Que Dios nos perdone

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Por - 03 de agosto de 2016

De Madrid al infierno. Una ciudad maltratada, partida en dos, abrasada por el sol, sitiada por una visita papal y pespuntada por un asesino de ancianos. El Madrid criminal de cine había ido huyendo hacia el extrarradio, en una suerte de nuevo folclore de barrio que entroncaba bien con el pinturero cine quinqui de la transición y perdía el hilo del cine castizo. De un volantazo, Rodrigo Sorogoyen, que ya escudriñó aceras, portales y azoteas de la villa en ese thriller retorcidamente disimulado que es Stockholm, enfrenta ahora a dos policías con un enemigo de tronío. Y, no, no es el asesino al que buscan como puente de redención para sus propios demonios, sino una presencia mucho más poderosa. La ciudad entera, sofocante y atormentada, un Madrid sudoroso al que Sorogoyen enfrenta con dos de nuestros mejores hombres de película: detrás de la fuerza desbordada de un imponente Roberto Álamo (aquí tiene, al fin, el papel en cine que pedía a gritos) y la contención asfixiante de Antonio de la Torre, que llevan la tradición policial española de los rescoldos de Brigada Central a las puertas de un truedetectivismo de asfalto mesetario, se eleva como una sombra una presencia urbana temible.

Cine negro a pleno sol, el terrible agosto madrileño ya tiene su noir de referencia, más nevillesco que canalla, apoyado en un costumbrismo esforzado y bien entendido que encauza el pasado reciente (estamos en 2011) como en No habrá paz para los malvados, que opone el Madrid popular a la rive droite y que sale a la calle para dar prueba del enfrentamiento soterrado entre poderosos y parias. Sólo la preocupación por una resolución criminal de doble salto mortal con tirabuzón y tentetieso final acorta el recorrido de una película que confirma que, desde la capital de esta España, hoy es imposible llegar al cielo sin pasar por un auténtico purgatorio de sangre y atascos.

Sorogoyen desciende al Km. 0 del infierno y enfrenta a Roberto Álamo y Antonio de la Torre con su peor enemigo en un thriller castizo y asfixiante.