Regreso a Montauk

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Por - 06 de julio de 2017

Dicen que Volker Schlöndorff ha perdido el mojo. Que, tras haberse marcado asaltos como El tambor de hojalata, resulta deprimente verle ahora firmando un drama romántico y otoñal que, de haberse facturado en Hollywood, tendría a Richard Gere de protagonista masculino (y eso, con suerte). Servidor no comparte esa opinión: si, con los 80 años a la vuelta de la esquina, el cineasta quiere darse a lo sentimental, está en su derecho. Máxime cuando el filme en cuestión resulta objetable, a veces, pero nunca resulta mentiroso.

Lo objetable de Regreso a Montauk es su irregularidad, provocada por su división en dos mitades. Usando una canción de Bob Dylan (ay, lo generacional…) como eje de simetría, Schlöndorff muestra, por un lado, la parte propiamente romántica del cuento: el reencuentro entre Stellan Skarsgård y Nina Hoss, tan triste como suelen ser las colisiones de viejos amantes. En la otra mitad, Skarsgård se enfrenta a su Lost in Translation particular, como escritor europeo hasta la médula arrojado a una vida neoyorquina que le desarma y desconcierta. Es este aspecto de la cinta (el menos importante a priori) el que más ha convencido por aquí, máxime si lleva incluidas una colleja a Woody Allen y un personaje como el de Isi Laborde, esa joven América que tuerce el morro ante el angst emocional del Viejo Continente. Es lo que tienen los grandes: que, a veces, aciertan hasta cuando fallan.

Volker Schlöndorff se pone romántico en una obra menor, pero sincera.