Por - 09 de diciembre de 2015

Colocar el futuro postapocalíptico de Turbo Kid en 1997 parece toda una declaración de intenciones. ¿Quién quiere entrar en la era digital cuando puede seguir revisando su colección de películas en VHS? A ese revoltijo de títulos que nacieron para alimentar pasillos y estanterías en videoclubes de barrio rinde tributo esta producción canadiense-neozelandesa. Fruto de una colisión frontal entre Los bicivoladores, Mad Max, Masters del universo, episodios de los Power Rangergs y una lista incontable de videojuegos de 8 bits, Turbo Kid muestra desde el primer momento que es un producto hecho con un enorme cariño y nostalgia por y para fans. Como King Fury, pero con más logica narrativa, igual presupuesto y menos desmadre digital. Lo que viene siendo una de esas películas con las que la chavalada de Sitges se vuelve completamente loca. De hecho, llega a la cartelera como parte de un ciclo itinerante promovido por el festival, donde aterrizó este año.

Lo que toca por lo tanto es relajar un poco el criterio y celebrar cada uno de los guiños y ocurrencias del trío director detrás de Turbo Kid, que da en el clavo trasladando su impresión de esa época de bicicross, videoconsolas y walkmans –ahí emparenta con Guardianes de la galaxia; a este paso acabarán con los iPods– y rescatando como villano en guardia permanente al mismísimo Michael Ironside. Alguna sorpresa alegra este retrodisparate, pero lo más gozoso es reencontrarse con los clichés de unas películas de aventuras que ya prácticamente sólo se pueden disfrutar echando la vista atrás.

La película que habrías querrido que existiese cuando tenías 11 años: 'Mad Max' con bicis.