Por - 23 de julio de 2010

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EN UNA ENTREVISTA A JOHN LASSETER le preguntaron sobre la dificultad de humanizar objetos. “Lo primero que hay que pensar”, contestó, “es para qué sirve esa cosa, así sabremos qué le hace feliz. Si es una botella, por ejemplo, cuando esté llena de agua estará contenta y a medida que se vaya gastando irá angustiándose, hasta el punto de deprimirse cuando se vacíe”. En Toy Story 3 los juguetes se enfrentan a una situación similar. Andy, un niño en las anteriores entregas, se ha hecho mayor, está a punto de marcharse de casa y tiene que tomar una decisión: ¿qué hace con Woody, Buzz y compañía? Entre tirarlos a la basura –¡asesino!– o jubilarlos de por vida guardándolos en el trastero, surge una alternativa, donarlos a una guardería, que parece satisfacer a todos: sin dueños a los que echar de menos pero siempre con niños con los que jugar y sentirse felices, útiles. Sólo Woody, con un vínculo más fuerte a Andy, ve inconvenientes donde los demás encuentran un retiro dorado.

Toy Story 3 podría haber sido la película más triste de Pixar, superando el inicio a lo Bambi de Buscando a Nemo o el vida-clip de los Fredricksen en Up. Esta tercera parte es, al fin y al cabo, una despedida en toda regla. Y no cualquier despedida: los que se marchan son los personajes más queridos del estudio, los Mickey y Donald de John Lasseter. Sin embargo y gracias a un guión vibrante, con resoluciones de conflictos y subtramas que lo hacen ejemplar, no hay ni un solo momento lacrimógeno, ni siquiera melancólico, en una película que apuesta por la acción, el humor y la naturalidad también cuando toca tratar temas espinosos como la ira. La gente de Pixar son los tipos a los que querrías tener cerca cuando tu hijo te pregunte de dónde vienen los niños y a dónde se van los viejos.

Si el nuevo escenario de la guardería es una mina para dar lugar a situaciones inéditas en la saga, los personajes nuevos son geniales del primero al último. Incluso los que tienen un peso mínimo –el teléfono de juguete confidente, el mono con platillos, ese erizo con ínfulas teatrales–
están dibujados con un trazo tan claro y personal que es difícil no salir del cine queriendo llevarte uno a casa. De entre todos, brilla con el resplandor del plástico nuevo Ken, el muñeco metrosexual que le habría gustado ser a Derek Zoolander. Robaescenas es poco.

Con alguna similitud a la trama del coleccionista de Toy Story 2, es más fácil relacionarla por su tono siniestrillo con Monstruos S.A. ¿No es esa niña a la que asustaban Mike y Sulley la misma que hereda los juguetes de Andy? No sería, al margen de los habituales guiños para los cazadores de detalles, el único autohomenaje que se hace Pixar. En Toy Story 3 se recupera
(y multiplica) al bebé que no sabía jugar del corto Tin Toy, la recurrente amnesia de Buzz –muy latin lover, como Banderas en El Zorro– o las peligrosas y tecnificadas cadenas de montaje de Wall•E. Todo encaja con naturalidad, y Woody y los suyos, que ya lo habían hecho fuera de los cines, se ganan la vida eterna en la película. Si esto no es orgullo de juguetero, que venga Gepetto y lo vea.

MANUEL PIÑÓN

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