Slow West

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Por - 16 de octubre de 2015

El western es paisaje extremo, el mito de la frontera, la amenaza de la violencia y una pareja de renegados en busca de un botín que los redima. También una casa acorralada por los tiros. En Slow West, la puesta de largo del escocés John Maclean (los indies melómanos reconocerán su nombre: fue miembro de The Beta Band), esos elementos se conjugan en la enésima vuelta de tuerca de un género que de un tiempo a esta parte ha ido ganando en flexibilidad, riesgo y aventura para la cinefilia toda vez que nombres tan diversos como Jim Jarmusch, los Coen o Quentin Tarantino lo han moldeado según su mirada. La visión de Maclean se sitúa entre unos y otros, entre el ritmo del primero, los personajes grotescos de los otros y el relato referencial del último, sin miedo a ser extranjero en un terreno quintaesencia de lo estadounidense. Al fin y al cabo, el país de las barras y estrellas fue poblado por colonos del viejo continente, desde jóvenes soñadores que apuntan su pistola hacia las estrellas a la caza de un romance en fuga como Jay (Kodi Smit-McPhee), a pistoleros desarraigados como Silas –un sobresaliente Michael Fassbender en su ya tercera colaboración con Maclean tras los cortos Man on a Motorcycle (2009) yPitch Black Heist (2011)–, y no cabe duda de que en sus parajes aún hay cabida para muchos otros foráneos. A ellos, y de cara a sobrevivir en una odisea de tal calibre, Maclean les ofrece un señor manual de instrucciones y muchas balas de economía narrativa, humor negro y salvajismo.

El western es paisaje extremo, el mito de la frontera, la amenaza de la violencia y una pareja de renegados en busca de un botín que los redima. También una casa acorralada por los tiros. En Slow West, la puesta de largo del escocés John Maclean (los indies melómanos reconocerán su nombre: fue miembro de The Beta Band), esos elementos se conjugan en la enésima vuelta de tuerca de un género que de un tiempo a esta parte ha ido ganando en flexibilidad, riesgo y aventura para la cinefilia toda vez que nombres tan diversos como Jim Jarmusch, los Coen o Quentin Tarantino lo han moldeado según su mirada. La visión de Maclean se sitúa entre unos y otros, entre el ritmo del primero, los personajes grotescos de los otros y el relato referencial del último, sin miedo a ser extranjero en un terreno quintaesencia de lo estadounidense. Al fin y al cabo, el país de las barras y estrellas fue poblado por colonos del viejo continente, desde jóvenes soñadores que apuntan su pistola hacia las estrellas a la caza de un romance en fuga como Jay (Kodi Smit-McPhee), a pistoleros desarraigados como Silas –un sobresaliente Michael Fassbender en su ya tercera colaboración con Maclean tras los cortos Man on a Motorcycle (2009) yPitch Black Heist (2011)–, y no cabe duda de que en sus parajes aún hay cabida para muchos otros foráneos. A ellos, y de cara a sobrevivir en una odisea de tal calibre, Maclean les ofrece un señor manual de instrucciones y muchas balas de economía narrativa, humor negro y salvajismo.

Amar y morir en la frontera entre el western de los Coen y Jarmusch.

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