Por - 04 de julio de 2016

“Quien se somete, domina”: he ahí la verdad última del sadomasoquismo, al menos sobre el papel. E. L. James (Cincuenta sombras de Grey) no entendió esta máxima ni por asomo, la Maggie Gyllenhaal de Secretary le pillaba el tranquillo enseguida y Fassbinder (véase Las amargas lágrimas de Petra von Kant) supo verle su lado más terrorífico. Por su parte, Peter Strickland la usa para exponernos una incómoda realidad aplicable a cualquier pareja, con o sin latigazos: moldearse a uno mismo según los deseos de la persona amada es condenarse al sufrimiento, aunque –en teoría– sea uno el encargado de hacer sufrir. O, si se prefiere, de tomar la iniciativa.

Al igual que en su anterior Berberian Sound Studio, Strickland camufla sus intenciones con un ejercicio de estilo retro: el propio director ha hablado de Jess Franco (cinemaníaco insigne), y a ese nombre podrían añadirse otros tantos, desde Valerie y su Semana de las Maravillas hasta el experimental Stan Brakhage. Pero, ojo, ahí también hay trampa: ya sólo la BSO de Cat’s Eyes, que bien podría ser ultramoderna o una joya perdida de los 70, daría para una disertación sobre lo recursivo en la cultura pop. Una perversidad más para un filme que, si bien puede resultar cansino por su insistencia en el ritual y la rutina, también resulta muy tierno, y muy desolador.

Tremendo relato surreal de una pareja en descomposición: los azotes y las cuerdas no son lo que más duele.