Tres recuerdos de mi juventud

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Por - 23 de mayo de 2016

“Existes con fuerza. Como una montaña”. Si esta no es la mejor declaración de amor (de amour fou, extático, desgarrado y apasionado hasta el disparate; el único que vale la pena, en definitiva) que se ha escrito, escenificado y filmado, sin duda puntúa tan alto como Johnny Guitar y pocas más. Es uno de los muchos momentos de puro arrebato emocional que contiene el filme con el que Arnaud Desplechin, uno de los más generosos trapecistas narrativos del cine actual, ha recuperado a los personajes de su tercer largo, Comme je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996), para hacer una pirueta que contenga tanto su vida actual como los antecedentes de la película donde los conocimos.

Paul Dédalus, el atribulado antropológo interpretado por Mathieu Amalric con su irresistible naturalidad habitual, nunca ocultó su condición de álter ego del cineasta francés, desde ese apellido compartido por el artista adolescente de Joyce hasta una construcción dramática pareja a la de su modelo: Antoine Doinel. Así pues, lo que propone el ejercicio de rememoración de Tres recuerdos de mi juventud es bucear en el pasado del personaje y, a la vez, dentro del cine anterior de Desplechin, abordando un trío de anécdotas infantiles y adolescentes desde los parámetros de sus primeras películas y con distinta cantidad de tiempo para dedicar a cada una. Hay un primer episodio de exacerbada locura materna, al filo del artificio, donde se invocan los impulsos de La vie des morts (1991); el segundo es un breve relato de espionaje enmarcado dentro de la recreación de una escena de La sentinelle (1992); por último, el tercero ocupa más de dos tercios de la caudalosa duración del filme con la relación de amor físico y epistolar entre Paul y Esther, la parte carnosa de la memoria y sobre la que pivotarán el resto de experiencias y decisiones vitales del protagonista.

La capacidad excepcional de Desplechin como narrador hace que sus torrentes de imágenes y diálogos siempre fluyan con espontaneidad, contagiando la naturalidad de los intérpretes. Verbo, actuación y puesta en escena forman en su universo un todo igual de indivisible que la terna literatura-cine-vida que comparte con Truffaut. Para las versiones juveniles de Paul y Esther (encarnada por Emmanuelle Devos en 1996) ha dado con dos debutantes (Quentin Dolmaire y Lou Roy-Lecollinet) a los que filma con tal intimidad, entusiasmo y erotismo que eleva su gestualidad, besos y lágrimas a cámara al estatus de monumentos al cine y todas las historias de amor que nos ha contado y facilitado (re)vivir.

El tiempo recobrado de Arnaud Desplechin, tan torrencial y sabroso como las lágrimas al recordar un amor.