Midsommar

7

Por - 23 de julio de 2019

Nada se rompe igual que un corazón. Bueno, quizás un cráneo aplastado con un gran mazo de madera. De ambos temas, crisis sentimentales severas y traumatismos craneoencefálicos mortales, sabe mucho el director Ari Aster; o, al menos, eso se desprende de sus dos primeras películas: Hereditary y Midsommar, dos historias de terror ritual que camuflan alegorías sobre el dolor de la pérdida y la culpa mientras desatan las mayores crueldades físicas sobre sus protagonistas.

Tras un prólogo donde el cineasta luce su dominio de la economía narrativa dando forma fílmica a la desesperación, entendemos perfectamente cómo se encuentra la relación de pareja de Florence Pugh y Jack Reynor. Hace mucho que debería haber terminado, pero las circunstancias la han preservado como una flor marchita. En medio de esa delicada situación, viajan a una remota aldea sueca donde se celebra un peculiar ritual por el solsticio de verano. El festival de árboles de mayo, coronas de flores, bailes y drogas psicodélicas que allí encuentran se muestra con deleite gracias a un diseño artístico exquisito, consolidando su mitología en la profundidad de campo mientras los espectadores sucumbimos tan abrumados como los protagonistas.

A medida que el brillante score de Bobby Krlic crepita de fondo, anticipando lo peor, da tiempo a embriagarse con el control de Aster sobre la imagen, fantasear con la potencia de la situación y sus posibilidades. En Hereditary, el director de foto Pawel Pogorzelski ocultaba los temores en las sombras; aquí están a la luz del día y no se pueden ignorar como si fueran los signos de una relación tóxica. Es cuando empieza la espiral de terror que el hechizo se disipa y la película bascula entre su poderosa exploración de los estadios de una ruptura y la vulgar acumulación de impactos en una carcasa vacía que con un poco más de cuidado y definición pudo haberlo sido todo. Quizás como cualquier relación rota.

Sesión de terror terapia o cómo el mal querer muere entre las flores.