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Anna May Wong, la perla oriental de Hollywood que murió en el olvido

Tenía todo lo necesario para ser una leyenda del cine, pero la industria no estuvo a su altura. ¿Logrará Ryan Murpy convertir a esta actriz en el icono que debió ser?

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04 de mayo de 2020

Como nuevo capítulo de su etapa en Netflix, Ryan Murphy se ha propuesto reescribir la historia del celuloide clásico en HollywoodY si lo ha conseguido o no es algo que solo los espectadores pueden decidir. Pero este relato de historia alternativa, que imagina una Meca del cine con espacio para mujeres, minorías étnicas y gente LGBT, está sirviendo también para divulgar historias reales que merecen ser conocidas por el gran público. Y una de ellas, quizás la más fascinante, es la de Anna May Wong.

Interpretada por Michelle Krusiec en Hollywood, Wong (1905-1961) no suele ocupar un gran espacio en las enciclopedias de historia del cine. Como mucho, se la recuerda por ser la primera actriz de origen asiático que llegó a rozar el estrellato. Sin embargo, tanto su talento como su carrera y (sobre todo) las puñaladas que le asestaron ejecutivos y productores, son dignos de un relato pormenorizado.

Y ese relato debería empezar señalando que, por supuesto, Anna May Wong no se llamaba Anna May Wong. Su nombre real era Wong Liu Tsong y había nacido en Los Ángeles. Sus padres, que trabajaban en una lavandería, eran dos de los muchísimos inmigrantes chinos que se habían instalado en California durante el cambio de siglo. Según contaba, ella y sus ocho hermanos aprendieron pronto a convivir con la discriminación: “Intentábamos caminar del colegio a casa sin dar muestras de miedo, mientras una multitud cada vez más grande se reunía en torno a nosotros gritando ‘chinita de mierda, chinita de mierda’ mientras tiraban de nuestras ‘colas de cerdo’, como llamaban a nuestras trenzas negras y rectas”. “Cada día era una tortura”, resumía la actriz.

Aun así, la vida de Anna May Wong no tendría por qué haber sido una completa tragedia: las estrellas de cine que han hecho historia tras una niñez traumática son legión. Asimismo, la futura actriz era una gran aficionada a ver películas desde pequeña y andaba sobrada de belleza y talento. Dos factores que, se supone, le abren a una las puertas del triunfo… salvo que las condiciones objetivas de los medios de producción digan lo contrario.

De Chinatown a Bagdad

Desde los 14 años, cuando tuvo su primer trabajo como extra, Anna May Wong se labró un lugar en Hollywood a base de pequeños papeles. En 1922, su rol de protagonista en El tributo del mar hizo que los críticos la señalaran como una joven promesa. Y su oportunidad dorada le llegó en 1924 con El ladrón de Bagdad. O, lo que es lo mismo, con una de las más hermosas e influyentes películas de la historia, piedra angular del cine de acción y aventuras.

Aunque su personaje (una traicionera esclava de Mongolia) no anduviese sobrado de minutos en pantalla, la actriz dejó al público boquiabierto con su estilazo y, además, demostró su soltura dramática en un par de escenas muy divertidas con el protagonista Douglas Fairbanks. Así pues, la fama de Anna May Wong creció como la espuma, convirtiéndola en algo que parecía inimaginable: una estrella de Hollywood con los ojos rasgados.

¿Demasiado bonito para ser verdad? Pues sí. Entre otras cosas, porque la discriminación racial de la época limitaba muchísimo los papeles a los que podía aspirar, haciendo además inimaginable que pudiera compartir protagonismo con un actor caucásico. De este modo, al igual que la gran Louise Brooks antes que ella, Wong reaccionó a esa tesitura marchándose a Europa. “Los productores de Hollywood prefieren a húngaras, mexicanas o indias para los papeles de chica china”, ironizó.

Marlene Dietrich y el Oscar que no fue

Al otro lado del Atlántico, Anna May Wong demostró ser una currante incansable y una profesional camaleónica. Lo mismo triunfaba en Austria interpretando operetas en alemán (y haciéndose amiga de Leni Riefenstahl Marlene Dietrich) que llenaba teatros en Londres. En Reino Unido, además, tuvo su mayor éxito comercial con Piccadilly (1929), un drama criminal que abordaba sin tapujos el tema del racismo. Pero incluso ese triunfo acabó resultando amargo: una escena en la que Wong besaba a su partenaire Jameson Thomas fue cortada del metraje en el último minuto.

Tras regresar a EE UU, atraída por la promesa de mejores salarios y mejores papeles, Wong demostró ser capaz de encarar un reto contra el que se estrellaron muchas de sus compañeras de generación: el tránsito del cine mudo al sonoro. Mientras actrices de mucha más nombradía perdían su estatus por culpa de su tono de voz o su acento, ella demostraba que sus clases de dicción en Cambridge habían servido para algo.

Pero aunque esta fase de su carrera también incluyera una obra maestra (El expreso de Shanghai, 1932, junto a su amiga Dietrich), la mayoría de sus papeles seguían sin estar a la altura de lo que ella podía dar. La implantación del ‘código Hays’ de censura, con sus normas contra la mezcla de razas en la pantalla, coartaba aún más que antes sus oportunidades laborales. Y su propensión a hablar sin tapujos de política o de racismo tampoco le facilitaba las cosas.

Y aquí llegamos al incidente más bochornoso en la carrera de Anna May Wong, ese del que Ryan Murphy nos ha hecho partícipes en su serie. Porque, en 1935, la actriz aspiró a protagonizar La buena tierra, adaptación del bestseller de Pearl S. Buck (futura ganadora del Nobel) sobre las miserias del campesinado chino. Sus audiciones, dicen, movían a las lágrimas al personal del estudio… pero el productor Albert Lewin decidió darle el papel protagonista a Louise Rainer, actriz alemana que acabaría ganando el Oscar. A Wong, el estudio le ofreció el papel de la prostituta Loto, villana de la historia, como premio de consolación. Ella les mandó a hacer puñetas, con buenos motivos.

El amargo regreso a casa

Decepcionada por el fiasco de La buena tierra, Anna May Wong viajó a China para reencontrarse con sus raíces, pero su experiencia allí también fue cruel: tenía dificultades con el idioma (su lengua materna no era el mandarín, sino el taishanés), su desinhibición casaba mal con la moral del país y sufrió acoso por parte de las autoridades y del público. Tras su regreso a EE UU, confesó sentirse demasiado americana para China y demasiado china para la superpotencia. Si bien, todo sea dicho, se resarció narrando sus impresiones en una serie de artículos para el New York Herald Tribune.

Aunque colaboró (en la radio) con Orson Welles, trabajó como profesora de arte dramático e hizo sus pinitos en las inversiones inmobiliarias, la carrera de Anna May Wong fue, desde entonces, anecdótica. Y ella, por su parte, reaccionó fumando demasiado, bebiendo demasiado y dejando que su salud se marchitara. Pero, aun en esta travesía del desierto, hubo una última luz en su carrera: en 1951, Wong protagonizó The Gallery of Madame Liu-Tsong, serie de TV donde interpretaba a una experta en arte y detective amateur. Pero el serial, primero de la historia con una protagonista asiática, acabó tras una única temporada, y sus capítulos se han perdido.

Tras una década llena de trabajos de menor cuantía, Anna May Wong murió en 1961. Tal vez la historia imaginada para ella por Ryan Murphy en Hollywood haga que una nueva generación de cinéfilos se interese por ella. Y tal vez el momento de la serie en el que gana su Oscar, ese que la industria le dejó a deber, nos haga soñar con cómo habría sido la historia del cine sin racismo, sin censuras y sin arbitrariedades.

Pero el mejor tributo que podemos rendirle es ver sus películas y pensar en cómo Hollywood pudo ser tan idiota como para desperdiciar ese talento.

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