Por - 25 de septiembre de 2017

De entre todas las razones por las que daba rabia ver a Thor convertido en vagón de cola del Universo Marvel, la más incordiante era la cantidad de oportunidades desaprovechadas que ofrecían sus cómics. Aunque tan irregulares como es habitual en el formato, las aventuras dibujadas del hijo de Odín han rebosado de hallazgos, sobre todo cuando las escribió y dibujó Walt Simonson: cuatro años de tebeos en los que convivieron la erudición y el fino cachondeo, las ranas de Central Park y los versos escáldicos, y que ni un Kenneth Branagh más perdido que el barco del arroz ni un Alan Taylor maniatado hicieron justicia (el segundo, al menos, lo intentó). Pero hete aquí que surgió el milagro, y el milagro se llamó Guardianes de la galaxia. Merced a dicho portento, el caudillo Kevin Feige coligió que la solución para rentabilizar a Chris Hemsworth y a su martillo podía estar en el humor autoparódico, combinado con el conocimiento y el disfrute de las viñetas originales. Así pues, la elección de Taika Waititi como director de Thor: Ragnarok parecía ideal: en sus obras anteriores (especialmente, Lo que hacemos en las sombras) este cineasta demostró que podía hilar gags mientras dispensaba guiños para connoisseurs sin patinar y, lo más importante, sin espantar a los no iniciados. Ahora, quienes se pregunten si ese enfoque ha sobrevivido a la trituradora industrial de Marvel tienen una respuesta: Waititi sale bien librado… casi siempre.

Para empezar, Thor: Ragnarok se beneficia de un riguroso ayuno de CGI. Si bien la película no destierra los píxeles, sí los raciona lo suficiente como para que su reparto no muestre esa carita de lástima que se les queda a los actores cuando pasan muchas horas frente a una pantalla verde. Debido a ello, algunos rostros de la franquicia aparecen más desinhibidos que nunca. Hablamos de los habituales Hemsworth, Tom Hiddleston y Mark Ruffalo, así como de un Jeff Goldblum de boatiné, pero, sobre todo, de un Anthony Hopkins que se marca en breves minutos un ‘para lo que me queda en el convento’ de manual. Y aquí llegamos a lo que duele: mientras ofrece caramelos a algunos de sus protagonistas (el viacrucis de Ruffalo entre máscaras de Hulk es maravilloso) y dispensa collejas hilarantes (Natalie Portman también recibe, bien sûr), la cinta deja que los talentos de Cate Blanchett y de Karl Urban se le escapen de entre los dedos. Porque, si bien la australiana solo tiene que poner morritos y musitar “Oh, darling…” para arrasar, su paisano habría necesitado tiempo y buenos diálogos, cosas ambas de las que carece.

Algunas comedias irritan por pasarse de listas. Otras, como esta, por no ser tan listas como deberían. Thor: Ragnarok es la mejor entrega de su serial, pero uno ignora si no llegó a ser una gran película (a secas) debido a sus firmantes o a esa presencia ominosa que anida en ciertas salas de montaje. Sospechamos que se trata de lo segundo. Aun así, nos quedan su uso del color, sus desacomplejados platós de plastiquillo y su forma de cachondearse de los tópicos del estudio, de la presión de los fans y de las trampas de la fama. Eso ya es algo.

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