Mandarinas

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Por - 20 de abril de 2015

Tan extraño es que crezcan mandarinas en el avispero abjasio, como que un filme estonio haya alcanzado la celebridad que gasta la película del georgiano Zaza Urushadze. En ambos casos el milagro se debe al mismo efecto metafórico, tan simple como evidente, carne del “Por qué no se me ocurrió a mí antes”, y de una irresistible fuerza bienpensante, tan del gusto de la Academia de Hollywood como de los premios del público de los festivales del mundo entero. Su retórica gandhiana, su elogio de la resistencia, y ese aire de western otoñal en los confines del Cáucaso, allá donde se mezclan los despojos de la URSS y las fauces del islamismo, combina bien con un viejo truco: encerrar a dos extremistas en el mismo agujero, mientras el hombre justo, o sea usted, espectador, va limando las asperezas con tiento, un rifle bajo el brazo y mueca a lo Walter Brennan en Río Bravo. Esos dos duelistas conradianos en busca de pacificador son el desengrasante que ya se usaba en la trinchera balcánica de En tierra de nadie y que pone color a una película con alma de obra de teatro que sólo sale a la calle a por fruta o a por cadáveres. Más que una oda al diálogo o a la cansina relatividad de las terceras vías, lo que este anciano héroe estonio (lo mejor de la función) trasplantado en medio de una guerra que no es la suya nos deja es un canto al sentido común, el argumento de más peso para empatizar con el curioso éxito popular de esta pequeña cinta de escasa chicha y buen sabor de boca.

El avispero abjasio llega a los Oscar gracias al sentido común.