Por - 16 de abril de 2019

Desde hace un tiempo, la construcción del relato se ha convertido en una obsesión por parte de buena parte de la sociedad, sobre todo de aquellos que tienen una función académica y de investigación o desarrollan labores de interpretación de la historia para aclarar cuestiones de nuestro presente. En este sentido, Vitoria, 3 de marzo es un documento esencial que trata de arrojar luz y documentar la muerte de cinco trabajadores durante unas jornadas de protesta obrera y huelga que tuvieron lugar en el capital alavesa solo unos meses después del fallecimiento de Franco. Otra vez a vueltas con la Transición (tan manoseada como agotada) pero a través de un hecho de esos que la historia ha preferido no recordar, en favor de pactos y movimientos de conciliación que se han preferido subrayar. Lo que aconteció en la Iglesia de San Francisco de Asís del barrio de Zaramaga en Vitoria tuvo como protagonistas a un grupo de obreros por un lado, las fuerzas de seguridad por otro y a algunos políticos muy populares que luego formaron parte de la historia democrática.

En este entorno, el debutante Victor Cabaco, a partir de un guion sólidamente construido por Héctor Amado y Juan Ibarrondo, traza varias historias que convergen en torno a esa parroquia y que tienen como marco y contexto sentimental e histórico los hechos reales. El director acierta a tratar visualmente la película de una manera que permite que el material de archivo conviva (y se complemente) con la ficción de una manera natural, sin que parezca forzada, mientras se van puntuando los hechos con canciones de la época de Paco Ibáñez o Lluis Llach. En especial destacan los testimonios grabados de las conversaciones entre los miembros de las fuerzas de seguridad y sus responsables, mientras deciden cómo van a intervenir en la iglesia donde se está celebrando la asamblea obrera. A pesar de desfallecer por momentos en su intensidad y en su ritmo, lo que consigue Vitoria, 3 de marzo es convertirse en un valioso ejemplo de cine político, realizado desde el compromiso con la realidad, con la historia, y también con los protagonistas que murieron por defender sus condiciones laborales.

Su valor como documento histórico y de denuncia de una atrocidad compensa cierta falta de ritmo narrativo