Oculus. El espejo del mal

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Por - 02 de marzo de 2015

Desde que una muy pirada Catherine Deneuve le dio la vuelta a la puerta de armario en Repulsión (Roman Polanski, 1965) los espejos se han convertido en elementos recurrentes del cine de terror hasta tal punto que su mera presencia ya nos permite anticipar que el jump scare o sobresalto de turno está al caer. Si estás en una película de miedo y te miras en un espejo, tarde o temprano alguien te devolverá la mirada por detrás sin necesidad de haber dicho "Candyman" ni una sola vez. Por eso es tan digno de aplauso lo que hace Mike Flanagan en Oculus reciclando las cualidades malignas de esas mágicas ventanas al otro lado de la realidad hasta devolverles el misterio y la imprevisibilidad que pueden hacerlos aterradores. Experto en terrores humildes de alcance cósmico, como demostró en la anterior Absentia (2011), Flanagan ha expandido el potencial narrativo de un corto suyo yendo mucho más allá del concepto de espejo asesino. En Oculus, al igual que en la cercana en el tiempo Babadook (Jennifer Kent, 2014), la fuente de angustia es más íntima que sobrenatural, aunque decida manifestarse en entes de blanquecina mirada demoniaca (qué miedo das, Katee Sackhoff). El motor es la historia personal de dos hermanos, Brenton Thwaites y Karen Gillan (un soneto al ondear de su coleta, por favor) marcados por una infancia traumática y la incapacidad de distinguir flashbacks de realidad. Cuando una película logra transmitir al espectador la misma desorientación que sufren sus personajes, la angustia es genuina. En el caso de Oculus, nunca llegas a saber muy bien qué lado del espejo miras, pero la imagen que devuelven ambos da el mismo miedo: la tuya, con las huellas del tiempo.

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Desde que una muy pirada Catherine Deneuve le dio la vuelta a la puerta de armario en Repulsión (Roman Polanski, 1965) los espejos se han convertido en elementos recurrentes del cine de terror hasta tal punto que su mera presencia ya nos permite anticipar que el jump scare o sobresalto de turno está al caer. Si estás en una película de miedo y te miras en un espejo, tarde o temprano alguien te devolverá la mirada por detrás sin necesidad de haber dicho “Candyman” ni una sola vez. Por eso es tan digno de aplauso lo que hace Mike Flanagan en Oculus reciclando las cualidades malignas de esas mágicas ventanas al otro lado de la realidad hasta devolverles el misterio y la imprevisibilidad que pueden hacerlos aterradores.

Experto en terrores humildes de alcance cósmico, como demostró en la anterior Absentia (2011), Flanagan ha expandido el potencial narrativo de un corto suyo yendo mucho más allá del concepto de espejo asesino. En Oculus, al igual que en la cercana en el tiempo Babadook (Jennifer Kent, 2014), la fuente de angustia es más íntima que sobrenatural, aunque decida manifestarse en entes de blanquecina mirada demoniaca (qué miedo das, Katee Sackhoff). El motor es la historia personal de dos hermanos, Brenton Thwaites y Karen Gillan (un soneto al ondear de su coleta, por favor) marcados por una infancia traumática y la incapacidad de distinguir flashbacks de realidad. Cuando una película logra transmitir al espectador la misma desorientación que sufren sus personajes, la angustia es genuina. En el caso de Oculus, nunca llegas a saber muy bien qué lado del espejo miras, pero la imagen que devuelven ambos da el mismo miedo: la tuya, con las huellas del tiempo.

Miedo especular y narrativa inconformista de uno de los nombres a seguir en el terror moderno.