Negociador

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Por - 09 de marzo de 2015

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“Para hablar siempre hay tiempo, pero para olvidar nunca hay suficiente”, le dice el etarra al representante del Gobierno español durante las negociaciones para el alto al fuego de 2005. ¿Solemne? ¿Contundente? ¿Épico? Para nada. Estamos ante la última película de Borja Cobeaga y la frasecita de turno ha salido de una mala película vista en televisión de madrugada. Dicho esto, ahí va la hostia, ¿qué problema hay en hablar?  Si, para el caso, Cobeaga viene hablando de lo mismo desde siempre. El gusto por la  etnología vasca estaba ya en Vaya semanita, serie de ETB que, años después, dejaría su acaudalada herencia a la prima de Madrid Ocho apellidos vascos. Pero también la guasa antropológica ocupaba el centro de Pagafantas y No controles, sus dos primeras películas, dos retratos de dos chavales miserables nadando a braza por el gran charco de lo sentimental. Pues Negociador, su vuelta al largometraje tras cuatro años detox y envuelta entre Aupa Josu y su corto Democracia –con los que forma trilogía política de… llamémoslo papel albal– no evita aquella senda de la mezquindad y el cutrerío que comenzó con pringuis que no ligaban para pasearse ahora por los pasillos del Eusko Jaurlaritza. O como se diga.

Uno nunca sabe qué vino antes: si el politono cutrongo o la voluntad de rellenar los huecos que dejaba lo real. Emparentada con acrobacias literarias del estilo, novelas sin ficción y relatos de lo real (El adversario, de Carrère, o El impostor, de Cercas), Negociador acertó de pleno retratando en ese limbo imaginario un panorama de baratillo tan cutre como beberse el minibar del hotel sin pagar. A partir de ahí, llovieron los aciertos: desde relativizar el innombrable conflicto (¿Pueblo Vasco o Euskal Herria? ¡En inglés son igual!) hasta desmitificar a la casta presidencial, pasando por esa patada en los huevos al socialismo de palo (bravo, Raúl Arévalo, anti-novio de mierda) sin complicar nunca la jugada, manteniéndose fiel a una sencillez y una concrección que se enarbola desde el primer filete con patatas. Ay, Ramón Barea. Absoluta debilidad. Su Manu Aranguren es tan humano, tan enternecedor y tan real que lo lógico sería pensar que Eguiguren es su trasunto y no al contrario. Su pulso con González-Vázquez (¡genial!), encarnado por Carlos Areces (espectacular en la detención) y su colección sutil de miradas perdidas y sonrisas tristes, son el colofón de una melancolía que da risa-pena, al gusto de Alexander Payne en Nebraska, y ahora también de la comedia vasca.

Ramón Barea, tan humano que pensarás que Eguiguren es el trasunto de su personaje y no al revés.