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15 años de ‘Aída’: “Escribíamos chistes cafres y polémicos sin ese pánico a la ofensa ahora tan común”

Hablamos con los directores de 'Aída', la sitcom española de barrio por excelencia, y con uno de los protagonistas a quien cambió la vida: David Castillo.

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20 de mayo de 2020

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  • La primera vez que Carmen Machi interpretó a la carismática Aída, en la sitcom 7 vidas, aquella serie llevaba ya unos cuantos capítulos en antena. En un principio, la asistenta de Paco (Javier Cámara) y Sole (Amparó Baró) a la que empezó dando vida la actriz madrileña iba a aparecer únicamente en un episodio, pero a todos les hizo bastante gracia y los guionistas acabaron incorporándola al elenco habitual haciendo de camarera del bar Casi Ke No.

    Una cosa llevó a la otra y Globomedia empezó ya entonces a trabajar a destajo para poner en pie Aída, el que se convertiría en el primer spin-off de la televisión española. La comedia patria más longeva de la televisión, estrenada en Telecinco hace ahora 15 años (así han cambiado sus protagonistas), se centró en las aventuras y desventuras de Aída, matriarca del clan García que trabaja como empleada doméstica y decide regresar al madrileño barrio en el que se crió después de que su padre decida dejarle su casa como única herencia.

    Miguel Cruz Carretero, uno de los directores de la serie, recuerda que, al igual que ya ocurriese previamente con 7 vidas, Aída logró trasladar con gran éxito el formato de la sitcom estadounidense al audiovisual español “con todos sus elementos”, grabándose en plató y con público en directo.

    “El plató era una virguería que permitía subir y bajar las fachadas de los sets para que el público pudiera ver lo que ocurría dentro del bar Reynolds y la tienda de Chema. Pero, al mismo tiempo, al bajarlas, permitía dar forma a la plaza, conectando los interiores y los exteriores. No he visto ningún decorado de sitcom, ni en España ni en EE UU, que estuviera tan bien diseñado para que el público pudiera disfrutar de todas las escenas”, explica a CINEMANÍA.

    Personajes bien diseñados, actores en estado de gracia (y bien dirigidos) y unos guiones tan divertidos como transgresores. La serie tenía todo para triunfar, y lo hizo. Rápidamente, Aída logró liderar el share de su franja horaria y se convirtió en un formato totalmente autónomo gracias al marcado carácter de personajes como la rebelde Lorena (Ana Mª Polvorosa), el extoxicómano y noble Luisma (Paco León), la comilona y amargada Eugenia (Marisol Ayuso) o el jefe explotador Mauricio Colmenero (Mariano Peña).

    Durante las dos primeras temporadas, la ficción –que cuenta con más de 25 galardones– superó el 30% de cuota de pantalla y el producto gustó tanto que países como Polonia, Chile o Ecuador crearon su propia versión de la misma.

     

    Una sitcom de barrio

    Para el director y guionista Iñaki San Román, una de las claves residió en que, frente a una comedia heredada de los cánones americanos, Aída retrataba un barrio que todo el mundo reconocía como suyo con sus tiendas de ultramarinos, sus inmigrantes y sus adolescentes haciendo botellón.

    “Notabas que la gente aplicaba nuestros personajes a su vida cotidiana (“esa es una lorena de la vida” o “llegué a Atocha y parecía la Macu”, decían) y tengo la sensación de que el costumbrismo español, tan elemental en nuestra comedia, se había aparcado frente a lo ‘aspiracional’ de series magistrales como Médico de familia o 7 vidas”, argumenta San Román, que considera que Aída devolvió al espectador ese nivel de cercanía.

    El público conectó rápidamente con aquella mujer carismática, fuerte y maltratada por la vida, y no son pocos quienes consideran al de Carmen Machi como el gran personaje social de la tele española. “Creo que era un personaje con tanta fuerza, carisma y ganas de vivir y tirar hacia adelante que todo el mundo quería ser partícipe de esa energía. Para mí, [Aída] es la imagen de la mujer luchadora que ha conseguido sacar adelante ella sola a muchas personas de su vida, y creo que eso no era tan valorado y muchas mujeres se podían ver identificadas y decir ‘olé su coño’”, opina el actor David Castillo, que durante nueve años dio vida en la serie a Jonathan, el hijo pequeño y rebelde de Aída.

    Castillo, que tenía 11 años cuando empezó a trabajar en la coral serie, recuerda perfectamente el encaje de bolillos que supuso para él compatibilizar trabajo y estudios en aquella época: “Mis padres y yo teníamos un acuerdo, que era que si yo estudiaba podía seguir trabajando. Para ellos era muy importante que me siguiera formando y estuviera preparado y, además, era obligatorio”.

    Él cumplió con su parte del trato y eso le permitió poder seguir dedicándose a su verdadera pasión. “Siempre he tenido facilidad para estudiar a largo y corto plazo, y tenía la mente muy activa. El bachiller y la selectividad sí que fueron un reto para mí y fue un gran logro poder sacarlas”, apunta el actor, que acabó matriculándose en la universidad pero la abandonó al cabo de cuatro meses. “Ni me convenció, ni me gustó, ni tenía tiempo, la verdad”.

    El actor madrileño tiene claro que trabajar con intérpretes veteranos le ayudó bastante a la hora de madurar y aprender el oficio. “Carmen [Machi] me hacía muchas putadas y las sufría muchísimo, pero con el tiempo aprendí. Una vez, me dijo ‘Oye, David, tienes que hacerlo mejor porque me están diciendo que, si no, te van a echar’. Aunque ya tenía 14 años cuando me lo dijo, le dices esto a un chaval y se acojona. Además, yo soy una persona muy sensible, así que imaginaos cómo me puse. A los cinco minutos me dijo que era broma, que no me podía poner así, que mi vida no dependía de esto, que tenía que aprender y coger confianza”, recuerda el de Fuenlabrada.

     

    ¿Ofendidos por los chistes de Aída?

    San Román comenta que el trabajo de las 115 personas que integraron el equipo de la serie estuvo siempre presidido por la organización y la libertad creativa. “La serie estaba planificada y mimada al detalle”, explica. “Se pensaban las cosas con tiempo, y la tranquilidad, a veces, es el mejor aliado del guionista. En todos los años que trabajé allí, y con los chistes cafres y polémicos que escribimos, jamás percibí un solo acto de censura, y no existía ese pánico, ahora tan común, de miedo a la ofensa”.

    Pero que no hubiese censura no significa que el surrealista y políticamente incorrecto humor de Aída no fuese en varias ocasiones objeto de críticas y quejas. “Ocurría frecuentemente que los lunes recibíamos un mensaje tipo: ‘Yo era gran fan de la serie y me reía todos los domingos, pero ayer os reísteis de X, a lo que pertenezco, y me ha parecido ofensivo, ya no os veré más’. Vamos, que a muchos les hacía mucha gracia reírse de ecuatorianos, altos, gordos, izquierdistas y fans del merengue, pero cuando en la lista tocaba su colectivo, se ofendían y se iban”, reflexiona el cineasta.

    Lamentó que muchos se ofendieran –un capítulo en el que se hacían chistes sobre el enanismo fue incluso llevado a los tribunales por la Fundación Alpe Acondroplasia– pero entendió que aquello formaba parte del juego: “No se puede hacer humor sin tocar ciertas teclas, y especialmente en una serie como esta, que pretendía ser transgresora”.

     

    Carmen Machi se marcha

    Ofendidos a un lado, la serie seguía funcionando como un tiro cuando, a finales de 2008, Carmen Machi anunció públicamente que abandonaba Aída porque, según confesaría algún tiempo después, no había sabido gestionar la fama y necesitaba recuperar su vida.

    “[Carmen] era como la madre que dejaba a sus hijos volar. Se fue con todo el amor y era de esas personas que se van dejándote todo hecho y con una sensación de que no había que preocuparse, que todo iba a ir bien y que ella siempre estaría ahí”, recuerda Castillo.

    A los guionistas, que tuvieron muy claro desde el principio que el espectáculo debía continuar, se les ocurrió entonces sacar al personaje de Aída haciéndole ingresar en prisión por defender a su hija mayor, Soraya (Miren Ibarguren), que volvía a su barrio ocho años después de haberse marchado.

    Tal y como preveía el equipo de la serie, el resto de personajes fueron creciendo y se mostraron capaces de soportar el peso de la trama, pero parece ser que a los guionistas les costó encontrar el toque al personaje de Soraya. “Al principio, pensábamos en alguien más oscuro y nos atraía hablar en comedia de los malos tratos, denunciarlos y contar cómo puede superar una persona un trauma de esa magnitud”, confiesa San Román.

    “Nos funcionó a medias. La entrada de Soraya y la salida de Aída fueron muy potentes por jugar un conflicto de esa magnitud, pero cuando Soraya se quedó sola, el conflicto amainaba y, sinceramente, no se nos ocurrían buenas situaciones cómicas partiendo de la base de un trauma de violencia machista. Así que el personaje fue mutando a esa alegría autoritaria que luego se hizo tan elemental en la serie”, concluye.

     

    El final de Aída

    Es de justicia comentar que la audiencia siguió respondiendo bien durante un tiempo. Sin embargo, a partir de la sexta temporada hubo un descenso importante en su número de espectadores y el equipo comenzó a sentir que se agotaban los argumentos y que tocaba acometer la recta final de una serie que llevaba ya más de 200 capítulos y casi una década en antena.

    “Lo único que pedíamos era poder planificar el final con tiempo para dar un cierre a la altura de la serie”, apostilla San Román. “No queríamos ir haciendo capítulos y que, de repente, el último fuera con una trama de Mauricio y Chema peleando por dónde poner una fuente en el barrio y tener que meter con calzador un final artificial. Ese tiempo lo tuvimos, construimos un final coral que, en mi opinión, quedó muy bien, y ahora todos aspiramos a construir otra serie como ella que se recuerde incluso 15 años más tarde de su estreno”. Solo el tiempo, y quizás también Netflix, dirá si eso es posible.

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