Por - 15 de diciembre de 2014

El pretendido feísmo les ahuyentaría, no entenderían esa oscura querencia por hurgar en la desazón humana, denunciarían su peculiar sentido del humor, inteligentemente anticlimático, pero aplaudirían a rabiar la elección de una gloria nacional británica para su nueva película. Claro que Mike Leigh no tendría ningún interés en ser colgado en el salón de los elegidos. Emitiría uno de sus gruñidos fílmicos, no muy lejanos, en forma y fondo, a los de un extraordinario Timothy Spall, otra gloria nacional con refrendo en Cannes, en el papel del artista J. M. W. Turner. Y mandaría a los dichosos académicos a freír espárragos.

De entrada sorprende que un filme con un pintor como protagonista pueda convertirse en la mejor película con los peores títulos de crédito. Y aunque esta crítica desearía huir de los flirteos estéticos entre el lienzo y la pantalla, entre pintura y cine, llenos de clichés oportunistas, sí es cierto que Mike Leigh tira de la narración a retazos de vida, la misma que tan buenos resultados le dio en Another Year, su anterior obra maestra absoluta. Si de ese detalle puede inferirse que su cine tiende a acercarse al último Turner, el que se convierte en un claro antecedente del impresionismo pictórico, buenos son esos pinceles de película. Sin embargo, Turner es mucho más que eso: es una evolución, un camino impreciso alumbrado por la autoconsciencia de su propio talento, el mismo que le hará dudar de su propia posición de privilegio hasta arriesgarlo todo.

Leigh, siempre áspero, duro de roer, pero amigo de ir soltando lastre (la escena de la boya frente a su rival Constable), marca el punto de inflexión en la muerte del padre, con el que el artista mantiene una curiosa relación, plasmada con precisión por el cineasta, de dependencia inversa (y efecto venenoso con las mujeres) y cuyo fin acaba desbaratando la comodidad del éxito. Pero es un rebelde pintor amigo que no se pliega a las convenciones de la época el pepito grillo de la conciencia de Turner: por ahí llega ese humor tan personal de Leigh, entre incómodo y lubricante, y se completa, Spall mediante, uno de los más complejos y fascinantes personajes del cine reciente. Aparentemente primario y hostil, este Turner que intuye otros caminos para encontrar la luz a través de una nueva forma de vida, es uno de los primeros artistas de la modernidad, capaz de alcanzar el sol detrás de la lluvia, el vapor y la velocidad de un tiempo nuevo.

Áspero, incómodo, esquinado, genial, ya casi no se retratan personajes tan complejos como éste.

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