Misión: Imposible – Fallout

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Por - 13 de julio de 2018

Cuanto más alto, mejor. La saga Misión: Imposible –si no la única, una de las pocas inmaculadas del cine moderno– lleva 22 años subiendo en altura para cumplir la promesa que parece mantener en marcha la eterna plenitud física de Tom Cruise: hacer siempre algo más difícil todavía; si un tiburón no puede dejar de nadar, el actor de 56 años tiene la necesidad constante de jugarse la vida para nuestro entretenimiento. La explotación del vértigo del público como seña distintiva comenzó en la brillante reformulación dirigida por Brian De Palma de la serie de TV y ha aumentado entrega tras entrega: tras descolgarse del techo de la CIA, el agente Ethan Hunt ha seguido ascendiendo las montañas de Utah, los rascacielos de Shanghai, el Burj Khalifa de Dubái, un Airbus A400M Atlas en pleno despegue y en Fallout hace un salto HALO lanzándose desde 8.000 metros, su récord de altura actual. Si hay próxima secuela, que se prepare la estratosfera.

Sin embargo, aunque la hipérbole sea el tejido conjuntivo de la saga desde su propio nombre, Christopher McQuarrie se encarga de mantener los pies en la tierra en su segunda película dentro del serial. La repetición de director, insólita hasta ahora, refuerza los lazos de continuidad con una secuela directa de la anterior Nación secreta que viene a cerrar los cauces planteados en Misión: Imposible III por el arquitecto de universos narrativos J. J. Abrams. Esto supone un plus de conexión y familiaridad gracias al regreso de personajes secundarios muy bienvenidos –la espía británica Ilsa de Rebecca Ferguson era demasiado buena para dejarla de lado–, pero también cierta homogeneización de tono y control de resultados que, si bien parecen el objetivo número uno del Hollywood postmarvelita, disminuyen la capacidad de sorpresa y reinvención demostrada siempre en cada entrega de la saga. McQuarrie, que firma el guion de Fallout en solitario, ha aceptado su propia misión imposible apostando por situar el estudio de personajes por delante de la acción… y aun así tener el metraje rebosante de set pieces adrenalínicas de ejecución impecable que cortan el aliento.

Las motivaciones y tensiones internas de Ethan Hunt son más exploradas que nunca en Fallout –sin llegar al psicoanálisis de Skyfall sobre James Bond–, pero pararse a reflexionar no disminuye la velocidad con la que corre para salvar el mundo de una nueva amenaza. Porque eso es lo que le permite ir siempre tan rápido: improvisar soluciones, no ponderar riesgos. Por eso en esta ocasión se trastabilla y tiene más fallos que nunca antes. La fisicidad de las escenas de acción, realzada tanto por la limpia puesta en escena de McQuarrie como por la dedicación de Cruise a dejarse el pellejo (y un tobillo; ese momento duele) por la causa, se materializa en la fuerza bruta de Henry Cavill y en la superficie de todos los elementos urbanísticos de París, aprovechados al máximo en una trepidante persecución que pertenece a cualquier top de la saga. Fallout golpea a Ethan Hunt contra el suelo de lo real recordando que, como Tom Cruise, es falible y no podrá estar siempre ahí para ayudarnos. Pero antes no dejará nada más difícil todavía sin intentar.

La familia misionera se reúne para poner a Ethan Hunt en el diván. Y ofrecer el mayor espectáculo de acción del año.

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