Por - 05 de junio de 2019

A estas alturas, casi nadie lo recuerda, pero es un hecho: el estreno de X-Men (2000) fue el pistoletazo para la fiebre de Hollywood por los superhéroes. Es una lástima, pues, que ese filme (y su muy superior continuación, X-Men 22003–) quedasen barridos de la conciencia colectiva por las bat-películas de Christopher Nolan, primero, y después por la marea Marvel.

Pero lo que de verdad da pena y rabia es la caída en picado de la franquicia a partir de la nefasta X-Men: La decisión final (2006). Ha habido excepciones, algunas muy divertidas (X-Men: Primera generación, 2011) y otras muy buenas (Logan, 2017), pero uno tiene presente la sensación que le produjeron tanto X-Men: Días del futuro pasado (2014) como X-Men: Apocalipsis (2016). Y esa sensación no es agradable.

Simon Kinberg, director de X-Men: Fénix Oscura, debe de haber experimentado un regomello similar. Al fin y al cabo, él tuvo que aguantar que Brett Ratner hiciera astillas su guion para La decisión final, hace 13 años. Ahora, Kinberg se ha puesto tras la cámara para resarcirse de aquello, pero las circunstancias han vuelto a hacerle la jugarreta. Y esta vez las circunstancias llevan orejas de Mickey Mouse.

La compra de Fox por parte de Disney y el estreno de Capitana Marvel han obligado a rodar de nuevo varias escenas clave de Fénix Oscura. Esos parches se notan muchísimo, y empeoran el conjunto. Pero a uno le queda la impresión de que, aunque no los hubiese sufrido, esta película se vería igualmente incapaz de hacerle justicia a sus referentes.

Al igual que La decisión final, el filme de Kinberg adapta La saga de Fénix Oscura (1979-1980), el arco argumental más célebre de la historia mutante. Una historia que hoy en día resulta discutible en algunos puntos (sus políticas de género, claro) pero que mantiene su vigencia tanto visual como narrativa. Hablamos de la historia de una mujer (Jean Grey, aquí Sophie Turner) que, tras haber sido infravalorada y manipulada por los hombres, desata su frustración mediante un flamígero y cósmico cabreo. Ojalá su homónima de cine hubiera sabido transmitir el fondo de ese relato y, a la vez, renovarlo. Pero no es así.

No puede ser así, para empezar, porque la puesta de escena y el montaje del filme se ven estrangulados por su artificiosa solemnidad. Unas pretensiones subrayadas por la BSO de un Hans Zimmer en modo ‘marcha fúnebre’. Ante el enésimo plano en claroscuro, ante la enésima melopea de cuerdas graves, uno acaba echando un poquito de menos Apocalipsis y sus colorines de plastiquillo.

En cuanto al apartado dramático, es igual de desolador, con el reparto dividido entre aquellos que hacen lo que pueden (James McAvoy, Nicholas Hoult) y aquellos que, como Michael Fassbender y Jennfier Lawrence, no disimulan su impaciencia por cobrar y largarse. Cómo culparles, cuando el guion de la cinta conoce una única forma de avanzar (a trompicones) y un único registro de diálogo (el explicativo).

A todos los efectos, Fénix Oscura será la despedida de los X-Men hasta que Marvel decida incorporarlos a su universo cinematográfico. Debido a esto, uno llega al final de la película con una tristeza que no viene solo dada por su falta de bríos o su torpeza: la cinta podría haber sido un adiós enérgico, tan lleno de pasión como su protagonista. Pero, en lugar de eso, queda como el último chispazo de una llama que se apagó hace años.

El último chispazo de los mutantes es una triste despedida para la franquicia.

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