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Por qué el final de ‘Juego de tronos’ no va a dejar contento a nadie (y eso está bien)

En la primera temporada le cortaron la cabeza al protagonista, no se puede decir que no fuéramos avisados

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15 de mayo de 2019

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS A MANSALVA DE JUEGO DE TRONOS]

Hace casi exactamente 6 años, dentro del episodio El ascenso, Ramsay Bolton (Iwan Rheon) torturaba sin piedad a su recién adquirido Hediondo, por nombre original Theon Greyjoy (Alfie Allen), y tras un amago de clemencia le decía, con una de sus inmensas y tenebrosas sonrisas en la cara: “Si crees que esto tendrá un final feliz, es que no has estado prestando atención”. Una frase que podía resumir por sí sola la esencia de Juego de tronos, la cual por entonces solo iba por su tercera temporada pero ya había podido demostrar sobradamente que las dinámicas habituales de la ficción mainstream no iban con ella.

Las palabras de Bolton han vuelto a la palestra tras el enorme impacto causado por Las campanas, penúltimo episodio de la serie de David Benioff y D.B. Weiss que ahora afronta su recta final en unos términos muy diferentes a los que habían esperado sus espectadores. En este capítulo nada salió como tenía que salir, y como resultado no sólo ha acabado llevándose la peor nota conseguida nunca por un episodio de la serie, sino que además le ha tocado aguantar un resentimiento que desde que los eventos de la serie superaron los de los libros originales escritos por George R.R. Martin no había dejado de crecer, pero que tras lo sucedido en Desembarco del Rey ha llegado a un culmen, con recogidas de firmas pidiendo que rehagan la temporada y todo.

O mucho tendría que arreglar las cosas el episodio final de la serie de HBO, o efectivamente el bastardo de Bolton tenía razón y esperar que Juego de tronos tuviera un final feliz siempre había sido propio de ingenuos. Lo cual ha llevado, por un lado, al ya reseñado odio, pero también a cierto sentimiento de soberbia entre quienes se esperaban algo así, y que despachan toda esta hostilidad con un relajado “es que no habéis entendido de lo que iba a la serie”. Y es verdad, la serie siempre fue la sorpresa, el giro inesperado. Pero quizá no sea tan sencillo, y el cabreo de los fans sea más culpa de los showrunners de lo que parece.

Breve historia del shock

Todo empezó con la muerte de Lord Eddard Stark, Ned para los amigos, Sean Va-A-Morir para los espectadores. Por mucho que la elección de Sean Bean supusiera algo así como un spoiler viviente sin necesidad de que lo revelara antes un lector de la obra de Martin, su ejecución en el noveno episodio marcó un antes y un después en la ficción televisiva. Por mucha lógica o inevitabilidad que hubieran sobrevolado este proceso, nada nos había preparado como espectadores para que el supuesto protagonista de la serie muriera antes de acabar la primera temporada.

Ned quiso hacer justicia en Desembarco del Rey amparándose en la sinceridad y un sentido del honor (el propio de los protagonistas de la fantasía heroica tradicional) que hicieron de él una víctima fácil para las malas artes de Cersei (Lena Headey). Ante este giro de acontecimientos, lo más normal habría sido pensar que Stark escaparía lleno de ira por su traición y trataría de plantar batalla a los villanos, acaso teniendo una muerte heroica en el proceso. Pero murió decapitado en el último momento frente a una turba de gente que le abucheaba, y entre cuyas filas estaba su hija Arya (Maisie Williams). Ocho años después la más joven de los Stark volvería a toparse con los habitantes de Desembarco del Rey, pero en una situación mucho más desafortunada para estos.

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Si Ned fue el aviso, la Boda Roja de la tercera temporada fue la constatación no ya solo del afán de los guionistas por matar Starks, sino de que las malas decisiones de los protagonistas de Juego de tronos debía llevarles siempre a su destino más coherente, por muy sangriento que fuera. Que el primogénito Robb Stark (Richard Madden) faltara a su promesa con los Frey y decidiera casarse por amor (otro sentimiento hermoso, puro, y totalmente desaconsejable en Poniente), sólo podía deparar en su asesinato a manos de los mismos Frey, y con él el de su madre.

No había dado tiempo para recuperarse de lo de Ned perdiendo la cabeza y la Boda Roja pasó a la historia de la televisión porque no le quedaba más remedio, al tiempo que el encomiable compromiso de los lectores de Martin por no revelar nada conducía a un shock multitudinario. Uno que, sin embargo, no tardaría mucho en evaporarse, y en dejar que los espectadores respiraran tranquilos. Ocurrió poco después del último gran infarto, con el asesinato de Oberyn Martell (Pedro Pascal).

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Repartamos las culpas

Existe una diferencia fundamental entre los capítulos de Juego de tronos que tenían las novelas de Martin para guiarse y los que debían volar por libre ateniéndose a sus ambiguas indicaciones, y esta no es una supuesta bajada de nivel en los guiones o el absurdo acelerón en los ritmos de la narración. En realidad, la diferencia es mucho más irónica, y se refiere a que, justo cuando Juego de tronos terminó de adaptar Danza de dragones (más o menos en torno a la quinta temporada), la serie se volvió tremendamente previsible.

Que esto sucediera cuando Benioff y Weiss tenían vía libre teórica para experimentar con sus personajes y tramas como buenamente quisieran es quizá lo que mejor acredita su incompetencia, pero tampoco hay que olvidar que fue justo en el ecuador de la serie cuando más gente se enganchó a ella, y se encontró con una ficción realmente espectacular llena de batallas multitudinarias y dragones que no lucían demasiado mal en CGI. Estrategias como las batallas en off de la primera temporada ya eran historia, y los guionistas podían contentarse con recoger lo sembrado y llevar la historia por los caminos más fácilmente transitables.

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Para esto se ampararon en resolver situaciones justo del modo que esperaban sus fans, como la cuestión del linaje del Jon Nieve (Kit Harrington) y su posterior idilio con Daenerys (Emilia Clarke), o el cultivo de puntuales golpes de efecto detallados expresamente por Martin. El origen de Hodor supuso, entonces, lo más cercano a la sorpresa que el público había experimentado tras la mencionada Boda Roja y una resurrección (la del mismo Jon) sin aparente finalidad dramática, pero sólo se trataba de un islote en medio de un océano sorprendentemente convencional.

La muestra más clara de esto es la aplaudida Batalla de los Bastardos, un encuentro bélico de una grandeza nunca antes vista en televisión, pero con una forma de entender la épica bastante inusual en los cánones de la serie. Donde anteriores eventos de similar hondura siempre habían contado con una contrapartida inquietante, confirmando que las cosas nunca eran tan sencillas como buenos contra malos (ahí estaba el intento de asesinato de Tyrion a manos de los suyos en Aguasnegras, o la muerte de Ygritte, de quien Jon se había enamorado, en la batalla del Muro), la lucha contra Ramsay era estrictamente maniquea, sin más sobresaltos que un asesinato a destiempo (el de otro Stark) para motivar a un Jon que tampoco es que necesitara mucho más para reclamar venganza.

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Por supuesto, cabría encuadrar la Batalla de los Bastardos como un necesario oasis dentro de las exasperantes dinámicas de la serie, pero es que los acontecimientos de Juego de tronos han tardado demasiado en despegarse de dicho oasis. La lucha contra los Caminantes Blancos, a fin de cuentas y pese a la larga espera que le había precedido, sólo sirvió para que diversos bandos (todos los formados por personajes más o menos sensatos) dejaran aparcadas sus diferencias e Invernalia reuniera a la práctica totalidad del reparto de la serie de cara a enfrentar en comandita la amenaza zombie.

El segundo episodio de esta última temporada se reducía a estos reencuentros y a frases conciliadoras como “No puedo creer que al final todos estemos defendiendo Invernalia”, de forma que el planteamiento de la siguiente batalla se plegara dócilmente a los presupuestos de la fantasía heroica tradicional, resumidos en un grupo indefenso de héroes luchando contra el mal. Un escenario que, nos pongamos que nos pongamos, es muy poco Juego de tronos, y que al final sólo acabó conservando algo del viejo sentido de la sorpresa gracias al modo en que el Rey de la Noche era derrotado.

De cara a los tres últimos capítulos y a ajustarse al plan de Martin, por tanto, era necesario que la serie volviera a sus esencias.

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En realidad todo estaba escrito

Juego de tronos lleva poco menos de la mitad de su andadura en manos de Benioff y Weiss, y construyéndose en base a cómo ellos creían que la serie podía adaptarse al final diseñado por el autor de la obra original. Salta a la vista, tras la emisión de Las campanas, que no lo han hecho muy bien, y no sólo por las quejas de cientos de fans entregadísimos, sino por el carácter de las quejas susodichas, que aluden a una tremenda incoherencia en los arcos de los personajes y a una chapucera búsqueda del efectismo. De modo que no, aquí no hablamos de haters, sino de un público sinceramente decepcionado.

El motivo cabe atribuirlo a cerca de cuatro años de los showrunners malacostumbrando al público y haciendo pasar por la serie que comenzó en 2011 algo que sólo se parecía remotamente a ella. Sin embargo, la ficción ahora vuelve a pertenecerle a George R.R. Martin, el ideólogo de la muerte de Ned, de la Boda Roja y del asesinato de Tywin Lannister (Charles Dance) en la letrina, y esto significa que, en las pocas horas que le quedan de vida, Juego de tronos no volverá a ser épica, ni espectacular, ni satisfactoria.

Y claro que ha sido decepcionante ver cómo Daenerys no podía sobreponerse a los genes Targaryen y se convertía en una genocida aún peor que Cersei. Claro que, en directa consecuencia, ha sido un bajón que con todo lo desarrollado en anteriores episodios, Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) dejara su redención de lado para volver junto a su amada hermana y morir en su compañía, sin profecía del valonqar que valiese. Como también fue decepcionante que, con todo lo que lucharon y demostraron ser leales y valerosos, los Stark fueran muriendo uno a uno.

Al final la historia de George R.R. Martin, mucho más cruel de lo que nos había dado a entender la catártica Batalla de los Bastardos o la providencial Batalla de Invernalia, no ha hablado de otra cosa en todo este tiempo que de la inmutabilidad del destino. Un destino siempre trágico, del que no pueden escapar sus personajes por mucho que sufran o muestren voluntad de cambiar, y por eso Las campanas termina con Arya volviendo a Invernalia tras apartarse a tiempo de ese sendero de autodestrucción al que le llevaba la venganza. Porque es una Stark, y no puede olvidar que lo es por muchas caras que se ponga encima.

Como Juego de tronos no puede olvidar que es Juego de tronos o que, más bien, ahora es Canción de hielo y fuego. Tras los intentos de Benioff y Weiss por apartarse de este referente tan oscuro y poco comercial, al final han cedido, y en lo que viene no habrá ni aplausos ni finales felices. Sólo ira, frustración y, por supuesto, el shock. El shock que ha vuelto por fin.

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