Por - 19 de noviembre de 2015

Es inútil añadir nada más a la brillante exposición y puesta en práctica que hacía Infiltrados en la universidad (Phil Lord & Chris Miller, 2014) de la teoría mercadotécnica de Hollywood sobre las continuaciones de películas de éxito: “Haced lo mismo que la otra vez. Todo el mundo quedará contento”. Un patrón al que Zoolander 2 se adhiere con seguridad, convirtiendo casi cada elemento, situación o gag aislado de la primera Zoolander (Ben Stiller, 2001) en punto clave que repescar para darle una pequeña vuelta de tuerca 15 años después.

Señalar la distancia temporal es importante, pues Zoolander 2 pertenece al grupo reciente de secuelas tardías de comedias que fueron imprescindibles como definición de cierta sensibilidad humorística y ahora han contado otra vez con sus responsables originales detrás y delante de las cámaras -aquí, Ben Stiller, Owen Wilson Will Ferrell; de nuevo con Stiller en la dirección y al guión junto a John Hamburg, más la colaboración en esta ocasión de Justin Theroux Nicholas Stoller- pero han optado por, como decíamos, tocar las mismas teclas que ya descubrieron en vez de aprovechar para ampliar su ambición creativa. Sin caer en la inercia desalentadora de Dos tontos todavía más tontos (Peter & Bobby Farrelly, 2014) pero tampoco lanzándose a la interesante anarquía retroalimentada de Anchorman 2 (Adam McKay, 2013), la nueva entrega de las descerebradas aventuras del supermodelo mononeuronal Derek Zoolander se queda en un término medio continuista. Es decir, más de lo mismo. Lo que, cuando los chistes funcionan (y muchos impactan con la fuerza de una Magnum), es genial.

Ahora bien, conviene recordar que el estatus “de culto” de la primera Zoolander se construyó en gran medida sobre la revisión doméstica y reapropiación activa de su sátira indecente de todas las banalidades hiperbólicas del mundo de la moda y la fama. Un matiz recogido de forma magnífica en Zoolander 2 mediante el personaje interpretado por Kyle Mooney, el diseñador Don Atari, un hipster actual ahogado en la visión irónica de todo y obsesionado con el revival retro de lo ocurrido hace 15 minutos. Es una lástima que la película no dé más cancha a ese aspecto, como a la genial Kristen Wiig (¡qué silabario!; y pobres quienes no la vean en versión original) y una entregada Penélope Cruz. Oportunidad perdida no seguir esa senda -enfrentar a dos residuos de la cultura pop de los 90 como Derek y Hansel (siempre lo más) al panorama actual; sinceramente, ante los desfiles de Rick Owens poca sátira cabe ya-, en vez de convertirse en una repetición forzosa de la primera película. Qué se le va a hacer, la moda siempre vuelve.

 

Aunque no alcance el embrujo de una Magnum, Zoolander conserva la eficacia de una Acero Azul. O Ferrari, o Le Tigre.

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