Por - 29 de febrero de 2016

Casi tres lustros después de aquel gozoso (y exitosísimo) atracón de comedia que fue Mi gran boda griega, Nia Vardalos hace croquetas con las sobras en esta continuación tan estricta que hasta arranca de idéntica y automovilística manera, y continúa con la sana, pero pobretona, intención de que sus nostálgicos fans le hagan la ola a cada paso. Esto es: mismos chistes, exageraciones y estampidas de la manada Portokalos, viejos rostros (algunos, debajo de caras nuevas) y una raspa argumental urdida sobre la perenne obsesión del patriarca de casar a jovencitas en edad de merecer, en este caso su nieta. Aunque, en un giro vertiginoso de los acontecimientos, el descendiente directo de Alejandro Magno sufre un inesperado efecto bumerán nupcial, por lo que la previsible comedia teen se convierte en astracanada geriátrica, que para algo el director es Kirk Jones, aún recordado principalmente por Despertando a Ned. Así, el único riesgo llega con la tímida actualización de los chascarrillos ya rancios (Facebook lo inventaron los griegos, claro) y, tal vez, con el estilismo salomónico de la bisabuela. Ni rastro ni mención a las ruinas de la madre patria, que no anduvo para muchas bromas durante los años transcurridos. Cierto que el tono es agradable, simpático y confortable, pero cuando recordamos los toques Annie Hall del primer filme caemos en la cuenta de que a esta película le hacía falta bastante más que las chiribitas que aún surgen en los ojos de Ian y Toula. Quizá con unas friegas de limpiacristales, o unos pelotazos de ouzo…

Secuela de baja intensidad impulsada cómodamente por la notable energía de su antecesora.