Por - 30 de julio de 2019

Se le antojan a uno extrañas conexiones mientras ve películas. Rojo, densa, abrupta, muy elegante paranoia sobre el advenimiento de la dictadura argentina, sobre el concatenado de inmoralidades, cegueras, olvidos colectivos que llevaron al país a un desastre. Todo concentrado en la figura de un abogado superado por todo, un Darío Grandinetti colosal. ¿Qué conexiones comparecen? Pues una muy inesperada, Los niños del Brasil, relato sobre el nazismo a posteriori, con un historiador que hace preguntas y un tirano loco que huye. Benjamín Naishtat urde una trama en la que el loco no es un loco sino un macguffin, una suerte de conejillo de indias. Y su perseguidor es un policía que fue periodista estrella (magistral Alfredo Castro). Nos regalan varios instantes de violencia contenida, de claustrofobia inmejorablemente bien contada, de incertidumbre, de pura emoción histérica retratada entre los retazos de una estética más precisa imposible. Pocas veces se han visto mejor en pantalla los años 70 argentinos, años miserables, de tupidas vendas en los ojos y hostias como panes en el estómago y en alma. Parábola histórica de hondo calado fílmico e insólita perfección técnica, Rojo podría entusiasmar a Costa-Gavras, que reconocería en ella esencias de su mejor cine político. Nada tienen que envidiarse mutuamente.

Apasionante thriller político sobre los años previos a la dictadura.