Por - 25 de noviembre de 2018

Roma produce un sentimiento casi de profanación de la intimidad más sagrada mientras espiamos a través de delicados movimientos de cámara y largos planos secuencia la cotidianeidad de Cleo, una joven indígena que trabaja para una familia acomodada en el México de principios de los años 70. La seguimos cuando se levanta para despertar a los niños, cuando recoge mesas y cumple tareas, limpia cacas de perro y mira aviones en el cielo. Todo ello bajo un manto evocador e hiperrealista en blanco y negro que nos abstrae, que demuestra que la belleza del cine puede consistir en la rutina sin artificios.

Alfonso Cuarón vuelve a Roma, el barrio donde creció, en su película más diferente y personal, una carta de amor y desamor, por momentos tierna, por momentos crítica, siempre intimista y desgarradora, a su familia y a su país. Lo hace poniendo el foco sobre el día a día de esa criada (sobresaliente trabajo de la actriz no profesional Yalitza Aparicio) que trabaja en un hogar, el suyo. Cleo se perfila sutilmente como la erosión sociopolítica de México, como un reflejo del machismo, la división de clases o el racismo contra los indígenas. Pero también como el amor desinteresado hacia esos niños que cría como si fueran suyos, como la bondad, el perdón y la humildad. Cuarón encuentra calma en la violencia, sutileza en un mar revuelto a punto de tragarse una vida, esperanza en un terremoto. También recoge el retrato de un contexto histórico entre cuatro paredes. Y, de repente, asistimos maravillados a la poesía visual de unas sábanas tendidas, temblamos sobre una camilla que nos conduce por los pasillos de un hospital abarrotado. Una protesta estudiantil nos sorprende en una tienda mientras los paramilitares abren fuego. Cotidiana, sin pretensiones, bella en su crudeza, cruda en su sosiego, Roma es pura verdad, es cine en mayúsculas.

Una carta de amor y desamor en blanco y negro a una familia y a la historia de un país. Roma es pura verdad, cine en mayúsculas.