Piratas del Caribe: En el fin del mundo

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Por - 24 de mayo de 2007

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Éste es un llamamiento a la ciudadanía. Por favor, disfruten libremente de esta barraca de feria. Se lo han ganado. Lo peor ya ha pasado: si han sobrevivido al bombardeo promocional (enhorabuena, valientes, es, de largo, lo peor de este invento bucanero), dense ahora el gustazo de pasar de corifeos críticos que no logran gozar con la locura de todo este bacalao: la saga Piratas es la montaña rusa del cine verbenero.

Nunca menos pudo llegar a más: una atracción de parque temático convertida en una trilogía que no da tregua, y eso que la segunda parte nos dejó tirados en la costa, atrancados y sin posibilidad de pasaje. Ahora, Piratas 3 se embarca en una compleja (y algo alargada, tres horas siguen siendo demasiado, aquí y en Macao) vuelta de tuerca a la comedia de aventuras, con su habitual sarta de guiños a la tradición cinéfila y algunos riesgos que abrillantan esas complicidades entre los corsarios y el espectador (si aguantan los créditos finales, hay premio). Incluso la dimensión desconocida virtual à la Matrix en la que ha estado metido Johnny Depp con su celebérrimo personaje rodeado de cangrejos tiene cabida en el presupuesto de Jerry Bruckheimer, el jefe de todo esto.

En la escala oriental de la saga hay, además del hueco para la sicodelia, espacio para el feminismo de la heroína Knightley y aire para los cañonazos a discreción (no estamos solos, a alguien por ahí también le cautivó Master and Commander). Pero este botín esconde algo más que adrenalina. Y no es sólo una tramposilla crítica al poder del capitalismo imperialista de hoy a través de las prácticas mafiosas de La Compañía de las Indias Orientales, que limpió, fijó y dio esplendor a la Gran Bretaña, potencia única de los Océanos desde el siglo XVIII. Esa anécdota de colegueo antiglobalización se pierde entre la tesis que nunca ha ocultado esta gamberrada de la desmesura. Los bucaneros tienen carisma, tienen gancho y son el auténtico pilar para que la aventura continúe, frente al falso orden y la corrupción inquisitorial. Y el espectador se mueve cómodo entre pillos. En el fondo, nunca fueron tan malos. Al menos su codicia respeta una ética. Pirata, pero ética.

Fiel a su esencia ferial (hagan cola, saquen boleto para la secuencia del balanceo), en los mares de China estalla una orgía pirandelliana donde los personajes no necesitan autor (el explosivo Bruckheimer) sino una salida a sus engaños. Son todos tan egoístas como nosotros, empezando por el sensacional Keith Richards en su pequeño pero inolvidable papel de papá Sparrow. Y no tienen escape posible más allá de un código pirata que respetar: nuestro sueño cumplido de la infancia, hacer travesuras obedeciendo a papá.

Por encima de todos, sin embargo, vuelve a liarla el lisérgico Jack Sparrow, el mejor personaje del cine de aventuras del siglo XXI. Un jeta para la eternidad. O, al menos, para una cuarta parte, la única salida posible de este loco carrusel.

Carlos Marañón

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