Por - 11 de diciembre de 2016

Fuera porque los guionistas no cuentan en España, porque vivir a la sombra de Amenábar no es garantía ni de respetabilidad ni de éxito, o porque su primera película, Nadie conoce a nadie (1999), era sólo eso, una ópera prima, a Mateo Gil no se le concedía todavía el estatus de cineasta, y eso que Blackthorn (2011) era un original y notabilísimo western. Proyecto Lázaro es su tercer filme, ciencia- ficción de factura tan gélida como lo fue su acogida en Sitges, que para quien esto suscribe supone la consolidación de Gil, no ya sólo como el cineasta que siempre fue, sino también como un tipo que, además de encontrar buenas historias, sabe cómo mostrarlas. En Proyecto Lázaro, el director canario enfrenta al primer hombre resucitado de la historia con sus congéneres del futuro y con sus recuerdos, y lo hace para reflexionar acerca del progreso imparable de la ciencia, del amor romántico y del que no lo es, de la naturaleza perentoria de la carne, de la vanidad insaciable del ser humano… Más filosófica que fantástica, y articulada a modo de saltos hacia adelante y atrás, en la película se citan lo transcendental (y la voz en off ) de Malick, la versatilidad espacio-temporal de Nolan, la asepsia escénica y narrativa de Alex Garland, o incluso (y todavía no había llegado) la incredulidad ante la especie humana de Villeneuve. Le pese a quien le pese, Mateo, levántate y sigue rodando.

Con menos de siete millones de euros, Mateo Gil se doctora en ciencia-ficción.

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