The Rider

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Por - 13 de septiembre de 2018

De una película ambientada en el mundo actual del rodeo cabría esperar algo parecido a una reflexión sobre la figura del cowboy, pero The Rider evita ese tipo de grandes cuestiones. Pese a su detallada mirada a cierta América anclada en el pasado, la película apenas escarba en los restos de una cultura en extinción. Filtrada por el enfoque modesto e íntimo de la directora Chloé Zhao, en cambio, la soledad del héroe del western se concreta aquí en la vergüenza de un joven incapaz de seguir haciendo aquello sobre lo que ha construido toda su identidad; en, dicho de otro modo, un retrato de masculinidad en crisis en una comunidad de miras estrechas y tradiciones claustrofóbicas.

Inspirada en la vida real de su intérprete protagonista, Brady Jandreau –su propia familia encarna a la familia del personaje–, la historia de este jinete que quiere pero no puede volver a cabalgar resulta en un relato narrativamente convencional y no particularmente dotado de hondura psicológica. En lugar de enfatizar el sentido de realismo consustancial a la premisa, Zhao prefiere convertir a su héroe en una presencia lacónica y afligida a la que envuelve de diálogos que sobreexplican el dilema central y de simbolismos algo toscos. Por otra parte, eso sí, The Rider posee una sensibilidad abrumadora que armoniza con elegancia las de Terrence Malick, Kelly Reichardt y John Cassavetes. Zhao observa a sus objetos de estudio con atención, reacia a mostrarse condescendiente con ellos o a romantizarlos; capturando el paisaje en todo su esplendor, pero sin reducirlo a una colección de postales, para ilustrar el férreo vínculo que estos vaqueros mantienen con la tierra; y, en última instancia, demuestra con elegíaca elocuencia que solo hay una cosa más solitaria que un llanero: un llanero sin caballo.

Chloé Zhao suple su falta de ambición con un derroche de sensibilidad que recuerda a Terrence Malick, Kelly Reichardt o Cassavetes.