Monsters

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Por - 21 de enero de 2011

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Nadie está sufriendo más que el género de la ciencia-ficción el revuelo organizado por la irrupción salvajemente taquillera de James Cameron y su Avatar. Al menos en lo que respecta al despiste monumental de las distribuidoras, que no saben a qué carta quedarse (¿paramos las producciones? ¿las tridimensionalizamos?). A río revuelto, ganancia de pescadores, y si son humildes y no cuestan muchos dólares, más todavía, lo que llena los cines de espantos que sólo se justifican por la necesidad de estrenar (y no quiero hablar mal de nadie pero si quieren ver un ejemplo de lo expuesto, atentos a Skyline). En este contexto comercial, Monsters viene con el sambenito de ser una película de aliens en la línea de District 9, esto es, la identificación del extraterrestre con el inmigrante ilegal. Lo cual es cierto, pero no del todo. Pues al menos se diferencia el filme de Gareth Edwards en dos sustanciosas y originales propuestas.
La primera tiene que ver con el currículo de Edwards, en el que figura la serie para el canal Discovery Un desastre perfecto, un conjunto de documentales en los que se recrean diversos fines del mundo por causas naturales (tormenta solar, supertornado…). Este hecho da a sus efectos especiales una calidad de FX vérité. El ordenador se emplea, más que para retratar al monstruo, para mostrar, con gran poder surrealista, una frondosa jungla centroamericana, de la que surge de repente un edificio semiderruido abandonado a la carrera por sus habitantes ante la invasión alienígena. Siendo esto por sí meritorio en tiempos de utilización de la computadora para recreaciones videojueguiles, lo más atractivo de la propuesta de Edwards reside en la inversión que realiza del género en el que trabaja. Si la serie B (ya que por espíritu, factura y guión no acepta otra categoría este filme), acostumbra a ser pasto de discusiones bizantinas que intentan excusar el placer fílmico con cuestiones trascendentales (¿Es El ataque de la mujer de 50 pies una amenaza a la masculinidad? ¿Si se apareara con El hombre menguante, tendríamos al súper hombre nietzschiano?). Monsters realiza todo lo contrario cambiando la profundidad de campo habitual: es, ni más ni menos, que una historia de amor pero, eso sí, con bichejos de fondo que, mira tú por dónde, también sufren de penas del corazón. A pesar de ciertos problemas de ritmo, sólo por su desgarradora escena final bien vale la entrada. 

Rubén Romero