Mudar la piel

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Por - 28 de septiembre de 2018

Muchos documentales tardan varios años en salir adelante porque su construcción es una investigación en desarrollo. Pocos la incorporan tan bien como Mudar la piel, noqueante ópera prima de la fotógrafa Ana Schulz y el montador Cristóbal Fernández. Se centra en la amistad entre Juan, padre de ella y mediador del conflicto vasco en los años 90, con Roberto, un espía del CESID (actual CNI) infiltrado en su Centro de Investigación para la Paz Gernika Gogoratuz.

Bajo una falsa identidad, durante años, Roberto se hizo fiel colaborador e íntimo amigo de Juan y su familia, hasta que desapareció dejando atrás una filtración de documentos con mensajes de Interior y ETA que acabó con cualquier perspectiva mediadora. A día de hoy, en las conversaciones con su hija que estructuran el documental, Juan sigue defendiendo al hombre que le espió. Aquella amistad, todavía conjugable en presente para él, es el objeto de investigación de una hija que busca comprender a su padre.   

La historia de por sí es rica, y la irrupción de Roberto –a punto de salir de prisión tras haber sido encarcelado por alta traición– le da un pulso más taquicárdico que el del mayor thriller, pero por encima de la máxima inteligencia de sus autores, o la capacidad de la película para reflexionar sobre la veracidad ajena mientras cuestiona la propia, lo que destaca es la figura fordiana de Juan. Un hombre dialogante de paseo por el monte con su hija.

Documental quebrado, thriller de espías y candor paternofilial: un peliculón.