Por - 16 de abril de 2019

Primero, un comienzo prometedor. Después, un cénit no exento de tropezones, pero fuente de varios blockbusters estimulantes y ‘distintos’. Y una última etapa que (según amenazan películas como Black Panther y Capitana Marvel) nos hará añorar, y mucho, los años de inocencia original. Al igual que ocurrió en los cómics, hace ya décadas, Marvel está cruzando ahora mismo en el cine la frontera entre lo rompedor y lo adocenado. De ahí que Vengadores: Endgame resulte tan conmovedora: además de ser un peliculón de pleno derecho, la película de los hermanos Russo supone una invitación a volver la vista atrás y pensar que, aunque lo que nos espera tenga visos de ser un bajón, esta década de aventureros con disfraz ha valido la pena.       

El mejor elogio que puede hacérsele a Endgame es que apenas se parece en nada a su predecesora Vengadores: Infinity War, salvo en una cosa: si aquel filme parecía un híbrido de varias películas amalgamadas entre sí (al menos una de ellas, estupenda; al menos otra, soporífera), el que nos ocupa amplía esa impresión hasta lo ciclópeo, combinando premisas, tramas y matices incompatibles en apariencia hasta formar con ellos un monstruo tan desparejo como adorable y, a veces, exultante. A ojo de buen cubero, uno diría que en ella se dan cita un drama intimista sobre la pérdida, una comedia descacharrante, una historia de robos perfectos y una reflexión agridulce (a la par que cinéfila: los guiños a otras películas, bien visuales, bien de palabra, son en ella legión) acerca de perder y recuperar oportunidades en la vida.

A esto habría que sumar el autohomenaje que Marvel se propina a sí misma, algo que resultaría cargante de no ser porque esa clase de rimbombancia irónica fue consustancial a los mejores años de la casa en viñetas. Ah, y también una película de acción. La cual, si bien tarda en llegar, acierta allá donde Infinity War la fastidiaba: en el gran momento épico de Endgame, que se prolonga durante casi una hora, sí que hay personajes (y lo más importante, ideas) como para llenar una splash dibujada por George Perez.    

Tamaño salto mortal es, por fuerza, irregular, y ningún jurado le daría un 10 perfecto. Pero, ¿sabes qué? Que eso lo vuelve todo aún mejor. Algo evocado en el propio guion, porque una de las virtudes más encantadoras de la cinta es cómo nos muestra a sus protagonistas más rotos y más imperfectos que nunca para después, poco a poco, recomponerlos y acrecentarlos hasta magnitudes que sorprenderán a muchos y que nos ponen en contacto con ese venero mitológico que el género de superhéroes canaliza en sus mejores momentos.

Una pena, pues, que el subidón resultante vaya a ser forzosamente transitorio. En un mundo perfecto, el tono celebratorio de Vengadores: Endgame no correspondería solo a un fin de ciclo o un aniversario, sino también a una decisión sabia: “Hemos hecho algo que nadie creía posible y lo hemos hecho bien: es hora de dar la misión por cumplida”, pensarían los ejecutivos de rigor. Pero, en nuestro universo, hay un poder más arrasador que las Gemas del Infinito, y su nombre (por si alguien lo dudaba) es “codicia”.

Una locura desbordante, una celebración llena de vida y una despedida conmovedora. En un mundo perfecto, sería la última película de Marvel.

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