Soy leyenda

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Por - 21 de diciembre de 2007

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Rubén Romero

A PRIORI, LA COSA PROMETÍA: Will Smith, el gran héroe afroamericano, daba la réplica a Charlton Heston, el gran machote caucásico, el presidente de la Asociación del Rifle, que encarnó al héroe de la novela de Richard Matheson en El último hombre… vivo (Boris Sagal, 1971). A posteriori, ni se aborda este hecho y, lo que es peor, ni siquiera entretiene. Vaya por delante que espectacular, la película lo es, y mucho, y que tiene dos de los mejores sustos de lo que llevamos del año, pero nada da más miedo que la dirección de Francis Lawrence. En su predecesora, el blanquito Neville mendigaba por un Los Ángeles árido, desértico y de luz cegadora. El Nueva York del negrito Neville es un vergel a lo El lago azul. De hecho, los primeros veinte minutos del filme son uno de los ejemplos más vergonzantes de product placement que se haya podido contemplar en una sala de cine. Se entiende el porqué de su navideño estreno. Tantos enemigos encuentra Will Smith en la producción, que hasta los rabiosos malos pierden empaque y dan más risa que otra cosa. En El último hombre… vivo, La Familia, el grupo de integristas enfermos que acosaba sin descanso a Neville, estaba encabezada por Anthony Zerbe, nihilista sumamente inteligente, que obligaba a plantearnos el debate de los límites de la ciencia, así como el del poder del miedo como pegamento de la cohesión social. Los animalillos despeluchados que acosan a Smith sólo conducen a encajar de mala manera una reflexión teológica estilo Domund. Un apunte final. En el filme de 1971, Neville pasa su tiempo libre intentando rescatar lo poco que queda de arte en la ciudad devastada: pianos, cuadros, bustos… El Neville de 2007 se sabe de memoria Shrek y está orgulloso de su exprimidor Starck. Juzguen ustedes mismos.