Por - 21 de octubre de 2011

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Crónica ficticia de las horas previas al estallido de la crisis financiera de 2008, Margin Call retrata a los banqueros y agentes de bolsa no como tiburones cínicos y especuladores sino como figuras impotentes y ligeramente trágicas. La indómita persistencia del egoísmo y la avaricia descontroladas –por el estatus, la ropa, los coches, las casas o las prostitutas– es presentada no sólo como un cáncer sino, sobre todo, como una inexpugnable prisión. Quizá porque no se fía de que el espectador lo pille a la primera o por su desesperación para rellenar metraje, el director J.C. Chandor hace que cada nuevo personaje que aparece en pantalla reciba las mismas explicaciones acerca del desastre que se avecina –“explícamelo en cristiano”, llegan a sugerir varios de ellos–. Pese a ello, la jerga financiera no llega a ser más clara para el espectador que lo que los científicos dicen en las películas de Roland Emmerich: todo es discutido en términos vagos o no específicos, o bien a base de discursos, y en cualquier caso la extenuante repetición no hace más que ralentizar el ritmo narrativo.

Margin Call, en efecto, muestra una clara inclinación al sermón, pero al menos evita histrionismos melodramáticos. En cualquier caso, muestra mucha más puntería cuando se detiene en los silencios de sus personajes, en esos momentos llenos de ominosa inevitabilidad en los que la avaricia circula libremente en el aire, sobreentendida como el motivador común de las acciones de todos ellos, y se hace patente en esas metódicas panorámicas sobre el skyline neoyorquino que generan tensión a medida que la historia se precipita por un camino tan siniestro como inexorable. 

NANDO SALVÁ