En realidad, nunca estuviste aquí

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Por - 06 de noviembre de 2017

Un mapa de cicatrices, extendido sobre el lienzo anatómico de tu cuerpo, equivale al más personal de los diarios posibles que se pueden llevar sobre nuestras vivencias. Y, si la experiencia es la memoria más la herida que nos deja (eso creo que decía Calvino), la topografía de tejido fibrilar que mostramos al exterior bien puede reflejar los desgarros que se nos van acumulando por dentro. El cine de Lynne Ramsay está especializado justo en eso. Cortes físicos y roturas emocionales se ordenan hasta formar un retrato (incompleto) de sus personajes atormentados, aislados en burbujas solipsistas de difícil acceso a no ser que estallen al chocar contra el punzante mundo externo. La infancia perdida en Glasgow del pequeño protagonista de Ratcatcher (1999), el indescriptible trauma personal que engullía Samantha Morton en la soberbia Morvern Callar (2002) o la crisis de sentimiento maternal de Tilda Swinton en Tenemos que hablar de Kevin (2011) apuntaban la transformación del poder expresivo de un cuerpo en ebullición que Joaquin Phoenix termina de coronar en En realidad, nunca estuviste aquí. El actor se entrega a un recital de torsiones, convulsiones, ahogos y autolaceraciones que, unidos a la nitidez con la que la cámara de Ramsay ausculta las cicatrices de su torso de veterano de guerra, ofrecen una percepción carnal de su torturada psique mucho más elocuente que cualquier flashback narrativo.

La escocesa suele tomar como base textos literarios porque es una cineasta que sabe perfectamente cómo traducir la pulpa del medio escrito al audiovisual utilizando sus herramientas propias. Las adaptaciones de Ramsay siempre son libres y personales; su visión de esta novela corta de Jonathan Ames se despoja de la mayor parte de la carga argumental (quédate con lo esencial: Phoenix es Joe, un justiciero a sueldo que se pone a desarticular a martillazos una red de tráfico sexual) para centrarse en ese bigardo tambaleante que llena prácticamente cada plano. Normal que Cannes premiara tanto la actuación de Phoenix como el guion de Ramsay, aunque la Palma de Oro no habría estado mal.

La línea argumental tiene trayectoria recta y corta, como la bala de un disparo a bocajarro: igual que tantos antihéroes noir, Joe será traicionado y tomará las riendas de una venganza personal con paso de caballero andante. Ahí la densidad de referencias temáticas y tonales es constante (de una fragmentación del clímax de Taxi Driver a una escena subacuática reminiscente de La noche del cazador, el modelo de todo cuento siniestro), pero asimiladas y reformuladas. Aunque el arma de Joe sea un martillo, no vemos su uso como Park Chan-wook o NWR querrían. La directora une los golpes a la violencia implícita en cada corte de plano (repite con Joe Bini al montaje) y deja estáticas las imágenes  más explícitas mientras la acción se desborda entre las cesuras como las consecuencias de nuestros actos: más deprisa de lo deseado. El potentísimo score de Jonny Greenwood acompaña a un Joe cada vez más demacrado que, a cambio de ver arrebatada su última oportunidad de redención, obtiene la máxima aspiración para un personaje de Ramsay: vivir un día hermoso.

Lynne Ramsay y Joaquin Phoenix golpean los resortes más oscuros para sacar un thriller bruto, inteligente y con estilo visual a martillazo limpio.

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