso que es aprender de los desenlaces alabados, por plegarse todos ellos a circunstancias concretas, quizá sea más efectivo aprender a la inversa y tener presentes los finales chungos, los horribles, los odiados con ganas. El de Cómo conocí a vuestra madre lo fue muchísimo, pero al no dejar de tener cierta lógica, ocupémonos de casos más sangrantes como, por ejemplo, Smalville.

Esta serie no es especialmente recordada, y sin duda no sólo se debe a su calidad (que nunca fue muy alta), sino también a un final infausto que defraudó a miles de fans que ya llevaban años sintiéndose culpables por no ser adolescentes y aún así seguir comiéndose las aventuras del joven Clark Kent (Tom Welling). El caso que presenta es paradigmático de todo punto, por tratarse de una serie con un único final aceptable (Clark convirtiéndose en Superman) y aún así pifiarla al negarse a incluir una escena de acción decente con el protagonista vestido con su uniforme oficial. De hecho, Welling ni siquiera se llegó a poner realmente el traje, abandonándose a las virtudes del CGI.

Smallville es un ejemplo extremo, pero muy socorrido a la hora de delimitar cómo podemos llegar al peor de los finales posibles. Y es que puede que sea tentador ahora hundir a Juego de tronos en el fango, pero la serie se ha beneficiado, incluso en su final, de contar con una mente inteligente y talentosa al frente (la de Martin, no la de D&D), y eso es algo con lo que no contaron otras series como Dexter, descartando el castigo que todos pensaban que merecía el protagonista, o Sexo en Nueva York, dejando que Carrie (Sarah Jessica Parker) encontrara el amor por mucho que traicionara parte de la esencia de la serie.

Dos hombres y medio o Aquellos maravillosos 70, dentro del terreno sitcom, debían sobreponerse a ausencias demasiado importantes como para que la serie no perdiera el norte , y bastante tenían con ensayar regresos de última hora (la espalda de Charlie Sheen en el primer caso y el cuerpo entero de Topher Grace en el segundo) para conservar la dignidad, mientras que el desastre en el que se había metido Prison Break era imposible de sacar adelante.

El desenlace de Seinfeld, por su parte, también fue bastante discutido debido a una ocurrencia final que no se ajustaba en absoluto a los anteriores compases de la serie, pero que si lo pensabas dos veces llegabas a la conclusión de que no podía haber sido de otro modo. Y así es como llegamos a los famosos finales WTF.

Ojalá un final WTF para cada serie

Por propia definición, este tipo de finales son los más discutidos y se ven arrojados a la polémica desde que se tienen los redaños de clausurar una serie del modo más inesperado posible. Dentro de esta alegre tipología encontramos la única presencia española en la lista de hitos que venimos describiendo, y este es, como no podía ser de otro modo, el final de Los Serrano. Diego (Antonio Resines) despertándose en el día de su boda y descubriendo que todo lo que había ocurrido hasta entonces en la serie de Daniel Écija y Álex Pina había sido un sueño.

El final WTF es complicado porque el límite entre broma y genialidad es enormemente endeble, como demuestra el caso de esta última serie y el chiste recurrente en el que se ha convertido a la hora de burlarse de cualquier ficción que haya perdido el norte. En términos de similar discusión se encuentra Perdidos, probablemente el único fenómeno televisivo que pueda acercarse a Juego de tronos en cuanto a expectación y seguimiento multitudinario, con un final que no gustó a casi nadie debido al desinterés por resolver una inmensa cantidad de misterios y subtramas.

En efecto, lo de mandar teorías al carajo no lo ha patentado Juego de tronos, pues antes que ella ya lo hizo la serie de J.J. Abrams y Damon Lindelof, y años más tarde ocurrió algo similar con True Detective y toda la paranoia que nos montamos sobre el Rey Amarillo. Sin embargo, el ejemplo de Perdidos ha alcanzado un estatus canónico como corte de mangas a la audiencia y, también, como ejemplo total de heroísmo creativo, aunque siempre deberá arrodillarse ante el auténtico maestro del WTF. Que es, por supuesto, David Lynch.

Si ya la segunda temporada de Twin Peaks tuvo el arrojo de prolongar un cliffhanger asesino a lo largo de 25 años, en la tercera y totalmente desquiciada entrega Lynch prescindió de cualquier narrativa asequible para marcarse un experimento como nunca antes se había visto en televisión. Dado que su práctica totalidad estaba compuesta por WTFs de lo más variopinto, quizá sea trampa incluir su “conclusión” en esta terna, pero también es interesante dado que Lynch pareció en todo momento consciente de lo difícil que es acabar una serie a gusto de todos, y en el último episodio se marcó un discurso tremebundo sobre la decepción y la fatalidad. O al menos eso nos pareció entender.

Durante las 6 modélicas temporadas de Los Soprano, David Chase no se dejó llevar por las fugas oníricas tanto como el maestro Lynch, pero sí lo suficiente como para que ese famoso fundido a negro pareciera algo más comprensible a medida que repasabas todas las pistas que te habían dejado los capítulos. Este final fue considerado decepcionante y poco menos que una estafa para muchos seguidores, pero el tiempo le ha ido poniendo en su lugar y lo ha alzado como uno de los desenlaces más memorables y valientes de la televisión.

Una posible conclusión

Es posible que este extenso repaso no haya servido de mucho, y a la hora de definir un final satisfactorio sigamos teniendo que recurrir a nociones generales como el respeto a la temática, la lógica del argumento y el tono o, a ser posible, la honestidad frente al espectador. Y no obstante, la palabra definitiva sobre por qué tenía que fallar forzosamente el final de Juego de tronos ya la dijo alguien más inteligente que todos nosotros, amparándose en que pocas personas saben más de narrativa que él.

Hablamos, claro, de Stephen King, que lleva años siendo uno de los fans más entusiastas de la ficción estrella de HBO, hasta el punto de que ni siquiera esta octava temporada rebajó su ilusión. De hecho, tras la emisión de Las campanas se desmarcó hablando de lo mucho que le había gustado el giro de Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), y quitándole hierro a las furibundas reacciones que este había despertado en cierto sector del fandom.

“Hay mucha negatividad alrededor de este final, pero es porque creo que la gente no quiere NINGÚN final”, tuiteó el maestro de Maine, dando en el clavo y diciendo todo lo que hay que decir sobre la problemática de los desenlaces. Porque, por mucho que queramos ponernos a examinar arcos deficientes o guiones que pierden brillo, al final lo que más nos duele de las series es que terminen, y no hay forma de racionalizar esto. Sólo tratar de superarlo, y quedarse con todo lo bueno que, si tanto nos importa su conclusión, a buen seguro tuvo.

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