Por - 24 de agosto de 2015

La Guerra contra las drogas estadounidense suele ser vista por el cine como una interminable serie de barbaridades, cometidas principalmente por los cárteles mexicanos. Casi ninguna de esas películas se plantea cuestiones de fondo, y tampoco Sicario tiene mucho que aportar al debate más allá de su constatación de algo –los métodos de quienes persiguen a los narcos no son limpios– que muchos considerarán perogrullada.

Al margen de esa laguna, la nueva película de Denis Villeneuve muestra una capacidad casi prodigiosa para generar amenaza y hasta terror mientras cruza en ambos sentidos fronteras tanto geográficas como morales. En ese sentido es idóneo que la agente del FBI que la protagoniza, fabulosamente encarnada por Emily Blunt, no tenga experiencia en el mundo de los carteles; eso la convierte en espejo de nuestra propia ingenuidad. Ella hace preguntas en nuestro nombre y, a través de sus oscuros tutores –Josh Brolin y Benicio del Toro, turbadores–, la película se empeña en esquivarlas.

De hecho, durante la primera mitad de su metraje resulta complicado entender qué sucede exactamente en Sicario, y si le seguimos el ritmo es más que nada porque a estas alturas ya hemos visto unos cuantos policiales. En todo caso, de eso se trata: el tema principal aquí es la confusión y la frustración que estar a oscuras provoca. Por eso Villeneuve deja claro que entre quienes defienden la ley y quienes la violan no hay grandes diferencias –a ratos, reconózcase, de forma demasiado explícita–, al tiempo que se hace una pregunta: ¿es pertinente preocuparse por la legalidad de los métodos usados para mantener el orden, o por la moralidad de las armas empleadas? Quien decida que sí lo es, sostiene el filme, deberá vigilar por dónde anda.

Asimismo, Sicario sostiene que, si EE UU ha perdido su contienda contra los carteles –algo asumido por ambos bandos–, es en buena medida porque el fin de la misma significaría también el fin de una serie de sistemas que necesitan ser alimentados. Es, pues, un relato sobre el precio de librar batallas vanas; al menos durante sus dos primeros tercios, hasta que se rinde a los menos estrictos requerimientos del cine de acción, y lo que empezó como una crítica de la violencia empieza a parecerse a un mero manejo de la misma. Tarea esta última en la que Villeneuve, eso sí, se muestra particularmente experto.

Porque, por encima de todo, Sicario es un ejercicio prolongado de creación de tensión. Cada momento, de la primera escena a la última, está lleno de suspense. Imposible recordar la última vez en la que contemplar un atasco –y no una persecución– nos puso tan nerviosos. Villeneuve orquesta las secuencias de acción desplegando una comprensión total del espacio, de lo rápida y repentina que transcurre la violencia y de lo erróneo que es fiarse de alguien o algo. Confirmado ya como retratista ejemplar de los más lúgubres paisajes humanos, se las arregla para mantenernos dos horas con los músculos duros como piedras y la ansiedad por las nubes. Que cada cual decida si lo que necesita después de ver Sicario es un masaje o un ansiolítico.

Denis Villeneuve confirma que tiene mano de santo para generar tensión y retratar lados oscuros.

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